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UN BAUTISMO, UN DIOS Y PADRE - EFESIOS 4:3-6

Autor: Esteban Gómez
Publicado: 29/mar/2015
Categorias: Series de Estudios,Bases para la Unidad de la Iglesia

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En  estos  domingos  hemos  estado  analizando  el  pasaje  de  la  Carta  del  Apóstol  Pablo  a  los  Efesios  donde, inspirado por el Espíritu Santo, nos deja en claro los fundamentos de la Unidad en   la que  vivimos  y somos llamados a vivir los cristianos. 

Hemos visto hasta ahora cinco de los siete aspectos que conforman este “Fundamento” sobre el cual está establecida la Unidad de la Iglesia de Cristo:

  1. Una esperanza
  2. Un Cuerpo
  3. Un Espíritu
  4. Un Señor
  5. Una fe

Cada  unos  de  ellos  representa  un  elemento  crucial  a  la  hora  de  considerar  lo  valioso  de  vivir  en  esta  unidad establecida, no por nosotros, ni por mérito de alguno de nosotros; ni siquiera de los apóstoles designados por Jesucristo. 

La unidad está establecida por la decisión del Padre, a través de la obra de Cristo en su vida, muerte y resurrección y la operación continua del Espíritu Santo. 

Es  así  como  nuestra  responsabilidad,  como  bien  hemos  estado  viendo  desde  el  comienzo,  no  es,  de  ninguna  manera “crear” esta Unidad, sino  contribuir con esmero y diligencia en  vigilar, preservar, guardar,  mantener esta unidad. No hacerlo es no entender el llamado de Dios para cada creyente. 

Hoy nos corresponde terminar esta serie de estudios tocando los últimos dos aspectos que conforman este cimiento:

6.  Un bautismo
7.  Un Dios y Padre 

 

6.  Un Bautismo (v.5b):

El Diccionario de Palabras Griegas de W. E. Vine dice del sustantivo “bautismo”: 

“1. baptisma…, bautismo, consistente en el proceso de inmersión, sumersión, y emergencia”.

Hay un sentido doble en esta frase

a.  Un bautismo  de “Incorporación”:  Es el bautismo  “del”    Espíritu  Santo, por el que los que confían en Cristo son puestos en el cuerpo (1 Co. 12:13).  Es el bautismo único y unificador que, por el poder del  Espíritu, incorpora a los creyentes al  único cuerpo del único Señor  (Ga. 3.27-28). Por medio de este bautismo del  Espíritu  todos los creyentes,  procedan  de  los  gentiles  o  del  judaísmo  (como  entonces  se  diferenciaban  unos  de  otros),  son 

recogidos en la unidad  corporativa que es la Iglesia. En el acto de fe, el  Espíritu Santo  “sumerge” al creyente en Cristo  y  el  mismo  Espíritu  se incorpora a  cada  uno,  ya  que  “se  nos  dio  a  beber  de  un  mismo  Espíritu”   (1°  Co 12.13). Por esta razón, el bautismo del Espíritu nos une vitalmente a Cristo de manera que “todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte” (Ro. 6.3)  –identificados con-  Por ello, los que  han  creído  y  son  bautizados  en  Cristo  por  el  Espíritu  en  la  “inmersión”  de  cada  uno  en  Cristo,  quedan revestidos de Cristo mismo (Ga 3.27).

   Este punto es crucial en el entendimiento de que, sin  el Espíritu Santo habitando en la vida del creyente no puede haber confesión de Jesucristo como Señor (1° Co. 12.3), ni tampoco ser parte del “Cuerpo de Cristo” la Iglesia  (1°  Co.  12.13).    No  puede  haber  un  “segundo”  bautismo  del  Espíritu  Santo,  algo  así  como  “otra experiencia” sobrenatural por la que tenemos que pedir a Dios, pero sí, por contraste se nos manda a ser “llenos 

del Espíritu Santo (Ef. 5.18), o sea, ceder el control de nuestra vida al Espíritu en vez de ser controlados por otra cosa.  Esto  ha  creado  mucha  confusión  y  división.  Pero  no  vamos   a  detenernos  en  este  punto  pues  no  el propósito. Solo debemos  entender que por la acción del Espíritu  Santo, somos incorporados,  sumergidos  en el Cuerpo  de  Cristo,  la  Iglesia,  y  por  su  obrar  en  nuestras  vidas  tenemos  el  poder  para  “guardar”  la  unidad establecida.

