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VOLVER AL PADRE PARA COMPLETAR LA MISION - Juan 14: 28 - 31

Autor: Ricardo Martinez
Publicado: 17/sep/2017
Categorias: Series de Estudios,Guía para alcanzar la Vida Eterna

 

Tal como se viene reiterando a través de los distintos mensajes sobre esta serie, el Evangelio de Juan, por el espacio dedicado a la que se conoce como la “semana de pasión o semana santa” (diez capítulos), enfatiza las verdades centrales de la fe cristiana: “La muerte y la resurrección del Señor Jesucristo”.

Hay muchas religiones en este mundo y sin duda, la mayoría de ellas tienen leyes, preceptos, formas, ceremonias, sistemas de recompensas y castigos, pero ninguna de ellas tiene a un SALVADOR que murió por la humanidad. No tienen cruz, en cambio para el cristianismo, la Cruz de Cristo está en el centro de todo lo que realmente les importa a los creyentes. Y es justamente hacia donde se dirigía el Señor Jesús (la CRUZ) al momento de pronunciar las palabras sobre las que hoy vamos a meditar.

En el pasaje que consideraremos hoy, El Señor Jesús continúa hablando en el que como ya se ha mencionado en anteriores meditaciones se denomina, el discurso del Aposento Alto (Jn. 13 -17).

Les era realmente muy difícil a sus discípulos, sus once seguidores más cercanos, comprender el significado de la muerte de Jesús, no la podían comprender ni desde la perspectiva divina ni de la humana.

           Todas las esperanzas, sueños y ambiciones de los apóstoles se centraban en su Maestro. Lo habían dejado todo por seguir a Jesús, creían correctamente que Él era el Mesías de Israel, esperado por tanto tiempo. Pero los discípulos esperaban que Él derrocara a los romanos, restaurara la soberanía y la gloria de Israel y les concediera posiciones importantes en el reino restaurado (Mt. 19:27; 20:20-21).

           El Señor había suplido todas las necesidades físicas, emocionales y espirituales de sus discípulos, así que  no podían imaginar la vida sin su Maestro. A pesar de las promesas del Señor, incluida la garantía de su resurrección, ellos estaban demasiados perturbados (porque su fe era débil cp Mt. 6:30; 8:26; 14:31; 16:8; 17:20) y reaccionaron a la muerte inminente del Señor con miedo y terror.

Pero más allá de eso, su ansiedad se derivaba de su visión corta y egoísta. Veían la muerte del Señor en términos de que perderían ellos, no de que ganaría Él. Evidentemente en cierto sentido amaban al Señor pero no apreciaban de una manera plena quién era en realidad, y por ello el amor de ellos no era tan grande como debiera haber sido, como dijimos era más bien un amor egoísta y fue precisamente eso lo que provocó la reprensión del Señor. (v. 28a)

A pesar de que el Señor les había anticipado en varias ocasiones que iba a dejarlos (Jn. 7:33; 8:21; 13:33, 36; 14:2-4, 12), la debilidad de su amor no les permitió regocijarse y ver que la misión del Señor estaba a punto de ser cumplida. Que su regreso al Padre sería para la glorificación de Él, pero también para la bendición de los discípulos (presentes y futuros). No podían ver con claridad el significado de la Cruz, como dijimos antes, ni desde la perspectiva divina ni de la humana.

 

I. EL SIGNIFICADO DE LA MUERTE DE JESÚS DESDE LA PERSPECTIVA DIVINA.

 

1.      Su Ministerio sería reafirmado.

 

El Señor Jesús, el Hijo de Dios, dejó la gloria indescriptible que tenía en el cielo, donde experimentaba una comunión perfecta con el Padre (Jn. 1:1; 3:35; 10:17; Mt. 3:17, 17:5),  y se hizo hombre (Ro. 8:3-4; Fil. 2:5-8; 1º Jn. 4:2-3).  Aunque fue sin pecado (He. 4:15), experimentaba todas las debilidades humanas como la fatiga, la sed, el hambre, la angustia, etc.

Así que después de su humillación en la encarnación, el Señor Jesús anhelaba ardientemente volver a la presencia celestial con el Padre, donde regresaría a la gloria total. El Señor expresó ese anhelo cuando oró: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti… Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera… Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo aquellos que me has dado, para que vean mi gloria, la cual me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo”. (Jn. 17:1, 5, 24).

Aunque la cruz sería espantosa, Jesús sabía que el Padre lo resucitaría de los muertos y lo sentaría a su diestra en los lugares celestiales. Cuando Cristo fuera exaltado a la diestra del Padre (Salmo 110:1; Ef. 1:20; Col. 3:1), su ministerio sería reafirmado o confirmado eternamente por Dios. Su exaltación sería la culminación de la aprobación del Padre a su vida, obra y muerte en la tierra.

