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INSTRUCCIÓN FINAL: QUIÉN ES QUIÉN - Juan 13: 31 al 38

Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 20/ago/2017
Categorias: Series de Estudios,Guía para alcanzar la Vida Eterna

 

Reiteramos que estamos entrando en la parte que el Apóstol Juan quiere que consideremos ampliamente, la última semana de Jesucristo en su ministerio sobre la Tierra, que se conoce como SEMANA SANTA… En el Evangelio de Juan abarca la mitad del texto. (1)

                Lo que sigue, hasta el final del capítulo 14, es una conversación de sobremesa de Jesús con sus discípulos, aparte de la institución de la Cena del Señor, que Juan no menciona, y a la que, con toda probabilidad, no asistió Judas. Cuando la cena corriente acabó, salió Judas. Jesús, a sus anchas con sus fieles discípulos, una vez que el traidor se había marchado, se explaya con ellos con toda confianza, y declara los sentimientos que, para sus amigos (15:13–15), reservaba en su corazón (3)
 
                A lo largo de la historia las personas se han identificado como seguidores de Jesucristo por medio de varias señales externas que incluyen vestimenta especial y hasta diferentes cortes de cabello. En tiempos más recientes, algunos han usado collares, cruces u otras joyas, usan ropa con temática cristiana, pegan etiquetas cristianas en sus autos o beben el café en tazas adornadas con logos cristianos...

                Tales muestras de lealtad externa no son de por sí malas y a veces pueden ser útiles para llamar la atención al testimonio cristiano propio. Pero esos símbolos superficiales y externos no son los que caracterizan a los seguidores verdaderos de Jesucristo; son las actitudes internas del corazón (Mt. 5:8; Lc. 8:15; Hch. 15:9; 16:14; Ro. 2:29; 10:9-10; 2 Co. 4:6; 2 Ti. 2:22; He. 10:22). Solo son sus hijos aquellos cuyos corazones han sido trasformados por la Gracia redentora de Dios (Jn. 3:3-8; 2 Co. 5:17; Tit. 3:5; 1 P. 1:3, 23)...
                Esa transformación interna produce vidas cambiadas cuyo fruto se hace visible en el comportamiento del creyente, en actitudes y acciones. En Gálatas 5:22-23, Efesios 5:9 y Colosenses 3:12-15 (cp. Lc. 6:43-45) se detalla este fruto que, en su nivel más básico, puede resumirse en una palabra: amor...

                A diferencia de los irredentos, que odian a Dios y se aman a sí mismos (cp. Ef. 2:1-3), los cristianos aman al Señor (cp. Jn. 8:42) y aman al prójimo (cp. Fil. 2:1-5). El amor por el Dios trino se demuestra más claramente con la obediencia, no con el servicio de labios. Jesús lo explicó así a sus discípulos: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn. 14:15) y después les dijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn. 15:14)...

                La obediencia es la demostración genuina del amor a Cristo. Así, escribió Juan en su primera epístola:
Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” (1 Jn. 2:3-6)...

                La Biblia advierte repetidas veces sobre quienes dicen ser discípulos de Cristo, pero no lo son (cp. Jn. 2:23-24; 6:60-66; 12:25-26)...
                Jesús dijo que los falsos discípulos eran semejantes a la semilla que cae a la vera del camino, en el suelo rocoso o entre las espinas (Mt. 13:3- 7); a la cizaña que crece junto con el trigo (Mt. 13:24-30); a los peces malos que se echan fuera (Mt. 13:47 48); a las cabras condenadas al castigo eterno (Mt. 25:33, 41); a las vírgenes necias que se van en el día de la boda (Mt. 25:1-12); a los siervos inútiles que entierran el talento de su amo (Mt. 25:24-30; cp. Lc. 19:11-27) y a quienes se quedan fuera cuando el padre de familia cierra la puerta (Lc. 13:25-27)...
                Juan llamó apóstatas en su primera epístola a quienes abandonan la comunidad de creyentes (1 Jn. 2:19). Al igual que Demas, profesan amor a Cristo, pero en realidad aman este mundo presente (2 Ti. 4:10; cp. 1 Jn. 2:16-17)...
                La participación en un ministerio tampoco es un indicador confiable de la fe salvadora. En Mateo 7:22-23 Jesús advirtió: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”...
                Juan el Bautista retó a sus oyentes a dar “frutos dignos de arrepentimiento” (Mt. 3:8) y Pablo predicó que las personas debían realizar “obras dignas de arrepentimiento” (Hch. 26:20); demostrar el amor a Dios (Lc. 10:27; Ro. 8:28) que se evidencia al darle la espalda al pecado (Pr. 28:13; 2 Co. 7:10), al representar la humildad auténtica (Sal. 51:17; Mt. 5:3), al comprometerse a la oración (Lc. 18:1; 1 Ts. 5:17), al no exhibir egoísmos (1 Jn. 2:9-10; 3:14-18), al apartarse del mundo (Stg. 4:4; 1 Jn. 2:15 17), al crecer espiritualmente (Lc. 8:15; Jn. 15:1-2), al ser obediente (Mt. 7:21; 1 Jn. 2:3-5) y al cultivar el deseo por la Palabra de Dios (1 P. 2:1-3).(2)
 