b.  Un bautismo de “Identificación”: Es el bautismo por el que los convertidos confiesan su identificación  con Cristo en  su  muerte, sepultura y resurrección. Aunque hay en la actualidad diferentes modos de bautismo, el Nuevo Testamento  reconoce un bautismo de los creyentes  sumergiéndolos en agua,   en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28.19). Al bautizarse, los discípulos expresan públicamente su identificación con Cristo en su sepultura de su viejo yo, y una decisión de andar en novedad de vida  (Ro.6.4)

Hace unos  cuantos  años atrás  fuimos  con  mi novia en ese entonces y esposa  ahora,  y  varios hermanos de  la  congregación  donde  asistíamos  a  un  congreso  misionero  en  el  vecino  país  de  Chile;  y  en  una  de  las reuniones  uno  de los  oradores  contaba  sobre  cuestiones  con  las  que  tuvo  conflicto  luego  de  su  conversión  a Cristo.  Y  una  de  ellas  fue  la  decisión  de  bautizarse,  cosa  que  hizo,  pensando  que  su  “viejo  hombre”  moriría ahogado  en  las  aguas  del  bautismo;  pero  según  cuenta  él,  lo  que  no  sabía  era  que  su  “viejo  hombre”  sabía nadar!!!!! ¿Por qué recuerdo esto?

Porque no significa que luego del bautismo y como por “arte de magia” se van a acabar las luchas contra la “carne, el mundo y Satanás”, pero sí  que nuestro anhelo es de asemejarnos cada día más a Jesucristo.

Es una decisión personal que cada creyente debe tomar, en obediencia al mandato de Cristo, no para “salvación”  de  su  alma,  sino  para  “mostrar”  públicamente  lo  que  ha  sucedido  interiormente.   Si  bien  es  una práctica que no es exclusiva de los cristianos, pues es conocido que muchas culturas o creencias lo practicaban y practican en la actualidad, no debe esto ser considerado como secundario en la vida del cristiano, o pospuesto como muchos acostumbran. Si bien cada iglesia local estima un tiempo y edad aconsejada, es necesario que obedezcamos este mandato del Señor lo antes posible. 

 

7. Un Dios y Padre. v.6 (“…de todos, el cual está por encima de todos, actúa por medio de todos, y está en todos.”)

    Qué manera más maravillosa de terminar la descripción de las “Bases para la Unidad de la Iglesia”.  

Es como una exquisita pieza musical que comienza dando sus primeras notas con algunos instrumentos y culmina con toda la orquesta sonando con un vigoroso estruendo que nos hace estremecer!

Tratar de abarcar la totalidad del significado de este solo  concepto  nos llevaría años de estudio  y miles de páginas,  y ni aún así creo que lo llegaríamos a cubrir en plenitud. 

Puede ser por ello que algunos teólogos clasifican a esta última de las bases para la unidad como “TRANSCENDENTE”, y ciertamente lo es, porque  la base unitaria de la Iglesia tiene su fundamento en la unidad de Dios mismo.  En Juan 17.21-23  vemos anticipadamente lo que ahora estamos viviendo: Jesús mismo  ruega  al Padre de que así como ellos eran uno, los que iban a creer en él también lo fueran.  Dios es uno y único, y este Dios único y verdadero atrae a Él mismo a todos los creyentes hacia esa unidad.

Haciendo  una  rápida  búsqueda  en  mi  Biblia  sobre  las  referencias  a  Dios  como  Padre,  encontré  un  detalle particular: en el Antiguo Testamento son muy pocas, no más de ocho o diez, tal vez algo más, pero muy puntuales, pero en el Nuevo Testamento, aparece esta expresión casi unas cincuenta veces, más o menos, sin ser muy exhaustivos en la búsqueda, particularmente en los Evangelios y las cartas del Ap. Pablo. 

Al pensar en esto, se conmueve mi corazón,  viendo que  Dios ha tenido la  insistente iniciativa de relacionarse con nosotros, los que vivimos de “este” lado de la Cruz, de una manera tan personal e íntima. Como  también lo expresa el pasaje del apóstol  Juan: “Mirad cual amor nos ha  dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios.”(1° Juan 3.1ª) 

Puesto que tenemos un mismo Dios y Padre, ¿Cuá l es nuestra responsabilidad como hijos?