La afirmación del Señor “El Padre es mayor que yo” ha sido tergiversada intencionalmente por grupos heréticos para afirmar de manera incorrecta la inferioridad del Señor Jesús ante el Padre. Este error surgió a principio del siglo II con los gnósticos (que sostenían que Dios era una sola esencia y una sola Persona, y que de Él emana­ban seres divinos inferiores, mediante los cuales se ponía en contacto con el mundo, siendo Cristo uno de los mayores), y se profundizó a principio del siglo IV con Arrio el mayor exponente del monarquismo.

Era impensable que Jesús fuera a retractarse y negar la completa igualdad con el Padre después de haberla afirmado repetidamente junto a su deidad (Jn. 5:17-18; 8:58; 10:30; 14:9). De modo que, el Señor no hablaba aquí de su naturaleza esencial divina, sino de su papel sumiso durante la “encarnación” y su ministerio terrenal. El Padre no era mayor que Él como Dios. En ser y esencia el Padre y el Hijo son eternamente iguales (Jn. 10:30), pero en papel y función, el Hijo se sometió a la voluntad del Padre en la encarnación.

 

2.      Su Mensaje quedaría verificado.

 

Como dijimos anteriormente, los discípulos creían que Jesús era el Mesías y el Hijo de Dios y así lo habían afirmado (Jn. 1:41, 47-49; 6:66-69; Mt. 14:33), pero a pesar de sus testimonios aún luchaban con la duda y esto los llevó a que fueran reprendidos por el Señor varias veces.

Jesús tomó sumo cuidado de preparar a sus discípulos para los trágicos eventos que tendrían lugar al día siguiente. No quería que llegaran a ese momento desprevenidos, no quería que fueran presa del temor y el desaliento, o que tuvieran una ocasión para tropezar.

Los discípulos entendían por el Antiguo Testamento que solo Dios puede predecir el futuro, así que, al comprobar la realización de los eventos en exactamente la manera en que Jesús les había advertido, inclusive la entrega por Judas y la negación por Pedro, su mensaje sería verificado, y los discípulos reconocerían que él era quien pretendía ser, el Hijo de Dios.

De manera que cuando las predicciones de Jesús se cumplieron, la fe y la confianza  de los discípulos en Él se incrementaron grandemente, y los ayudó a convencerse de la deidad del Jesús tal como Él lo había declarado (Jn. 8:24, 28, 58; 18:5-6).

 

3.      Su Misión sería victoriosa.

Evidentemente, el diablo NO es el gobernador legítimo del mundo, es un usurpador solo con permiso divino. Es el príncipe del sistema maligno del mundo que está en franca rebelión contra Dios y lo está desde la creación (Gn. 3; Jn. 7:7; 10:10).

 

Jesús había estado en conflicto con satanás había durante toda su vida. Basta recordar que cuando apenas era un niñito, satanás incitó a Herodes para intentar matarlo junto a otros niños. Cuando Jesús iniciaba su ministerio y estaba en el desierto, fue abordado y tentado por satanás. Pero las tentaciones no se limitaron a aquel primer encuentro, persistieron durante todo el ministerio terrenal de Jesús (Lc. 4:13; He. 4:15) y terminaron en Getsemaní.

Ahora Jesús veía que satanás venía en las personas de Judas, los líderes judíos, y los soldados romanos que lo arrestarían en Getsemaní. En pocas horas en conflicto de toda una vida entre satanás y Jesús llegaría a su clímax triunfal. Satanás tendría un “éxito temporal” en matar a Jesús, pero al hacerlo acarrearía su propia destrucción.

El Señor sabía que el momento de la traición se acercaba y que no le quedaría mucho tiempo para hablar con sus discípulos, pero también sabía que satanás no podía señalarle ni una sola falta, no podría encontrar en Él ni una sola mancha de pecado. No había ni una sola acusación justificable sobre el Señor, por lo tanto, satanás “nada tenía contra ÉL”.

Lejos de ser la “victima derrotada” de satanás, Jesús, el Hijo de Dios se levantaría de la Cruz victorioso porque “ÉL apareció para deshacer las obras del diablo” (1ª Jn. 3:8), “para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo” (He. 2:14), de manera que la cruz marcó la victoria de Jesús y la derrota final de satanás aunque la sentencia final contra él se ejecutará al final de los tiempos (fin del mileno).