 
1.- LA EXPRESIÓN PROFUNDA DEL AMOR DE CRISTO. (vv. 31-33):

                Aunque en castellano (nota del traductor), resulta más correcto el uso del pretérito perfecto, el aoristo del original tiene peculiar expresividad, pues indica claramente que, precisamente ahora, al salir Judas de allí, la gloria de Dios adquiría nuevo brillo (comp. con 12:28) por el hecho de que Jesús, ante la inminente consumación de la traición de Judas, en lugar de batirse en retirada, se entregaba voluntariamente, y en perfecta obediencia, a la muerte decretada «desde antes de la fundación del mundo» (1 P. 1:20). La crucifixión de Cristo iba a ser su «exaltación» hasta lo sumo (comp. 3:14; 8:28; 12:32, con Fil. 2:8–9). (3)

                La expresión más alta del amor es el sacrificio de uno mismo. Como dijo el Señor después a los discípulos, “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos” (Jn. 15:13; cp. 10:11). De acuerdo con esas mismas líneas, el apóstol Juan escribió en su primera epístola: “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos” (1 Jn. 3:16)...
                En este pasaje, Jesús vio su muerte en términos de la glorificación que resultaría de esta. Aunque la crucifixión fue el momento de mayor humillación (Fil. 2:8), también era el suceso por el cual recibiría más gloria (cp. Jn. 17:4-5; Fil. 2:9-11)...

                La declaración, “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre” (cp. Dn. 7:13-14), se refiere a su muerte en la cruz al día siguiente. La cruz parecía ser una derrota desastrosa y vergonzosa para Jesús. Aun así, a través de la Cruz, donde dio su vida por los pecadores, la gloria de Cristo se mostró con toda claridad. Libertad”. Jesús recibió gloria por medio de la cruz de varias maneras. Primera, su muerte obtuvo la salvación porque satisfizo las exigencias de la justicia divina para todos los que creerían en Él. Pablo escribió a los colosenses que Dios anuló “el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz” (Col. 2:14; cp. 1:19-22; Ro. 3:25; 5:8-9; Ef. 2:16; He. 2:17; 1 Jn. 2:2; 4:10). La muerte de Jesucristo también destruyó el poder del pecado; “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Ro. 8:3; cp. 6:6). Por último, su muerte destruyó el poder de Satanás y acabó con el reino de poder a quien “tenía el imperio de la muerte” (He. 2:14; cp. Is. 25:8; Os. 13:14; 1 Co. 15:54-57; 2 Ti. 1:10; 1 Jn. 3:8)...
                Aparte de recibir gloria por medio de su muerte, Dios también se glorificó en Él. Por medio de la cruz, la naturaleza gloriosa de Dios se mostró de manera suprema...

                Primero, la muerte de Cristo mostró el poder de Dios. El odio diabólico de Satanás y la impiedad desesperada del mundo intentaron destruir a Jesús con todas las fuerzas, pero fallaron. Dios manifestó su poder resucitándolo de los muertos (Hch. 3:15; 4:10; 13:30; Ro. 10:9; Gá. 1:1; Col. 2:12; 1 P. 1:21) y destruyó así el poder de Satanás, el pecado y la muerte...