Por lo menos 4 puntos se desprenden de esta declaración:

a)  Un Dios y Padre:  de todos:  como aclaración debemos hacer notar que si bien Dios es el Creador de todos los seres humanos, no todos los seres humanos gozan de esta relación filial con Dios.  Es en el momento de nuestro reconocimiento de Jesucristo como Señor y Salvador, que “entramos”  en esta relación. Somos “adoptados”  por Dios como sus hijos (Ro.  8.14-15, Gal 4.5-7) Por esa maravillosa obra soberana de Dios, pasamos a disfrutar de esa nueva relación de hijos de Dios”. También somos incorporados a la familia de Dios (Ef. 2.19), de mod o que tenemos “hermanos” en esta familia.  No somos “hijos únicos”, pues si bien la relación con Dios es personal, no es exclusiva  ni diferente a la de nuestros hermanos.  Tan importante es este punto, que si no lo entendemos, 

corremos el riesgo de confrontar a Dios mismo. ¿Por qué? Porque nosotros no somos los que elegimos quienes van a formar parte de la familia de Dios, esta es la decisión soberana de nuestro Padre (Hch 2.47), o sea que, si usted se queja  de su hermano, se está quejando directamente a Dios. Está cuestionando su soberana decisión! 

Le está diciendo a Dios: te equivocaste!!!! …o sea, piénselo dos veces o más antes de quejarse de su hermano!

b)  Un  Dios  y  Padre:  el  cual  está  por  encima  de  todos:  Uno  de  los  problemas  más  comunes  que  tenemos  los hermanos es el de creernos más que el otro. Si nació en una familia con varios hermanos, entiende mejor lo que le estoy diciendo! Me acuerdo como si fuera ayer las trifulcas que se armaban cuando mis padres tenían que salir de casa y dejarnos solos por un  rato. Ahí se generaban estas disputas por el poder!  De los que lo querían ejercer  y  los  que  no los  querían  reconocer!  Cada  uno  quería  tener  su  pequeño  “reino”  con  sus  súbditos!  Era difícil poner de acuerdo a 5 hermanos, así que siempre había por lo menos dos “reinos” en conflicto!

Lo  mismo  sucede  en  la  iglesia.  No  quiere  decir  que  no  deba  haber  principios  de  autoridad,  porque  si  no  lo hubiera todo sería un caos! Lo que sucede es que a veces creemos que tenemos las cosas más claras que Papá, y queremos  imponer  nuestra  “autoridad”  e  intentamos  manejar  a  nuestros  hermanos  con  nuestros  caprichos, cuando el que está por  encima de todos  es nuestro Dios y Padre. Debemos reconocer siempre que por sobre todos está nuestro Padre Celestial. Él siempre tiene la última palabra! (Ro. 12.3)

c)  Un  Dios  y  Padre:  que  actúa  por  medio  de  todos:  ¡Cuánto  me  gozo  por  esta  declaración!  ¿Porqué?,  Porque nuestro Dios  y  Padre también me puede usar para su obra!  ¡No hay hijos que no estén capacitados para servir en la obra del Señor! Más adelante en la misma carta, el apóstol trata el tema de los dones que Dios da a cada uno de sus hijos para capacitarlos para Su obra (Ef. 4.7 y ss; Ro. 12.6 y ss.; 1° Co. 12.1 y ss).

A veces nos deslumbramos con aquellos hermanos reconocidos por sus dones y talentos, y decimos en  nuestro interior “yo no puedo hacer nada, no tengo ninguna capacidad, no sirvo para nada!

Esto no solo es un pensamiento errado, sino también es una muestra de incredulidad a Dios!   Dios está diciendo que nos ha capacitado y tenemos que creerle. Tampoco usemos esto como excusa para no servir! Es nuestro deber como hijos  poner empeño en conocer, desarrollar y  contribuir con los dones y talentos que Él nos ha dado, para la edificación de su Iglesia y la gloria de su Nombre.

d)  Un Dios y Padre:  que está en todos:  Este es tal vez uno de los aspectos más impactantes de todos!  Él no solo nos salva, nos adopta, nos guía, nos usa sino que además de todo esto nos asegura Su incomparable  Presencia  en nuestras vidas!   (1° Co. 3.16,17; 6.19, Ef. 2.22; 1° Ti 3.15).

El  valor  que  cada  hijo  tiene  no  depende  de  “cuán  bueno  somos”  o  de  cuánto  hagamos,  no  es  mérito  nuestro,  no  lo podría ser jamás! Es por la gracia de Dios Padre, por su gran amor con que nos amó, que dio lo más p recioso, la vida del Unigénito Hijo Jesucristo (Jn 3.16), y el don maravilloso del Espíritu Santo. 