 

4.      Su Motivación sería validada.

     La muerte de Cristo en la Cruz, no solo marcó la victoria del Señor y la derrota final de satanás, sino que enfatizó que la prueba esencial del amor es la obediencia (Jn. 14:15, 21, 23). Jesús había enseñado a sus discípulos que la prueba final del amor verdadero es la obediencia del que manda. Ahora, en el v. 31, demuestra ese principio en su relación con el Padre al obedecerle hasta la muerte y en la muerte.

Como dice Lucas (9:51) “Se acercaba el tiempo en que Jesús había de ser recibido arriba, así que resolvió con firmeza dirigirse a Jerusalén”, es decir, hacia la cruz en la prueba de su amor al Padre y al mundo.

En la Cruz, el Señor Jesucristo, va a cumplir exactamente el encargo de su Padre, liberando al hombre del pecado, de la culpa del pecado y de la condenación por el pecado y comunicándole vida, la vida de Dios.

       Su fidelidad al Padre, no cediendo ni transigiendo en nada con el mundo, será la prueba de su amor y obediencia.

      La suma de todo lo que significaba la muerte de Jesús para Él era el gozo. “Por el gozo que le esperaba sufrió la cruz y menospreció el oprobio, y se sentó a la derecha del trono de Dios”. (He. 12:2)

 

II. EL SIGNIFICADO DE LA MUERTE DE JESÚS DESDE LA PERSPECTIVA HUMANA.

 

1.      La muerte de Cristo en sacrificio era el objetivo final de su misión en la encarnación.

     La razón por la cual Él vino a este mundo fue para “dar su vida en rescate por muchos” (Mr. 10:45), de modo que mediante su muerte, nosotros los pecadores, pudiéramos restablecer la comunión con Dios.

La muerte en la cruz no fue un trastorno del plan divino, tampoco fue un accidente ni un plan alternativo, fue exactamente lo que Dios había diseñado ante del inicio de los tiempos como dice la Escritura (2ª Tim. 1:9; Hch. 2:23, 4:28). Él caminó hacia la cruz y se entregó en sacrificio por cada pecador que vive separado y lejos de Dios.

 

2.      La muerte de Cristo libera de la esclavitud del pecado a todos los que lo reciben y creen en su Nombre.

 

La Biblia declara que en Cristo tenemos redención (rescate, perdón) por su sangre (muerte en la cruz), el perdón de pecados según las riquezas de su Gracia (Ef. 1:7). No fue la sangre de los machos cabríos ni de los becerros, sino que fue su propia sangre la que se derramó en la cruz por los pecados del pueblo.

 

Era esencial que Cristo muriera para obtener el perdón de los pecados, pues Dios determinó que “sin derramamiento de sangre no hay perdón” (He. 9:22). El Señor pudo rescatar y perdonar a los pecadores porque su muerte apaciguó la ira de Dios contra el pecado.

Cuan agradecidos debemos estar al Señor, quien ocupó nuestro lugar en la cruz liberándonos del pecado, de la culpa del pecado y de la condenación del pecado.

 

3.      La muerte de Cristo reconcilia a todos los pecadores arrepentidos con Dios.

 

El apóstol Pablo les escribe a los romanos: “Porque, si cuando éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo, mucho más ahora, que estamos reconciliados, seremos salvados por su vida” (Ro. 5:10).

La manera que Dios estableció para que el hombre pudiera reconciliarse con Él, era solo a través del sacrificio de su Hijo. No hay otra manera. No hay sacrificio ni esfuerzo humano que nos reconcilie con Dios.

Hay algo que debemos tener claro, Dios fue quien tomó la iniciativa para reconciliar al hombre con Él. Dios no ha reconciliado al hombre como si Él fuera el culpable por la enemistad, no señor, el hombre se reconcilia con Dios porque es el hombre el que se alejó de Dios.

Gracias damos a Dios porque esto solo es posible a través de la iniciativa de Dios y al sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en la cruz.

 

4.      Por la muerte de Cristo los creyentes reciben justificación.

La Biblia nos habla de que ¡No hay ni uno solo que sea justo! No hay quien entienda; no hay quien busque a Dios.  Todos se desviaron, a una se han corrompido. No hay quien haga lo bueno, ¡no hay ni siquiera uno!”. Ahora la Biblia también nos declara que el pecador arrepentido recibe justificación, es decir, es declarado justo por medio de la muerte de Cristo (Ro. 3:24, 5:1, 5:9).

Dios nos declara justos a los pecadores arrepentidos porque la muerte de Cristo pagó la pena por nuestros pecados y nos hace beneficiarios de su justicia. (Ro. 5:19; 1ª Co. 1:30, Fil. 3:9).

