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LA CONFRONTACION FINAL - Juan 8: 48 - 59

Autor: Ricardo Martinez
Publicado: 15/ene/2017
Categorias: Series de Estudios,Guía para alcanzar la Vida Eterna

 

 INTRODUCCIÓN:

  La Biblia nos enseña que desde la rebelión inicial de Satanás (Is. 14:12-14; Ez. 28:12-16; Lc.10:18), él ha intentado sin descanso hacerle la guerra a Dios y sus siervos. El conflicto  llegó a la tierra cuando Satanás tentó a Adán y Eva en el huerto del Edén (Gn. 3:1-19). Desde entonces, el diablo ha hecho todo lo posible en su poder, amplio pero limitado, para desacreditar y restarle importancia a los propósitos de Dios, obscurecer su mensaje y destruir a sus hijos (la familia de Dios).

Aunque la Palabra de Dios nos enseña que hay absoluta certeza de la victoria total y completa de Dios (1 Co. 15:24-25; Ap. 20:10), en el presente la batalla espiritual continua desarrollándose (2 Co. 4:3-4; Ef. 6:12-18). (No debemos sorprendernos)

En tanto esta guerra de todas las épocas ha tenido como escenario la historia humana. A medida que se revelan los planes y los propósitos de Dios para su pueblo, se ve a satanás en total oposición a los mismos y provocando al hombre, creado a imagen de Dios, a adoptar su misma naturaleza rebelde. Así que desde Génesis hasta Apocalipsis,  los hombres de Dios han confrontado sistemáticamente a los enemigos satánicos de la verdad divina. Tenemos algunos ejemplos como:

 

ü  Moisés, quien exigió que el faraón dejara ir a su pueblo (Éx. 5:1; 6:27)

ü  Micaías, quien reprendió con audacia al rey Acab (1 R. 22:6-28)

ü  Elías, quien retó a los profetas de Baal (1 R. 18:19-40)

ü  Juan el Bautista, quien reprobó a los fariseos y saduceos corruptos (Mt. 3:7-10)

ü  Esteban, quien confrontó al sanedrín y pago por ello con su vida (Hch. 7:51-53)

ü  Pedro y Juan, quienes denunciaron a Simón el mago (Hch. 8:9-24)

ü  Pablo y Bernabé, quienes condenaron a Barjesús, el falso profeta (Hch. 13:9-11).

 

* Pero sobre todos los héroes de la fe está el Señor Jesucristo quien confrontó reiteradamente a las fuerzas satánicas, tanto a nivel demoníaco como a nivel humano (Mt. 8:31; 17:14-18; Mr. 7:25-30; Lc. 4:33-35, 41; 9:42; 11:14; 13:32. En este nivel, eran los líderes religiosos judíos los verdaderos enemigos del Dios a quien decían servir. El Señor no tuvo inconvenientes, y siempre estuvo presto e exponer la condición espiritual de esos líderes religiosos. (Mt. 12:38; cp. 16:1-4; Mt. 12:39; Mt. 15:1-2, vv.7-9; Mt. 19:3, vv.8-9; Mt. 21:12-13; Mt. 21:12-13, vv.31-32, etc.) 

> Los versículos 48-59 del capítulo 8 registran otra batalla en la confrontación  continua entre el Señor y los líderes religiosos judíos hostiles. El pasaje marca el final del diálogo entre Jesús y los líderes, cuyo comienzo estaba en el versículo 12. A medida que la conversación continuaba, los líderes crecían en agitación y su endurecimiento espiritual se hacía cada vez más evidente. En el fondo el problema estaba en el hecho de que ellos no aceptaban la identidad divina del Señor Jesucristo y su relación única con el Padre.

No obstante los graves insultos que el Señor recibió en este pasaje, y el menosprecio asesino de sus oyentes, por encima de todo eso, aparecen la gracia y la misericordia del Señor al ofrecerles el arrepentimiento a través de las verdades enseñadas, glorificando así a su Padre al cumplir con su Voluntad.

 

Veremos a continuación algunos aspectos que se destacan en esta porción final del diálogo entre Jesús y sus oponentes.

 

I. EL SEÑOR JESUCRISTO NO EVITÓ LA CONFRONTACIÓN (vv. 48-49)

            En el pasaje anterior (en especial los vv. 39-47) Jesús les había dicho a aquellos judíos que en sentido espiritual no eran hijos de Abraham ni de Dios, sino que su verdadero padre era el diablo. Las palabras de Jesús habían tocado un nervio. Esto los había herido profundamente y reaccionaron con una profunda ira contra el Señor. No podían permitir que Él no reconociera los especiales privilegios espirituales que ellos creían tener por ser descendientes de Abraham.

