TRES VIRTUDES FUNDAMENTALES DE LOS CRISTIANOS PARA ENFRENTAR LAS PRUEBAS - Juan 16: 25 al 33

Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 26/nov/2017
Categorias: Series de Estudios,Guía para alcanzar la Vida Eterna

 

            Dijimos que el Apóstol Juan quiere que consideremos ampliamente la última semana de Jesucristo en su ministerio sobre la Tierra, que se conoce como SEMANA SANTA… En el Evangelio de Juan abarca la mitad del texto. (1)
            Reiteramos que se ha denominado también a esta sección como el sermón del Aposento, ya que este discurso el Señor Jesucristo lo da luego de haber finalizado en ese lugar junto con sus discípulos la Cena de la Pascua judía según la Ley Mosaica y haber instaurado el Sacramento de la Santa Cena, habiendo identificado aquel que estaba con ellos pero no era de ellos (Judas Iscariote) (1a. Jn 2:19).
            La Palabra de Dios es verdadera y está libre de errores, es absolutamente correcta en todos sus mandamientos y precisa en sus descripciones (Sal. 119:42; Jn. 17:17), porque Dios es veraz (Jn. 3:33; Éx. 34:6; 2 S. 7:28) y no puede mentir. No solo es verdadera cuando habla de asuntos morales o espirituales, también cuando lo hace en temas de ciencia e historia. El Dios Creador de este universo (Gn. 1:1; Hch. 17:24-25) y quien orquestó la historia humana para sus propósitos (Is. 46:10; Hch. 17:26) es el mismo Dios que se ha revelado en las Escrituras. Por lo tanto, hay un campo de conocimiento unificado entre la revelación general del Dios Creador, encontrada en el mundo natural (cp. Sal. 19:1-6), y la revelación de su plan de salvación y juicio, encontrada en la Biblia (cp. Sal. 19:7- 10). La Palabra revela la perfección de Dios y lleva su autoridad (es decir, la verdad revelada en ella es absoluta) porque Dios es su autor...
            Pero el posmodernismo rechaza dicho concepto. Uno de los legados del racionalismo, resultado de los filósofos de la Ilustración, ha sido la división artificial del reino de la verdad en dos esferas completamente separadas. Por un lado, el mundo de los hechos, del conocimiento público, objetivo, que abarca todo lo verificable racionalmente. (la ciencia, la historia y la razón humana autónoma)... Por otro lado, el reino de los valores; considerado por el posmodernismo como el de los asuntos privados, subjetivos, de preferencia personal, no necesariamente racional ni verificable (la religión, la moralidad, y las artes) relegadas al reino de los valores privados; no se ven como más que preferencias condicionadas por la cultura, sin derecho a considerarse objetivas o universalmente vinculante...
            La perspectiva dividida de la verdad ha creado una esquizofrenia intelectual profunda en el hombre moderno. El naturalismo científico le dice no ser más sofisticado que una máquina bioquímica cuya mente no es sino “una computadora de 1,5 kg hecha de carne”, según afirmó un científico. Pero esa noción no tiene resonancia en la mente humana, pues los hombres están hechos a la imagen de Dios y no pueden vivir de modo consecuente con esa perspectiva mecanicista y materialista de sí mismos...
No pueden dejar de comportarse como si las personas tuvieran valor, dignidad, libertad para tomar decisiones; aunque esas creencias contradigan su cosmovisión naturalista. Nancy Pearcey lo explica así:
“El dilema posmoderno se puede resumir diciendo que la ética depende de la realidad de algo que la ciencia materialista ha declarado irrealEsta es la tragedia de la era posmoderna: Las cosas que más importan en la vida—la libertad, la dignidad, el significado y la importancia—se han reducido a simples ficciones útiles. Pensamiento deseable. Misticismo irreal (Total Truth , pp. 107, 110. Cursivas en el original)...
            La consecuencia de todo esto es un mundo inhóspito de desesperanza y desespero. Las personas anhelan la importancia, el significado y el propósito en sus vidas que su cosmovisión no les puede ofrecer. Como resultado, se apoyan en “saltos de fe” irracionales, en búsqueda desesperada de alguna experiencia, sentimiento, intuición o idea en qué creer y por la cual vivir, para obtener esperanza y significado...
            Pero todo lo que logran es cavar para sí “cisternas rotas que no retienen agua” (Jer. 2:13). Los placeres del mundo que buscan infatigablemente no los pueden satisfacer (cp. Ec. 2:1-26). La esperanza real, la experiencia de amor auténtico y el sentido verdadero de propósito en la vida viene solo de creer en “el glorioso evangelio del Dios bendito” (1 Ti. 1:11)...
            Entonces la fe, la esperanza y el amor son centrales a la fe cristiana... Dicha tríada de virtudes cristianas (1a. Co. 13:13; 1a. Ts. 1:3; 5:8) subyace en las palabras finales del Señor Jesucristo en su último momento de enseñanza a los discípulos. Al continuar dando consuelo a los discípulos, les recordó el amor del Padre por ellos, reforzó su fe decaída y les dio esperanza de la victoria final sobre las pruebas y tribulaciones que enfrentarían...
 