Somos su Casa, su Templo, su Habitación. Dios morando en cada uno de sus hijos! Este enorme priviliegio  implica que, mi  hermano  es  tan  “casa  de  Dios”  como  lo  soy  yo!  No  debo  atentar  contra  mi  hermano,  pues  si  lo  hago  estaría atentando contra el Templo de Dios! 

Por un momento imaginemos que estamos en nuestra casa y uno de nuestros vecinos sale a la calle, se para frente a nuestra casa y comienza a romper los  vidrios a pedradas! Seguramente Ud. saldría, tranquilamente y se acercaría a su vecino y le diría: “Gracias!!! Hace tiempo que venimos conversando con mi esposa de cambiar los vidrios de las ventanas y remodelar la casa!”, entonces Ud., alegremente se pone a juntar piedras y junto con su vecino terminan ese trabajo de “remodelación”….Seguro  que  NO!  Ud.  saldría  como  León  rugiente  buscando  a  quién  devorar!!!  Verdad!…dejemos  el resto a la imaginación!  ¿Sabe una cosa?:  Dios deja en claro que Él se va a encargar de aquellos que atenten contra Su Casa!! (1° Tes.4.6).

Pero hay otro punto muy importante y  es que no importa cuán lejos o cuán cerca estés del Padre, sigues siendo hijo! (ver la parábola del hijo pródigo en Lc. 15.11-32).  Nada ni nadie nos puede separar del amor del Padre! (Jn. 10.29; Ro. 8.28.39).

Como conclusión

¿Por  qué  la  insistencia  sobre  este  tema?,  ¿Por  qué  analizar  y  meditar  en  estos  principios  cuando comienzan las actividades generales de la Iglesia en este 2015?, pues por la  misma razón que cada uno pone “su mano en el arado” de la gran obra de Dios: que el mundo crea a Jesucristo, y le confiese como Señor y Salvador! 

La misma Palabra de Dios lo declara: Juan 17.20-21

El testigo más grande del poder y amor de nuestro Padre es nuestra vida de unidad! Nada habla mejor ni más fuerte! Allí envía Dios su bendición.(Sal.  133)  porque  no solamente basta  con    nuestra palabra sino también  es  necesario  nuestro ejemplo.

La unidad se ve, se siente y “huele en el ambiente” Como decía una vieja propaganda de una  marca de café: “atrae por color…conquista por sabor”.

Bien  decía  el  “teólogo”  José  Hernández  en  su  célebre  escrito  “El  Martín  Fierro”,  por  muchos  conocido:  “Los hermanos sean  unidos,  porque  esa  es  la  ley primera,  tengan  unión verdadera  en  cualquier  tiempo  que  sea,  porque  si entre ellos se pelean, los devoran los de afuera.”

Pero aunque se levante el infierno con todo su poder, nada podrá contra la Iglesia de Cristo unida! Nada! (Mt. 16.18).

Una reflexión final

Finalmente, quisiera hacer una reflexión sobre la condición de los que estamos aquí. 

   No  podía  dejar  de  pensar  en  el  hecho  de  que  tal  vez  alguno  de  los  que  está  oyendo  este  sermón,  no  pueda comprender lo que significa ser hijo de Dios. Tal vez su modelo de padre no ha sido ni el más bueno, ni  el mejor. Tal vez todo lo contrario, su imagen de Dios está distorsionada por el mal ejemplo de sus padres y eso es un estorbo en su mente. Es por eso que quiero que entienda que tener a Dios por Padre es lo más maravilloso que pudiera una persona vivir.  Él es el modelo perfecto de Padre! y quiere serlo para Ud. o para vos! Muchos también piensan que “Dios tiene nietos”, ¿cómo? Sí me escucharon bien! Muchos aquí están confiados en una falsa concepción de que porque papá o mamá  o los abuelos  son hijos de Dios, con eso están “cubiertos”. Pero Dios deja muy claro que nuestra relación con Él es “personal”;  que un día cada uno de nosotros vamos a dar cuenta de 

las decisiones que tomemos en esta vida. Es por eso que no desearía que si alguno   de los que están  aquí hoy,  con unode estos pensamientos equivocados salga sin tomar la decisión de cambiar su condición con Dios. 

Él ha provisto todos los medios!!! Nuestra respuesta a toda esa provisión de Dios es creer, confesar, estar de acuerdo con Dios con respecto a nuestra condición perdida y aceptar su perdón! (Juan 3.16).

Con  todo  mi  corazón  quiero  decirles  que  es  mejor  tener  a  Dios  por    “Padre”  hoy,  que  más  adelante  presentarnos delante de Él y decirle “Sr. Juez”. (Hebreos 9.27)

Dios les bendiga!


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