En lugar de responder con arrepentimiento intentaron ridiculizarlo. Pero los argumentos empleados por el Señor eran indiscutibles, y sus oponentes, ante la aguda sabiduría del Señor  habían quedado reducidos al silencio. A partir de aquí abandonaron el campo de la discusión para intentar desprestigiarlo con insultos a fin de hacer creer a todos los demás que no era digno de crédito.

            * Hubo dos de los peores insultos que se le podían lanzar al Señor: “¿Acaso no tenemos razón al decir, que tú eres samaritano, y que tienes un demonio?”. Recordemos que los judíos despreciaban el mestizaje físico y espiritual de los samaritanos por lo que la rivalidad entre ambos era intensa. Cuando le decían samaritano a Jesús, los líderes religiosos judíos en efecto lo etiquetaban como falso maestro (porque obviamente no estaba de acuerdo con su interpretación de la ley) y traidor de Israel (porque se ubicaba del lado de los samaritanos, los peores enemigos de Israel). Para ellos un samaritano era poco más que un pagano, y así veían también a Jesús. 

Pero por si esto fuera poco, también lo acusaron de estar endemoniado. Esto ya era el colmo, querían decir que hablaba y actuaba bajo la influencia del diablo, que estaba poseído por un espíritu inmundo, esta acusación no era nueva (Mt. 11:18; Mr. 3:22; Mt. 10:25; Jn. 7:20), pero además de ser un pecado muy grave, decir  que alguien estaba poseído por el demonio era equivalente a decir que estaba loco, porque una persona poseída no actuaba racionalmente. 

Es curioso como el Señor Jesús no respondió de la misma manera a estas acusaciones maliciosas (1º P. 2:23; Pr. 15:1). * No se defendió de la acusación de ser samaritano, no lo consideró necesario. * Pero con una increíble calma y con una incomprensible paciencia y misericordia, el Señor sí negó el hecho de que estuviera endemoniado. Su argumento fue que si él estuviera gobernado por un espíritu inmundo, entonces no honraría a su Padre, porque los demonios son incapaces de honrar a Dios.  Eran ellos quienes le deshonraban al insultar a su Hijo: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Jn 5:23).

 

** Como vimos, los insultos, los agravios, la difamación y el menosprecio son las armas predilectas de nuestro adversario, el Señor lo sufrió a lo largo de todo su ministerio, y también los hijos de Dios de todas las épocas. En la actualidad todo discípulo del Señor que quiera vivir justa y piadosamente estará expuesto a este tipo de confrontaciones. A veces seremos confrontados por aquellos que atacan la verdad del Evangelio y que no entienden nuestra fe (no la pueden entender porque para ellos es locura 1º Co. 1:18). Otras veces seremos nosotros quienes deberemos confrontar a los falsos maestros y a aquellos que nos atacan injustamente amparados en sus propios pecados.

No debemos sorprendernos ni desanimarnos, sino que debemos asumirlo siguiendo el ejemplo del Señor (1º P. 2:21-23) y el consejo de su Palabra (1º P. 3:15).

           

II. ENFATIZÓ EL HECHO DE QUE NO BUSCABA SU PROPIA GORIA (vs. 50 y 54) 

 

            A diferencia de sus oponentes, quienes se exaltaban a sí mismos (5:44; cp. 7:18; 12:43; Mt. 23:5; Lc. 16:15). Jesús no buscaba su propia gloria. Si este hubiera sido su deseo, habría permanecido en el cielo continuado en la gloria divina que le pertenecía desde toda la eternidad (Jn. 17:5, 24), y su comportamiento y sus mensajes habrían sido completamente diferentes. Habría evitado desagradarles, y por supuesto, no habría denunciado sus pecados. Sin embargo, Cristo no vino a la tierra para buscar elogios, sino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10); “para llevar los pecados de muchos” (He. 9:28; cp. Is. 53:11-12) y a salvar “a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

 

            El Señor Jesús les dijo a aquellos judíos que lo menospreciaban que sería su Padre quien se encargaría de buscar su gloria y juzgar a aquellos que le insultaban. Porque, por supuesto, era muy grave despreciar de ese modo al Hijo de Dios.

 

            ** Aunque parezca obvio, un especial cuidado debemos tener los hijos de Dios de pretender consciente o inconscientemente apropiarnos de la Gloria que solo le pertenece al Señor. El Señor nunca buscó el halago, la adulación, o el aplauso humano, sino que su pasión era glorificar al Padre y ser fiel a su voluntad.

 Cuando nuestra preocupación sea la gloria de Dios y no la nuestra, tampoco nos importarán demasiado los insultos y menosprecios de los hombres hacia nosotros. Al fin y al cabo, si sufrimos injustamente por la causa del reino de Dios, será Él mismo quien nos defenderá y exaltará cuando sea el tiempo.

