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NO VIDENTES QUE VEN Y VIDENTES QUE NO VEN. (1ra. Parte) - Juan 9:1 al 12

Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 22/ene/2017
Categorias: Series de Estudios,Guía para alcanzar la Vida Eterna

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            La enfermedad es un efecto universal de la caída, a raíz del pecado. Su resultado es muerte y degradación de su existencia. Aflige a todos los seres humanos y nos recuerda a todos que “somos polvo” (Sal. 103:14) “y al polvo [volveremos]” (Gn. 3:19) un día…
            No importa cuán cuidadosas o conscientes de su salud intenten ser las personas, la enfermedad a la larga es inevitable. A lo largo de toda la historia los brotes masivos de enfermedad han destruido las vidas de millones…
            En el siglo  XIV, la infame “muerte negra” (la peste bubónica) mató entre un tercio y la mitad de la población europea. En el siglo  XIX, en la guerra civil de Estados Unidos murieron el doble de soldados por enfermedad que por bajas en combate…
            Y en el siglo  XX, la epidemia de influenza de 1918-1919 reclamó entre 30 y 50 millones de vidas, mayor que el número de muertos por la primera guerra mundial (10 a 30 millones)...
            A pesar de todas las tecnologías sofisticadas que utilizan, los profesionales médicos modernos tienen limitaciones en la cantidad de curaciones que a la larga pueden ofrecer. Los avances científicos de los tiempos recientes son de verdad impresionantes, pero lo máximo que pueden hacer es retrasar la muerte…
            Por otro lado, Dios no tiene ninguna limitación en su capacidad para sanar. Como con todas las cosas en la vida, Él es soberano sobre la enfermedad y la sanidad (cp. Dt. 32:39). Tiene poder para hacer lo que quiera (Sal. 115:3) y, en ciertos momentos históricos, ha decidido sanar de maneras sobrenaturales...
            En el Antiguo Testamento (A.T.) hay constancia de ejemplos de sanidades milagrosas divinas, aunque son raros y están confinados a tiempos limitados. Dios sanó a Naamán el leproso (2a R. 5:1-14); a Ezequías en una enfermedad terminal (2a R. 20:1-11); a los israelitas de las mordeduras venenosas de las serpientes (Nm. 21:6-9); a Sara, Lea y Raquel de infertilidad (Gn. 21:1-2; 29:31; 30:22) y a Job de una enfermedad debilitadora (Job 42:10)…
            Además se habla de tres muertos resucitados: la viuda de Sarepta (1 R. 17:17-24), el hijo de la mujer sunamita (2 R. 4:18-37) y un hombre cuyo cuerpo había sido lanzado a la tumba de Eliseo (2a R. 13:21).
            En el Nuevo Testamento (N.T.), en Hch. también registra ejemplos de sanidades divinas. Dios sanó por medio de los apóstoles, y para autenticarlos como mensajeros de la verdad divina (cp. 2a Co. 12:12), a paralíticos en Jerusalén (Hch. 3:6) y Listra (14:8-10), a los enfermos sobre quienes pasaba la sombra de Pedro (5:15-16), a muchos paralíticos en Samaria (8:7), a quienes tocaron los paños o delantales de Pablo (19:11-12) y al padre de Publio en la isla de Malta (28:8-9). Además, Dorcas (9:36-43) y Eutico (20:9-12) resucitaron…
            Más allá del ministerio apostólico en el registro de Hechos, los milagros están ausentes de las Escrituras hasta el regreso del Señor profetizado en Apocalipsis...
            Con mucho, la más grande manifestación de sanidades milagrosas en la historia se dio durante el ministerio terrenal del Señor Jesucristo. No ha ocurrido nunca nada ni remotamente parecido al despliegue milagroso que se dio por medio de Él y así debía ser.
            Se ha dicho que Él casi acabó con las enfermedades en Palestina durante aquella época, en una explosión de sanidades milagrosas (cp. Mt. 4:23-25; 8:16; 9:35; 12:15; 14:35-36; 15:30; Lc. 6:17-19; 7:21; 9:11; Jn. 21:25) a favor de varias razones y propósitos vitales: llevar a cabo su ministerio profético (Mt. 8:17), autenticar su ministerio mesiánico (11:2-5; cp. Jn. 20:30-31; Hch. 2:22), dar la gloria a Dios (Jn. 9:3; 11:4) y, lo más importante, demostrar su deidad (Mr. 2:7, 10) (SLIDE)...
            Hay al menos seis características principales del ministerio de sanidades de Jesucristo (SLIDE):
A.- Primera, Cristo Jesús sanaba solo con una palabra o un toque (Mt. 8:5-13, 15; 9:6, 20-22; 14:35-36; 20:34; Mr. 5:24-29; Lc. 13:10-13; Jn. 5:1-9)...
B.- Segunda, Jesucristo sanaba instantáneamente (Mt. 8:3, 13, 15; 9:6-7, 28-30; 15:28, 30-31; 17:18; 20:34; Mr. 3:1-5; 5:29; 7:33-35; Lc. 13:10-13; 17:14; Jn. 4:53; 5:9); a diferencia de algunos sanadores de fe modernos, ninguna de sus sanidades era progresiva o gradual. Así, no hay duda de que eran milagros genuinos, no recuperaciones naturales con el tiempo...
C.- Tercera, Cristo Jesús sanaba completamente. Por ejemplo, después de sanar a la suegra de Pedro, “levantándose ella al instante, les servía” (Lc. 4:39). Cuando Jesucristo sanó a cierto paralítico, el hombre también “se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos” (Mr. 2:12; cp. Jn. 5:9)...
D.- Cuarta, Cristo Jesús sanó a todos los que acudieron a Él. A diferencia de los sanadores de fe contemporáneos, no desilusionó a los enfermos a su paso. Lc. 4:40 dice: “Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades los traían a él; y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba” (cp. 9:11)...
E.- Quinta, Jesucristo sanó las enfermedades físicas y orgánicas; no males invisibles como dolor de espalda, pálpitos del corazón y dolores de cabeza. Restauró y remplazó las piernas de los lisiados (Mt. 11:5), las manos secas (12:10-13), las columnas encorvadas (Lc. 13:10-13), los ojos ciegos (Mt. 9:28-30) y los oídos sordos (Mr. 7:32-37). No había enfermedades más allá de su poder, luego sanó “toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt. 4:23).
 