                Segundo, la muerte de Cristo declaró la justicia de Dios. La pena por la violación de los pecadores a su ley santa debía pagarse, y como “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23), alguien debía morir. Por lo tanto, “el SEÑOR hizo recaer sobre Él la iniquidad de todos nosotros” (Is. 53:6, NVI; cp. v. 11; He. 9:28; 1 P. 2:24). Dios solo podía ser “justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Ro. 3:26) a través del sacrificio de su Hijo...

                Tercero, la muerte de Cristo reveló la santidad de Dios. Dios nunca manifestó tan claramente su odio por el pecado como en el sufrimiento y muerte de su Hijo. El Padre ama al Hijo con amor infinito. Aun así, cuando Jesús se hizo maldición en la cruz por los creyentes (Gá. 3:13)...

                Cuarto, la muerte de Cristo expresó la fidelidad de Dios. Él prometió un redentor desde el primer momento en que la desobediencia de Adán y Eva hundió a la humanidad en el pecado (Gn. 3:15; cp. Is. 52:13—53:12; Mt. 1:21). Y cumplió su promesa aunque le costara su único Hijo...
                Finalmente, de acuerdo con el tema general del pasaje, la muerte de Cristo fue la demostración más poderosa del amor de Dios en toda la historia. Pablo escribió a los romanos: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8)...
                La última declaración de Cristo en cuanto a su glorificación va más allá de la cruz, hasta su exaltación a la derecha del Padre: “Si Dios es glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo” (Mt. 26:64; Hch. 2:33; 5:31; 7:55-56; Ro. 8:34; Ef. 1:20; Col. 3:1; He. 1:3, 13; 8:1; 10:12; 12:2; 1 P. 3:22). Pablo tenía en mente este aspecto de la gloria de Dios cuando escribió así a los filipenses: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Fil. 2:9; cp. Hch. 2:33; 7:55; Ro. 8:34; Col. 3:1; He. 1:3; 10:12)...

                Los discípulos amaban a Cristo profundamente y dependían por completo de Él. Saber que los iba a dejar en poco tiempo era doloroso y temible. De cierto, su muerte inminente no era lo que habrían escogido. Aun así, era el acto más necesario y amoroso que Cristo podía hacer por ellos. Como ya les había enseñado el Señor: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn. 10:11). Había venido a morir por ellos y por todos los que creyeran en Él...
                En la cruz, en Cristo, se hizo manifiesto el amor insuperable y eternamente único de Dios (cp. Jn. 3:16).(2)
 
 
2.- EL EJEMPLO PREEMINENTE DEL AMOR DE CRISTO (vv. 34-35):

                El mandato del propio Maestro: «Un mandamiento nuevo os doy» (v. 34). En griego hay dos adjetivos que significan «nuevo»: neós, que indica algo reciente que no ha existido antes; comporta, pues, la idea de tiempo; el otro es kainós, que significa algo que, aunque haya existido antes en alguna forma, adquiere ahora una mejor condición, una «renovación» (v. Ro. 12:2, donde sale un vocablo similar); comporta así la idea de forma o calidad, como observa Trenchard...

                Este segundo adjetivo («kainén», por ser femenino el nombre al que afecta) es el que Juan usa aquí. En efecto, el mandamiento de amar al prójimo no era «reciente», sino muy antiguo (v. Lv. 19:18; Pr. 20:22; 24:29; Mr. 12:29, 31), pero necesitaba una renovación por haber sido corrompido en su expresión (v. Mt. 5:43 con la espuria añadidura de «y aborrecerás a tu enemigo») y violado en la práctica (v. p. ej., 8:42)...
                Necesitaba, por tanto, ser corregido y adornado como se hace con una nueva edición, corregida y aumentada, de un viejo libro al que se le cayeron las tapas y hasta le van faltando hojas. Jesús lo renueva ahora dándole una fuerza con la que no va a necesitar de ulterior corrección; durará por toda la eternidad, incluso cuando la fe y la esperanza, que ahora permanecen (1 Co. 13:13) hayan pasado para dar lugar a la vista (2 Co. 5:6–8) y a la posesión (Ro. 8:24). (3)

                Los creyentes enfrentaban el reto enorme de amarse unos a otros; como Él los había amado (cp. 15:12-13, 17). Desde luego, amar de ese modo es imposible sin el poder transformador del nuevo pacto (Jer. 31:31-34)...
                El ejemplo de Cristo con su amor sacrificial y desinteresado, determina la norma suprema que los creyentes deben seguir. En Efesios 5:2 Pablo exhortó: “Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros”. Tal clase de amor es: “Sufrido, es benigno… no tiene envidia…” (1 Co. 13:4-7). Si la iglesia amara siempre del mismo modo, tendría un impacto poderoso en el mundo...