 

III. ESTABLECIÓ LA BASE PARA LA VIDA ETERNA (vv. 51-53) 

 

            Aquí Jesús estaba prometiendo la vida eterna a todo aquel que guardara su palabra. Con esto estaba yendo mucho más allá que cualquier celebridad del judaísmo, incluido el mismo Abraham. ¿Quién puede ofrecer la vida eterna a quien le obedezca? ¿Quién puede ser la fuente de la vida? ¿Quién tiene el poder infinito para vencer la muerte y traer la vida a esta maltrecha humanidad? Sin duda, lo que Cristo estaba afirmando es que Él es mucho más que un hombre; es el mismo Hijo de Dios.

 

            El que guarda su palabra (es decir, la obedece; cp. v. 55; 14:15, 21, 23-24; 15:10, 20; Mt. 5:19) es un verdadero hijo de Dios (Jn. 1:12), está en su reino (3:3-5), es su verdadero discípulo (8:31) y nunca experimentará la separación eterna de Dios (Ap. 2:11; 20:6; cp. 20:14; 21:8).

Jesús declaró a Nicodemo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). En 5:24 reiteró esa verdad: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. Jesús es “el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera” (6:50).

 

            Aquí la declaración de Jesús solo es otra manera de expresar la verdad de que el requisito para disfrutar de esta bendita promesa de vida eterna es “guardar su palabra”. Es creer con humildad y obediencia en su Palabra y seguirlo (Mt. 19:29; 25:46; Jn. 3:15-16, 36; 4:14; 5:24; 6:27, 40, 47, 54, 63, 68; 10:10, 28; 17:2-3; Ro. 5:21; 6:23; 1 Ti. 1:16.)

 

            ** Por supuesto, esto no se refiere a una mera profesión cristiana externa. Implica aceptar de corazón el mensaje que el Señor Jesús trajo del cielo y obedecerlo en toda nuestra vida. En “su Palabra” queda encerrada toda la doctrina del Evangelio que predicó.

            Muchos tienen la palabra, pero habita pobremente en ellos; no tiene poder sobre ellos, sus vidas no sufren cambios. La Palabra de Dios debe habitar, no solo en nuestras mentes, sino en nuestros corazones como fuente suprema de autoridad en nuestras vidas (Col. 3:16). El alma prospera cuando estamos llenos de las Escrituras y de la gracia de Cristo. Un creyente lleno de la Palabra de Dios en su corazón seguramente tendrá en su boca cánticos, himnos y alabanzas antes que queja y murmuración.

 

IV. REMARCÓ SU CONOCIMIENTO DE DIOS Y LA OBEDIENCIA A SU PALABRA (v. 55) 

 

            Aunque los judíos se jactaban de ser los únicos que conocían a Dios, Jesús niega que esto sea verdad: “ustedes no lo conocen” les dice.

 

¿En qué se basaba Jesús para hacer esta afirmación tan seria? Bueno, en realidad no era la primera vez que les decía algo parecido. Ya les había explicado cómo sus acciones desmentían sus pretensiones:

·      Anidaban el asesinato en sus corazones (Jn 8:40). 

·      Menospreciaban la verdad (Jn 8:40). 

·      No amaban al Mensajero de Dios (Jn 8:42). 

·      No escuchaban ni creían su Palabra (Jn 8:47). 

·      Deshonraban al Hijo (Jn 8:49).

 

Pero si la acusación de no conocer a Dios no era suficientemente grave, ahora añade otra más: “Y si yo dijera que no lo conozco, sería un mentiroso como ustedes”. Y después de haber dicho esto, Jesús vuelve a afirmar que él sí que conocía al Padre. Decir lo contrario sería mentir y ser igual que ellos.

           

Así que reafirma lo dicho: “Pero yo sí lo conozco, y obedezco su Palabra”. Además, ¿cómo podría ofrecer la vida eterna a los que guardaran su palabra (Jn 8:51) si Él no guardaba la palabra de su Padre? Él no iba a incurrir en tal contradicción sólo para no desagradar a aquellos judíos a los que tanto les molestaba la perfecta relación que tenía con su Padre.

 

** Todo esto nos muestra que es posible que hombres eruditos y expertos en la Biblia puedan hablar abundantemente de las cosas de Dios sin conocerle y sin haber llegado a tener nunca una comunión personal con Él. Este era el caso de aquellos judíos, que aunque decían conocerlo, la realidad era que ignoraban por completo su naturaleza, su voluntad y sus propósitos. Y aún más, rechazaban y odiaban al Enviado de Dios.

** Una gran enseñanza nos deja el Señor en este pasaje acerca de la necesidad de conocer a Dios, o de procurar conocerlo cada día más, no solo de una manera intelectual o académica, lo cual está muy bien y apoyo enfáticamente, sino el conocimiento que viene al  mantener una relación íntima y profunda con Él cada día pasando tiempo en su presencia y escudriñando las Escrituras en busca de su voluntad.