            En este pasaje, la sanidad del ciego no puede explicarse como otra cosa diferente a su poder milagroso y divino. (La Biblia dice que la autoridad del Padre le concedió a Jesucristo el poder , entregado por el Espíritu Santo , porque en su encarnación Él entregó voluntariamente el ejercicio independiente de sus atributos divinos)...
            El flujo del relato tiene cuatro elementos: el problema, el propósito, el poder y la perplejidad.
 
1.- EL PROBLEMA (v. 9:1):
            El templo era la ubicación principal de los mendigos (cp. Mt. 21:14; Hch. 3:1-10), pues era más probable que les dieran limosnas quienes iban a adorar a allí. El templo también era el lugar donde se reunían las multitudes...
            La ceguera era también algo muy frecuente en el mundo antiguo (cp. Lv. 19:14; 21:18; Dt. 27:18; 28:29; 2 S. 5:6, 8; Job 29:15) y los ciegos a quienes nadie cuidaba quedaban reducidos a la mendicidad (cp. Mr. 10:46). Como predijo Isaías 42:7 que haría el Mesías, Cristo Jesús les dio vista a los ciegos en repetidas ocasiones (Mt. 9:27-28; 11:5; 12:22; 15:30-31; 20:30-34; 21:14; Mr. 8:22-25; Lc. 4:18). (1)
            Un noble modo de imitar a Cristo es ser generoso con los demás y estar dispuesto a servir al prójimo para bien de la comunidad. Aun cuando se hallaba en grave peligro de su propia vida, y escapaba ahora mismo de una muerte violenta, se detuvo por algún tiempo para mostrar su compasión, de una manera efectiva, hacia este pobre hombre. (2).
 