                La declaración del Señor “En esto conocerán todos que sois mis discípulos” revela el efecto cuando los creyentes tienen amor los unos con los otros: El mundo sabrá que pertenecemos a Él. La Iglesia puede ser ortodoxa en su doctrina y vigorosa en su proclamación de la verdad, pero eso no persuadirá a los incrédulos a menos que los creyentes se amen unos a otros...
                Francis Schaeffer escribe: “La Iglesia debe ser amorosa en una cultura moribunda… En medio del mundo, en medio de nuestra cultura presente moribunda, Jesús le da un derecho a ese mundo. Bajo su autoridad, el mundo tiene derecho a juzgar si usted y yo somos cristianos nacidos de nuevo, con base en el amor observable hacia todos los cristianos. Eso causa mucho respeto, Jesús se vuelve al mundo y le habla: “Tengo algo que decirles. Según mi autoridad, les doy un derecho: Pueden juzgar si un individuo es cristiano o no de acuerdo con el amor que muestra hacia todos los cristianos”. En otras palabras, si la gente se nos acerca y juzga que no somos cristianos porque no mostramos amor hacia los otros cristianos, debemos entender que solo están usando la prerrogativa que Jesús les otorgó (The Mark of a Christian [La marca de un cristiano].(2)

                Mientras que la forma en que los mundanos se comportan de ordinario es que «todos buscan lo suyo propio» (Fil. 2:21 ¡creyentes!—comp. con 1 Co. 10:24; 13:5; 2 Co. 12:14; Fil. 4:17; 1 Ts. 2:3–9), mientras que los discípulos de Cristo deben distinguirse en «servirse los unos a los otros por medio del amor» (Gá. 5:13) y «sobrellevar los unos las cargas de los otros» (Gá. 6:2). Nótese que no dice Jesús: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos si predicáis buenos mensajes, si obráis milagros, si expulsáis demonios, etc.», puesto que todas esas actividades pueden llevarse a cabo sin amor, con lo que a una persona no le sirven para nada, ni esa persona sirve para nada e, incluso, ella misma es nada (1 Co. 13:1–3).(3)
 
 
3.- EL ALCANCE PODEROSO DEL AMOR DE CRISTO (vv. 36-38):

                El diálogo de Jesús con Pedro ilustra doblemente el alcance del amor de Cristo, hecho posible mediante su sacrificio en la cruz. Por un lado, su conversación demostró la importancia del amor de Cristo, porque garantizó la vida eterna de sus discípulos. Por otra parte, también evidenció el poder del amor de Cristo, porque demostró ser más grande que la cobardía desleal de Pedro (y los otros discípulos)...
                Los discípulos eran incapaces de armonizar las declaraciones repetidas de Jesús sobre su muerte (p. ej., Mt. 16:21; 17:22 23; 20:17-19; Mr. 9:31-32; Lc. 18:31-34; 24:6-7, 26) con su concepto preconcebido del reino, del cumplimiento de los pactos del Antiguo Testamento y las promesas del Mesías...
                El poder de Cristo se mostró en su respuesta, aunque Pedro no se quedó satisfecho (como indica su réplica rápida). Los discípulos se unirían un día con Él en su gloria celestial (cp. Jn. 14:2), porque Él había puesto su amor en ellos, los había hecho sus discípulos (cp. Jn. 15:16) y los había amado hasta morir por ellos (cp. Jn. 13:1). Nada—ni su deserción, ni su negación, ni su muerte futura—los separaría del amor de su Señor. Como lo explicó Pablo en Romanos 8:38-39: “Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”...