1.- AMOR (16:25-27a):
            Era usual que los discípulos no entendieran lo que Cristo Jesús les decía. Varias ilustraciones lo dejan claro. En una ocasión, después de que Él le dijo “No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre” (Mt. 15:11), Pedro, hablando por el resto le dijo: “Explícanos esta parábola” (v. 15). Eso propició una reprensión del Señor: “¿También vosotros sois aún sin entendimiento?”...
            Como ya se dijo, ni siquiera los discípulos entendieron muchas de las enseñanzas de Jesucristo antes de que Él las explicara (cp. Mt. 13:36-43). Solo después de la muerte de Cristo y la venida del Espíritu, esas cosas difíciles de entender para los discípulos se hicieron claras...
            Entonces Cristo Jesús les prometió que venía la hora cuando no les hablaría por alegorías. Antes de la cruz, los discípulos no podían entender la importancia profunda de la obra redentora del Hijo. Tampoco entendían la profundidad del amor del Padre, expresado en el envío de su Hijo a morir en sacrificio por el pecado. Mas en aquella hora futura (la venida del Espíritu en Pentecostés), se levantaría el velo y Jesús les anunciaría claramente acerca del Padre. Los discípulos entenderían mejor la relación completa de Jesús con el Padre (cp. Mt. 11:27; Jn. 1:1-2, 18; 3:35; 5:17-20, 36-37, 43; 6:27, 46, 57; 8:16-19, 28, 38, 42, 54; etc.) y el amor del Padre por ellos (cp. Jn. 14:21, 23; 16:27; etc.)...
            Jesús prometió: “En aquel día pediréis en mi nombre; y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado”...
            No quiere decir que los creyentes le pidan a Jesucristo que ruegue al Padre por ellos, como si el Padre fuese indiferente a sus solicitudes... Pero el privilegio completo de los creyentes es pedir directamente al Padre aquello consecuente con la voluntad del Hijo. Ellos tienen ese privilegio porque el Padre mismo los ama, porque han amado a Cristo; amor demostrado por su obediencia a Él (Jn. 3:36; 14:21, 23; He. 5:9; Stg. 2:14-26; 1 P. 1:1-2)...
            El escritor de Hebreos exhortó así a sus lectores: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (He. 4:14-16)...
            La rasgadura del velo frente al lugar santísimo (Mt. 27:51) simbolizaba que el camino a la presencia de Dios se había abierto por la muerte de Cristo...
            La doctrina bíblica del sacerdocio de todos los creyentes (1a. P. 2:9; Ap. 1:6) elimina la necesidad de intermediarios...
            Sin embargo, el acceso sacerdotal directo de los cristianos ante el Padre no obvia la necesidad de la intercesión de Cristo a favor de ellos como su gran sumo sacerdote (Is. 53:12; Ro. 8:34)...
            Como ya se indicó, el motivo por el cual el Padre permite el acceso de los creyentes a Él es que los ama. Ama traduce una forma del verbo “phileō”, que es el amor del afecto profundo y bondadoso. Es el amor de la emoción, consecuente con “agapaō”, el amor de la voluntad. “Phileō” describe el amor de los padres por los hijos y de los hijos por los padres (Mt. 10:37) y el amor entre amigos (Jn. 11:3, 36). Dios ama (agapaō) a los pecadores (Jn. 3:16), pero expresa afecto especial, paternal (phileō) por sus hijos; tanto que envió a su Hijo a morir en sacrificio por sus pecados (Ro. 5:8; 1a. Jn. 4:9-10)...
 
