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26/10/2008 - CULTO ESPECIAL: ANIVERSARIO DE LA REFORMA

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Pastor Invitado: Sergio Bettin

“... para que sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha

en medio de una generación maligna y perversa,

en medio de la cual resplandecen como luminares en el mundo.”

Filipenses 2:15

Si bien este escrito fue realizado hacia el año 61 d.C. por el Apóstol Pablo, guiado por el Espíritu Santo de Dios, es de igual trascendencia para los cristianos de la Argentina de hoy en donde la maldad y la corrupción se mantienen a la orden del día.

El espíritu de este versículo fue el que habitó en los cristianos de la época de la Reforma en el año 1517. Las condiciones de corrupción se habían instalado, no tan solamente en la sociedad, sino también en la Iglesia en donde eran comunes los abusos como las anatas (contribución económica a la iglesia central durante el primer año del servicio parroquial en una comunidad), las colaciones (cambio obligatorio de un párroco a un puesto vacante para forzar una anata), las preservaciones (mantener un puesto que recaudara buenos dividendos económicos para algún allegado eclesiástico), las espectativas (venta de cargos eclesiásticos al mejor postor), las dispensaciones (excepciones a la violación de la ley canónica mediante el pago de una cantidad de dinero), la simonía (compra y venta de cargos eclesiásticos), el nepotismo (nombrar familiares en puestos privilegiados eclesiásticos), las recomendaciones (pagar un impuesto anual a la máxima autoridad eclesiástica a cambio de un nombramiento provisional que rendía algún beneficio económico), el diezmo abusivo de todo producto de la comunidad, el pluralismo (ocupar más de un puesto eclesiástico simultáneamente), el absentismo (mantener varios puestos eclesiásticos como el pluralismo pero sin estar presentes en ellos) y las indulgencias (venta del perdón de los pecados por dinero), entre los más destacados.

Hubo un joven clérigo, Martín Lutero, que brilló como una antorcha encendida en esos tiempos y que llevó a reclamar la transparencia de toda autoridad cristiana y a reformar la Iglesia a la luz de la Palabra de Dios. A aquel grito en medio de tanta oscuridad, que generó que otros cristianos también reaccionaran y se plegaran a este movimiento, le debemos gran parte de nuestra confesión de fe, es decir, la creencia en un solo Dios manifestado en tres personas, la suprema autoridad de la Biblia como Palabra de Dios en materia de fe y conducta; el estado de pecado de la raza humana y su consiguiente necesidad de redención; la revelación suprema de Dios en la persona de Jesús y su obra a favor de la humanidad; la necesidad de un arrepentimiento genuino y conversión a Dios por la fe en Jesús para ser justificado, perdonado y reconciliado; la presencia y acción del Espíritu Santo en la vida de los hijos de Dios y en la vida de la Iglesia; la segunda Venida de Cristo, y algunos otros principios.

Hoy, como aquel entonces, recordamos por medio de este gran movimiento reformador, que Dios nos llama a reaccionar en contra del pecado y a ser luz en la oscuridad, sal en el mundo, a ser una fuente de cambio permanente en la Iglesia a la Luz de la Palabra de Dios y, como decían estos pioneros refomadores “La Iglesia, siempre reformada”, o sea, no conformaros a la corriente de esta sociedad sino reformarnos permanentemente por medio de su Palabra. Amén.

Pastor Rubén Salcedo


Editor: webmaster5
Fecha de Edición: 11/3/2008
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