¡Qué bendición!  ¡Cuánto amor, cuanta Gracia! ¿Somos realmente conscientes de que Dios mismo cargó con nuestros pecados y pagó por ellos?

 

5.      La muerte de Cristo, una sola vez y para siempre, es el centro de la vida de su Iglesia verdadera.

 

La iglesia es el cuerpo de Cristo compuesta por todos aquellos que hemos creído de corazón que Jesucristo es el Hijo de Dios y tenemos una relación personal con ÉL. Cristo es la cabeza de la iglesia

La iglesia no existiría sin el sacrificio de Jesús en la cruz, por lo tanto la vida y obra de la iglesia gira en torno a ese sacrificio.

La Palabra de Dios nos enseña que cuando la iglesia bautiza, destaca la unión de los creyentes con Él en su muerte (Ro. 6:3). Cuando celebramos la comunión en la Santa Cena, proclamamos la muerte del Señor hasta que Él venga (1ª Co. 11:26). Aun cuando anunciamos el Evangelio, predicamos a Cristo crucificado.

De modo que la verdadera iglesia está fundada por Cristo y en Cristo (1ª Co. 3:11) ya que: En ningún otro hay salvación, porque no se ha dado a la humanidad ningún otro nombre bajo el cielo mediante el cual podamos alcanzar la salvación”. (Hch. 4:12)

Hoy como ayer, por el amor, la misericordia y la GRACIA de nuestro Dios, todo aquel que sinceramente cree y recibe a Jesús como Señor y Salvador pasa a formar parte de ese pueblo nuevo, su amada Iglesia. (Sin ninguna distinción ni  acepción de personas). ¡Gloria a Dios!

 

CONCLUSIÓN:

Como dijimos al comienzo, a los discípulos se les hizo difícil comprender el significado de la muerte de Jesús, tanto desde la perspectiva divina como de la perspectiva humana. Sin embargo hoy nosotros podemos ver con claridad la tremenda importancia que la muerte de Jesús tuvo para Él mismo como para la humanidad toda.

El teólogo australiano León Morris resumió en una lista, lo que significa la muerte de Cristo para los creyentes:

 

1. Recibimos redención (Ef. 1:7; 1 P. 1:19).

2. Nos podemos acercar a Dios (Ef. 2:13).

3. Nos reconciliamos con Dios (Col. 1:20-21; Ro. 5:10).

4. Derribó las paredes de separación (Ef. 2:16).

5. Estamos limpios (He. 9:14; 1 Jn. 1:7).

6. Recibimos justificación (Ro. 5:1, 5:9).

7. Recibimos santificación (He. 10:10; 13:12).

8. Somos perfeccionados para siempre (He. 10:14).

9. Dios nos ha comprado (Ap. 5:9).

10. El acta que había contra nosotros se quedó clavada en la cruz (Col. 2:14).

11. Tenemos libertad para entrar al lugar santísimo (He. 10:19).

12. Estamos liberados de nuestros pecados (Ap. 1:5).

13. Por su cruz tenemos asegurada la paz con Dios (Col. 1:20).

14. Su sangre establece un nuevo pacto (1 Co. 11:25).

15. Fuimos redimidos de toda iniquidad (Tit. 2:14)

 

¡El Señor Jesús tenía que volver al Padre para completar la misión por la humanidad! Demos gracias a Dios por habernos enviado un Salvador tan perfecto, un Salvador cuya justicia es sin tacha, cuya vida fue sin mancha. En cuanto a  nosotros, nuestro ser y nuestras acciones son imperfectas, y si todas nuestras esperanzas estuvieran en nuestra propia rectitud, tendríamos razón en desesperarnos. Más nuestro Sustituto es perfecto y sin pecado. Por lo tanto podemos decir como el victorioso apóstol: "¡Quién Acusará a los  escogidos de Dios!" Jesucristo ha muerto por nosotros, y sufrido en nuestro lugar.

El Señor una vez más, hoy extiende su mano amiga para que en fe humilde y arrepentida  puedas recibir el perdón para tus pecados, y llegar a disfrutar de sus bendiciones eternas confesándolo como Señor y Salvador. 

¡Gloria a Nuestro Dios!

Ricardo A. Martínez

BIBLIOGRAFÍA: 

COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO – EVANGELIO DE JUAN – Editorial Portavoz.

COMENTARIO BÍBLICO MUNDO HISPANO A. y N. Testamento – Evangelio de Juan - Editorial Mundo Hispano

COMENTARIO BÍBLICO. William Mac Donald - Editorial Clie.


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