2.- FE (16:27b-32):
            A pesar del escepticismo o pesimismo que las personas puedan tener sobre la verdad final, todas las personas ejercitan una gran medida de fe humana en los asuntos mundanos de la vida diaria. Las personas confían en que la comida, el agua y los medicamentos que consumen serán seguros...
            La declaración ambigua de Oliver Wendell Holmes es el credo endeble de muchas personas, si no la mayoría, en esta cultura: “Es la fe en algo y el entusiasmo por algo que hace la vida digna de vivirse”...
            Pero en contraste con tal fatuidad sin rumbo y sin contentamiento, la fe de los creyentes está firmemente arraigada en el amor de Dios, manifestado en Jesucristo y registrado en las Escrituras. Las palabras del Señor expresan las doctrinas centrales de la fe cristiana: “Salí del Padre, y he venido al mundo”. Haber salido del Padre (cp. Mt. 10:40; Mr. 9:37; Jn. 4:34; 5:24, 30; 6:38, etc.) afirma la deidad de Cristo (Jn. 1:1, 14) y sin aferrarse a esa doctrina, nadie se puede salvar...
            Rechazar la verdad bíblica de que Jesucristo es Dios en carne humana es creer otro evangelio falso y maldito (Gá. 1:6-9). Es estar engañados por Satanás y “de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo” (2a. Co. 11:3) y creer “a otro Jesús” de quien los apóstoles no predican (v. 4). Juan escribió en su primera epístola:
“¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es elCristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre… y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios” (1a. Jn. 2:22-23; 4:3)...
            El resto del Nuevo Testamento reitera que Cristo Jesús vino a redimir a los pecadores perdidos (1a. Jn. 4:9, 14). Pablo afirmó:
“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1a. Ti. 1:15)...
            La siguiente declaración del Señor completa el resumen conciso notable del Evangelio en el v. 28: “Otra vez dejo el mundo, y voy al Padre”. Jesucristo, Dios Hijo, fue enviado al mundo por el Padre para alcanzar la obra de redención y, habiéndolo logrado, regresó a su lugar de gloria completa con el Padre. Cristo Jesús anhelaba regresar al Padre y solía hablar de ello (p. ej., Jn. 7:33; 14:12; cp. 13:3)...
            La respuesta de los discípulos sugiere que por fin habían comenzado a entender: “He aquí ahora hablas claramente, y ninguna alegoría dices”. El plan de redención estaba quedando claro; el tiempo en que el Señor les hablaría claramente se acercaba. Ya les había hablado Jesucristo de su origen, su misión, su regreso al Padre, el amor del Padre por ellos y el acceso de ellos a Él...
            La aseveración confiada de ellos es mucho más que una afirmación de su aprecio por la enseñanza del Señor. No es menos que una afirmación completa de la omnisciencia de Cristo, luego de su deidad. Representa el ápice del reconocimiento de los discípulos a Jesús como miembro de la Divinidad...
            Juan Calvino escribe: “Ciertamente, los discípulos aún no entendían del todo lo que Cristo decía; pero aunque aún no eran capaces de ello, la sola fragancia los renovaba”...
 
            Conociendo sus corazones, Cristo Jesús les respondió: “¿Ahora creéis?”... La pregunta dolorosa del Señor subrayaba que, aunque la fe de los discípulos era auténtica (cp. 17:8), aún era inmadura. La realidad triste es que en unas pocas horas lo abandonarían y serían esparcidos cada uno por su lado, y dejarían a Cristo Jesús solo (Mt. 26:56; cp. v. 31; Zac. 13:7). Pero después de la venida del Espíritu, los discípulos proclamarían la verdad sobre Jesucristo (p. ej., Hch. 2:22-36; 3:12-26) a pesar de la oposición encarnizada (p. ej., Hch. 4:1-21; 5:17-40).(2)
            El Padre ama a los discípulos porque han recibido a Cristo y le han amado y creído en Su deidad. Ésta es la razón por la que el Señor no tiene que rogar al Padre. Con la venida del Espíritu Santo iban a gozar de un nuevo sentido de intimidad con el Padre. Podrían acercarse a Él con confianza, y todo porque han amado a Su Hijo.
            El Señor repite Su afirmación de igualdad con Dios Padre. No dice «Vine de parte de Dios», como si fuese sólo un Profeta enviado por Dios, sino «Salí del Padre». Esto significa que Él es el eterno Hijo del Padre, igual con Dios Padre. Vino al mundo como Uno que había vivido en otra parte antes de Su Venida. En Su Ascensión, dejó el mundo y volvió al Padre.(3)
            El desamparo que Jesús sufrió por parte del Padre en la Cruz, ha sido la fuente de innumerables consuelos para los cristianos de todos los tiempos; cuando nos sentimos solos, podemos estar seguros de que no estamos realmente solos, pues Dios está siempre por nosotros (Ro. 8:31), con nosotros (Mt. 1:23) y en nosotros (Jn. 14:17). Y si escogemos deliberadamente la soledad, como Natanael bajo la higuera o como Pedro en la azotea, meditando y orando, nuestro Padre está con nosotros. Los que conversan con Dios en la soledad, nunca están menos solos que cuando están solos. Un buen Dios y un corazón sincero hacen siempre y en todas partes muy buena compañía. Y cuando la soledad nos cause aflicción, recordemos que no estamos tan solos como pensamos: el Padre está con nosotros. Y mientras esté con nosotros su presencia favorable, podemos ser dichosos, aun cuando el mundo entero nos abandone. (4)
 