2.- EL PROPÓSITO (vv. 9:2-5):
            La condición del ciego creó un dilema teológico en la mente de los discípulos. Plantearon una pregunta que suponía la doctrina popular judía según la cual el sufrimiento físico de una persona es resultado directo del pecado personal. (1)
            Pero los discípulos no rogaron a Cristo Jesús que curase al ciego, sino que, en lugar de ello, le hicieron una pregunta indiscreta. En efecto, esta pregunta era:
(A) Muy poco caritativa,pues daban por supuesto que tal desdicha era necesariamente la consecuencia de alguna perversidad poco común.
(B) Innecesariamente curiosa.¿Qué les iba a ellos en si esta calamidad se debía a un pecado del propio ciego o de sus padres? Los hombres somos inclinados a inquirir acerca de los pecados ajenos más bien que acerca de los nuestros. Juzgarnos a nosotros mismos es nuestro deber (v. 1 Co. 11:28, 31), pero juzgar a los demás es pecado (v. Mt. 7:1 y ss.; Ro. 2:1 y ss.). (2)
            Veían dos explicaciones posibles para esta condición: la ceguera había sido provocada por los pecados de este hombre o los de sus padres…
            Pero este hombre, siendo ciego de nacimiento, no podría ser responsable a menos que hubiera pecado antes de nacer. Tal vez los discípulos consideraban esa posibilidad, pues en el judaísmo de la época era amplia la creencia de que los niños podían pecar desde el vientre...
            Ciertamente, es verdad que el sufrimiento en general es a la larga resultado del pecado. También es cierto que una enfermedad específica puede ser consecuencia directa de un pecado específico. Por ejemplo, María se enfermó de lepra por rebelarse contra la autoridad de Moisés (Nm. 12:10)…
            Cristo Jesús antes le había advertido al que sanó en el pozo de Betesda: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Jn. 5:14). El apóstol Pablo también dijo a los corintios que estaban participando indignamente de la Sana Cena: “Por [esto] hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (1a Co. 11:30)...
            Trágicamente, también hay ocasiones en que los hijos se ven forzados a sufrir las consecuencias naturales de los pecados de los padres. Por ej., los ojos de los bebés de madres con gonorrea se pueden infectar cuando están naciendo y provocar ceguera. La salud de un bebé también puede afectarse por las madres fumadoras, y por el abuso de drogas y alcohol durante el embarazo...
            Los discípulos también podrían estar pensando en ciertos pasajes del A. T. en que Dios parece prometer castigo sobre los hijos de los padres pecadores. En Éx. 20:5 Dios le dijo a Israel: “Visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen” (cp. Nm. 14:18; Dt. 5:9).
            Sin embargo, tales pasajes deben entenderse en un contexto nacional o de su sociedad. El asunto es que el efecto corruptor de una generación impía se filtra en las generaciones siguientes.
            La idea de que un niño reciba el castigo por los pecados de sus padres es un concepto ajeno a las Escrituras. Dt. 24:16 ordena: “Los padres no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado” (cp. 2 Cr. 25:4). Dios declaró a través de Jeremías: “En aquellos días no dirán más: Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera, sino que cada cual morirá por su propia maldad; los dientes de todo hombre que comiere las uvas agrias, tendrán la dentera” (Jer. 31:29-30) al igual que en Ez. 18:20...
            La respuesta de Cristo Jesús expuso el error del razonamiento de los discípulos: “No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él”. No siempre hay un enlace directo entre el sufrimiento y el pecado personal...
            El Señor Jesucristo advirtió que todos los pecadores, incluyendo a sus discípulos, enfrentan la muerte, y cuando esta venga, ellos perecerán, a menos que se arrepientan y confíen en Él...
            La verdad era que, como Job (Job 1 y 2), el ciego sufrió aflicción para que las obras de Dios se manifiesten en él. Como lo explica F. F. Bruce:
“Esto no quiere decir que Dios deliberadamente provoque que los niños nazcan ciegos para que, después de muchos años, su gloria se manifieste al eliminar la ceguera; pensar así volvería a ser una difamación del carácter de Dios. Quiere decir que Dios invalidó el desastre de la ceguera del niño de forma tal que, cuando se hiciera adulto, al recuperar la visión, pudiera ver la gloria de Dios en la cara de Cristo, y que otros, al ver esta obra de Dios, se volvieran a la verdadera luz del mundo”.
            Dios escogió en su soberanía usar la aflicción de este hombre para su gloria. El enfoque de los discípulos estaba en el pasado, en analizar cómo el ciego llegó a serlo; la preocupación del Señor era hacia el futuro, en mostrar el poder de Dios para beneficio de este hombre...
            Lo que Cristo Jesús dijo a sus discípulos sobre el tiempo, se aplica a todos los creyentes. Deben servir a Dios con sentido de urgencia, “aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:16).
            Richard Baxter, conocido pastor puritano, captó el sentido de la urgencia cuando escribió: “Siempre predico sin la seguridad de saber cuándo volveré a hacerlo, como si estuviera moribundo hablándole a moribundos” (1).
            Esto es un solemne recordatorio para todo cristiano que el día de la vida está pasando veloz, y que viene la noche, cuando nuestro servicio en la tierra estará para siempre acabado. Por tanto, deberíamos emplear el tiempo que se nos da para servir al Señor de manera aceptable. (3).
 