 

Justamente en su libro titulado “Hacia el conocimiento de Dios”, J.I Packer dice: “La convicción que sustenta a este libro es la de que en la ignorancia de Dios, ignorancia tanto de sus caminos como de la práctica de la comunión con Él está a la raíz de buena parte de la debilidad de la iglesia en la actualidad”.

           

V. PUSO ÉNFASIS EN SU DIVINIDAD (vv. 56-59) 

 

            Durante la controversia con los judíos, ellos habían mencionado en varias ocasiones a Abraham. Con orgullo habían dicho que eran sus hijos (Jn 8:39), y habían preguntado a Jesús si era mayor que el patriarca (Jn 8:53).

 

Ahora el Señor vuelve a mostrarles una vez más que desde una perspectiva espiritual, ellos no se parecían a Abraham. El patriarca tuvo una actitud muy diferente sobre el día de Cristo a la que ellos mantenían. Él se había gozado cuando vio ese día y con seguridad se habría sentido muy molesto con aquellos descendientes suyos que rechazaban a Cristo.

 

Jesús contrastó el comportamiento de sus oponentes con el del patriarca, probando así que no eran hijos espirituales de Abraham. Por otro lado, la nueva referencia a Abraham sirvió para que el Señor contestara la pregunta que le habían hecho acerca de si él era mayor que el patriarca. En su respuesta dio a entender que Abraham sabía que uno mayor que él habría de venir para establecer la era mesiánica, y Jesús afirma que era él mismo.

 

            El punto culminante de la respuesta de Jesús no era menos que una afirmación de su deidad. Ahora afirma con toda claridad que Él había existido desde la eternidad, mucho antes de hacerse hombre o de que este mundo hubiera sido creado. Las palabras exactas que Jesús utilizó para hacer esta declaración fueron: “Antes de que Abraham fuera, YO SOY”. Como sabemos, este nombre, “YO SOY”, es el mismo nombre con el que Dios se reveló a sí mismo a los judíos cuando les envió a Moisés, así que usando este término atemporal (no dijo ya era, sino YO SOY) estaba diciendo que era de la misma naturaleza que Dios, era Dios.

 

            Aquellos líderes entendieron perfectamente la afirmación de Jesús, en respuesta su odio ardió hasta la violencia y enfurecidos por lo que ellos consideraban una blasfemia intentaron apedrearlo. De manera milagrosa y por la mano de Dios Padre escapó por entre medio de ellos.

 

            ** El Señor Jesucristo es Dios y en Él habita toda la plenitud de la Deidad (Col. 2:9). En toda su plenitud ha extendido y extiende en su gracia y misericordia la posibilidad de arrepentimiento, perdón y reconciliación a todos los que creen en su nombre de corazón.

CONCLUSIÓN:

Para el discípulo del Señor este pasaje es un solemne recordatorio de:

·         Que como hijos de Dios la confrontación será parte de nuestra vida. 

·         De que la gloria solo le pertenece al Señor, que no debemos buscar el aplauso humano y que nuestra pasión debe ser glorificarlo a través de toda nuestra vida.

·         Que la Palabra de Dios debe habitar en nuestras mentes y corazones como fuente suprema de vida y autoridad. (no de manera superficial sino profundamente).

·         Que como discípulos del Señor estamos llamados a crecer en el conocimiento de Dios a través de una relación íntima y profunda con Él.

·         Que el Señor Jesucristo es Dios en todo su esplendor, y toda su gracia, su misericordia, su poder, su guía están y estarán  siempre para sus fieles discípulos.

Para aquellos que aún no creen en su nombre y no le han hecho Señor de sus vidas, este pasaje representa una invitación pero también una advertencia.

·        Una invitación porque a pesar de ser rechazado, el Señor extiende su mano amiga para que en fe humilde y arrepentida  puedan llegar a disfrutar de sus bendiciones eternas confesándolo como Señor y Salvador. 

·        Una advertencia porque como ilustra la actitud de los oponentes en este pasaje, un rechazo amargo y endurecido a Jesús trae como resultado trágico y espantoso la condenación eterna.

 

¿Qué vamos a elegir?

 

¡Gloria a Nuestro Dios!                                                                                       Ricardo A. Martínez

BIBLIOGRAFÍA: 

COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO – EVANGELIO DE JUAN – Editorial Portavoz.

COMENTARIO BÍBLICO MUNDO HISPANO A. y N. Testamento – Evangelio de Juan - Editorial Mundo Hispano

EL PLAN DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO – JACK SCOTT – Logoi, Inc.

LA PREEXISTENCIA DE CRISTO – Luis de Miguel - (www.escuelabiblica.com)


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