                Siguiendo la batuta de Pedro, “también todos [los otros discípulos] decían lo mismo” (Mr. 14:31). La historia demostraría que se estaban sobreestimando en demasía (Mt. 26:56, 69- 75); trágicamente, la predicción solemne del Señor se cumpliría: “¿Tu vida pondrás por mí? (una declaración irónica; fue el Señor quien dio su vida por Pedro). De cierto, de cierto te digo: No cantará el gallo, sin que me hayas negado tres veces”. “Tristemente, las buenas intenciones expresadas en un cuarto seguro después de una buena comida son menos atractivas en un jardín oscuro con una turba hostil. En este punto del peregrinaje de Pedro, sus intenciones y su valoración propias sobrepasaban ampliamente su fuerza” (Carson, Juan, p. 486). Evidentemente, las palabras de Cristo sometieron a Pedro, quien de modo extraño se quedó callado durante el resto del discurso de despedida del Señor (Pedro no vuelve a aparecer en la narración hasta el 18:10)...

                La presunción necia, aunque bien intencionada, de Pedro fue lo primero que lo llevó a perder la prueba de lealtad a Cristo. Otro factor contribuyente fue no velar y orar para no entrar en tentación (Mt. 26:41)...
 
                Pero ese no fue el final de la historia para Pedro. El amor de Cristo por él no lo dejaría escapar (cp. Jn. 6:37, 39; 10:28-29). Después de ser restaurado por Jesús (Jn. 21:15-17; nótese el énfasis en el amor para la restauración de Pedro) y lleno del Espíritu (Hch. 2:1-4), Pedro se convirtió en líder de la naciente iglesia. Predicó con intrepidez el evangelio (Hch. 2:14-36; 3:12-26) y escribió dos epístolas en las cuales destila algunas lecciones dolorosas aprendidas (cp. 1 P. 4:7; 5:5)...

                Antes del final de sus días, Pedro entendió la norma suprema que estableció el amor de Cristo para él y para todos los que aman al Señor. Murió voluntariamente por su Señor (21:18-19). Impactado profundamente por el ejemplo de Cristo, siendo el directo beneficiario de su sacrificio, Pedro instruyó a sus lectores a amarse “unos a otros entrañablemente, de corazón puro” (1 P. 1:22), pues ya habían sido redimidos “con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1:19). Ellos eran quienes habían “gustado la benignidad del Señor” (2:3) y quienes tenían a Cristo por “ejemplo, para [seguir] sus pisadas” (2:21). Así, “ante todo, [tener] entre [ellos] ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados” (4:8).(2)

                “Este mandamiento representa una de las principales preocupaciones de Juan. A lo largo de sus cartas se refiere a él una y otra vez como distintivo de aquellos cuyas vidas reflejan la presencia de Dios (1Jn 3:11, 23; 4:7, 11; 2Jn 1:5). Como pastor que es, Juan ha visto sin duda iglesias amargamente divididas por las disputas ”(1Jn 2:11), de modo que mostrar el amor de Cristo es igual de importante que tener fe en él (1Jn 3:23).”(4)
 
 
CONCLUSIÓN:

                Groucho Marx supo decir: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”... A veces los cristianos actuamos así. Creemos en los principios bílicos pero dependiendo de las circunstancias, estamos dispuestos a cambiarlos.
                “«Un antiguo dicho propone que la primera baja de la guerra es la verdad —afirma Ortberg—. Pero esto no es del todo cierto: la primera baja de la guerra es el amor».”… “En nuestro mundo evangélico han colisionado a veces el celo por la verdad y el mandamiento de amar.”…

                “A comienzos del siglo III, Tertuliano escribió: «Son principalmente las obras de un amor tan noble lo que ha hecho que muchos nos señalen. “Vean —dicen— cómo se aman unos a otros […] vean cómo están dispuestos hasta a morir los unos por los otros”».”(4)
                Solo los regenerados y quienes han recibido el Espíritu Santo pueden amar como Él amó (cp. 1 P. 1:22-23; 1 Jn. 2:7-9; 4:7 11). Para quienes son creyentes, el amor de Cristo es la norma suprema de cómo se ve el amor. Es la marca de sus discípulos verdaderos, la garantía de su salvación futura y de su santificación presente.(2)
 
¡S.D.G!
 
 
BIBLIOGRAFÍA:

1.- DEVOCIONAL “TODA LA BIBLIA EN UN AÑO”. John Stott. Edit. Certeza.
2.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur . Edit. PORTAVOZ.
3. - COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE.
4.- Fragmento de: Burge, Gary M. “Comentario Biblico con Aplicacion NVI: Juan”.

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