3.- ESPERANZA (16:33):
            Entender el amor de Dios y depositar la fe en Él—las cosas que Cristo había hablado a los discípulos—trae paz a pesar de la hostilidad del mundo y la aflicción constante que infringe...
            Aun así, en medio de todo esto, los creyentes disfrutarán de la paz divina. Esta es una razón más que suficiente para confiar y tener esperanza. La esperanza del creyente está en el Señor (Sal. 31:24; 38:15; Lm. 3:24; 1a. Ti. 1:1), en su Palabra (Sal. 119:49; 130:5; Ro. 15:4), en la salvación que proporciona (Sal. 119:166; Ef. 1:18; 4:4; Tit. 1:2) y en la gloria eterna que les espera en el cielo (Col. 1:5, 27; 1 Ts. 5:8)...
            Tal esperanza es posible porque Jesucristo ha vencido al mundo y conquistado el pecado (Jn. 1:29; He. 1:3; 9:26, 28; 1a. P. 2:24; 1a. Jn. 3:5; Ap. 1:5), la muerte (Jn. 14:19; 1a. Co. 15:26; 54-55; 2a. Ti. 1:10) y a Satanás (Gn. 3:15; Col. 2:15; He. 2:14; 1a. Jn. 3:8). En él, los cristianos también son vencedores (Ro. 8:37; 1 Jn. 4:4; 5:4-5; Ap. 2:7, etc.) para los cuales el Señor hace que todas las cosas obren a bien (Ro. 8:28) (SLIDE)...
            Después de la resurrección y de la venida del Espíritu en el día de Pentecostés, los discípulos quedarían radicalmente transformados de hombres temerosos en hombres valerosos. Aunque abandonaron a Cristo Jesús en la noche de su arresto, en menos de dos meses se pararían con audacia frente a los líderes judíos. En Hechos 2, los doce (con Matías reemplazando a Judas Iscariote) “fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (v. 4)...
            La paz y la esperanza que los caracterizaba es la misma que caracteriza a los verdaderos creyentes de todas las épocas. Al tener la seguridad de lo que creían y esperaban, y convencidos de lo que no se veía (He. 11:1 y 37-38). Los creyentes de hoy pueden encontrar la misma confianza y convicción cuando la “fe y esperanza sean en Dios” (1a. P. 1:21). No necesitan temer a la persecución ni a la muerte porque conocen al “Dios de esperanza” (Ro. 15:13) y a Jesucristo, “la esperanza de gloria” (Col. 1:27; cp. 1 Ti. 1:1). Habiendo confiado en la muerte y resurrección de Cristo, estaban seguros eternamente en su amor (Ro. 8:38-39)...
 
 
CONCLUSIÓN:
            Frente a la mayor prueba que afrontarían en pocos días, el Señor les recordó esas tres verdades fundamentales; verdades que marcarían sus ministerios en lo sucesivo, por el resto de sus vidas, y marcarían también a los santos posteriores.(2)
            Solamente en una íntima unión con nuestro Padre Dios, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo es que podemos tener estas cualidades fundamentales para enfrentar cualquier situación en la vida.
            El himno “Gracia, perdón y paz” nos recuerda que solo Jesucristo nos las puede dar.
 
 
 
BIBLIOGRAFÍA:
1.- DEVOCIONAL “TODA LA BIBLIA EN UN AÑO”. John Stott. Edit. Certeza.
2.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur. Edit. PORTAVOZ.
3. - COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE.
4.- COMENTARIO AL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio según San Juan). William Hendriksen. Edit. LIBROS DESAFÍOS. 

  Comentarios

Sin comentarios.

Sólo usuarios registrados en el sitio pueden ingresar comentarios. Si Usted aún no se encuentra registrado puede hacerlo ahora haciendo click aquí.