3.- EL PODER (vv. 9:6-7):
            Aquel que es la Luz espiritual del mundo también proporcionaría luz física a este hombre que había vivido siempre en la oscuridad. Entonces la sanidad es una parábola de vida que ilustraba el ministerio de Cristo Jesús: la Luz que brilla en un mundo oscurecido espiritualmente (cp. 1:5)...
            Ezequías había construido un túnel, temiendo un asedio de los asirios (2a Cr. 32:4), desde la fuente de Gihón hasta el estanque de Siloé (2a R. 20:20) para asegurar el suministro continuo de agua. El estanque de Siloé era, como vimos oportunamente, donde el sumo sacerdote sacaba el agua en la Fiesta de los Tabernáculos...
            El Apóstol Juan llama la atención sobre la importancia del nombre Siloé, cuya traducción es “Enviado”. Probablemente, el nombre se originara por el agua enviada al estanque (por el túnel de Ezequías) desde la fuente de Gihón. Pero como lo sugiere su uso en la Fiesta de lo Tabernáculos, el nombre también simbolizaba las bendiciones de Dios enviadas a Israel…
            Aquí simboliza la bendición final de la nación: Cristo Jesús, el Mesías, el Enviado de Dios (5:24, 30, 36-37; 6:38-39, 44, 57; 7:16, 28- 29, 33; 8:16, 18, 26, 29, 42; 12:44-45, 49; 13:20; 14:24; 15:21; 16:5; 17:8, 18, 21, 23, 25; 20:21; Mt. 10:40; Mr. 9:37; Lc. 4:18; 9:48; 10:16)...
            Tristemente, tal como sus ancestros “[desecharon] las aguas de Siloé” (Is. 8:6), sus padres también rechazaron a Jesucristo, el Siloé Verdadero, Aquel enviado de Dios para salvar a los pecadores perdidos (Lc. 19:10)...
 
4.- LA PERPLEJIDAD (vv. 9:8-12):
            La transformación fue tan sorprendente que algunos decían: “¿No es éste el que se sentaba y mendigaba?”. Unos decían con confianza: “Él es” ; otros sin creer que había ocurrido un milagro (cp. v. 32), decían: “A él se parece”. Les parecía más fácil creer en una confusión de identidad que en una sanidad milagrosa...
            La multitud, queriendo conocer a quién había realizado el milagro, le dijo: “¿Dónde está él?”. Pero el hombre no sabía dónde estaba Cristo Jesús y, como nunca lo había visto, de todas maneras no podría haberlo identificado. El Señor había desaparecido de la narración después del versículo 7, dejando en el centro del escenario al antiguo ciego. Jesucristo solo reapareció en el versículo 35...
 
CONCLUSIÓN:
            Este relato de la curación que Cristo Jesús hizo a un ciego, ilustra bellamente el proceso de la salvación. Los pecadores perdidos, ciegos por el pecado (12:40; 2 Co. 4:4), no tienen capacidad para reconocer al Salvador ni para encontrarlo por su cuenta (Ro. 3:11; 8:7). El ciego no se habría sanado si Jesucristo no lo hubiera buscado y se le hubiera revelado
            Así es en la Salvación; si Dios no alcanzara a los pecadores, ciegos espirituales, nadie se salvaría (Ro. 5:6; cp. Jn. 6:44, 65). Y tal como el ciego se sanó sólo cuando obedeció la orden de Cristo Jesús—lavarse en el estanque de Siloé—, los pecadores también solo se salvan cuando en humildad y obediencia aceptan la Verdad del Evangelio (Ro. 1:5; 15:18; 16:26; He. 5:9; cp. 2a Ts. 1:8; 1 P. 4:17).
            También (como escucharemos en la canción “Al Final” de Lily Goodman) Dios puede anular o transformar el desastre que se desate sobre nuestra vida de forma tal que podamos ver la gloria de Dios en la cara de Cristo, y que otros, al ver esta obra de Dios, se vuelvan a la verdadera Luz del mundo.
 
 
BIBLIOGRAFÍA:
1.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur . Edit. PORTAVOZ.
2.- COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE.

3.- COMENTARIO BÍBLICO. William Mac Donald. Edit. CLIE. 


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