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CRISTO JESÚS ORA POR TODOS LOS CREYENTES PARA QUE UN DÍA ESTÉN REUNIDOS EN LA GLORIA - Juan 17:24 al 26

Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 07/ene/2018
Categorias: Series de Estudios,Guía para alcanzar la Vida Eterna

 

 
            Como hemos indicados anteriormente, para el Apóstol Juan la última semana del ministerio de Jesucristo sobre la Tierra es la más importante ya que quiere que consideremos ampliamente. Se conoce como SEMANA SANTA y abarca la mitad del presente Evangelio (mayor proporción que en los otros evangelios sinópticos (1).
            Finalizamos con este presente estudio la oración Intercesora y de Rendición de cuentas a Dios Padre por parte del Señor Jesucristo delante de su Padre Celestial, la cual es la oración de mayor envergadura descrita en la Palabra de Dios de nuestro Salvador.
            Thomas Watson, puritano inglés del siglo  XVII, escribió: “Un hombre piadoso no puede vivir sin la oración. Un hombre no puede vivir a menos que respire; ni el alma puede vivir a menos que respire sus deseos ante Dios”. (2)
            Los cristianos pobres de oriente suelen tener una respuesta muy distinta a la de muchos cristianos en Occidente, los cuales tienen cosas tan buenas que no saben qué es anhelar el Cielo. Así, viven como si ir al cielo fuera una intrusión en sus calendarios ocupados; una interrupción en su carrera o en los planes de vacaciones...
            No quieren ver el Cielo hasta tanto no hayan disfrutado todos los placeres del mundo. Cuando los hayan visto y vivido todo, o cuando la edad dificulte su capacidad para disfrutarlos, entonces estarán listos para el Cielo...
            Cuando la Iglesia pierde su objetivo en el Cielo, se vuelve espiritualmente complaciente, egocéntrica, materialista, mundana, débil y letárgica. Los placeres y comodidades del mundo presente consumen gran parte de su tiempo y energía...
            Los creyentes olvidan que este mundo no es su hogar verdadero, que aquí son “extranjeros y peregrinos” (1a. P. 2:11; cp. He. 11:13), que su “ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20) y que “no [tienen] aquí ciudad permanente, sino que [buscan] la por venir” (He. 13:14). El peligro creciente de la Iglesia no es que tenga una mentalidad tan celestial que deja de ser terrenal, sino que tenga una mentalidad tan terrenal que deja de ser celestial...
            Una iglesia centrada en lo mundano es resultado de la desobediencia. El Señor Jesucristo ordenó a sus seguidores: “Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:20-21)...
            El Apóstol Pablo escribió: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3:1). El apóstol Juan advirtió así a los creyentes:
“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.” (1 Jn. 2:15-17)...
            En Lc. 10:20 Cristo Jesús dijo a los discípulos: “No os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (cp. Fil. 4:3; Ap. 3:5; 13:8; 17:8; 20:12, 15; 21:27). Como ya se anotó, su ciudadanía está allí (Fil 3:20). Su herencia está allí. Pedro la describió como “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para [los creyentes]” (1a. P. 1:4). Su santidad está allí (Ap. 21:27; 22:3, 14-15). Su recompensa eterna está allí...
            Y lo más importante de todo, su Salvador está allá, “a la diestra de Dios” (Hch. 7:55-56; cp. Ro. 8:34; Col. 3:1; He. 1:3; 8:1; 10:12; 12:2; 1a. P. 3:22). Se ha ido para prepararnos lugar allá (Jn. 14:1-3), de modo que puedan estar con Él por siempre, en comunión con Él y adorándole. Jesucristo es la gloria del Cielo...
            Las peticiones de Cristo Jesús en esta oración, la más grande de todas, se pueden resumir en siete palabras . 

El Señor oró por la preservación de los creyentes (“Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre”, v.11), por su gozo (“Que tengan mi gozo cumplido en sí mismos”, v.13), liberación (“Que los guardes del mal”, v.15), santificación (“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad”, v.17), unificación (“Que todos sean uno”, v.21), asociación (“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo”, v.24) y glorificación (“Que vean mi gloria”, v. 24)...

            La realidad de que los creyentes se reunirán con Cristo Jesús en el Cielo es el tema de la última parte de la oración sacerdotal del Señor. Los versículos 24-26 describen la comunión de la gloria futura, el objetivo de dicha gloria y una degustación de ella.
 
1.- LA COMUNIÓN DE LA GLORIA FUTURA (17:24a):
            La apasionada petición final en la oración de Jesucristo es que aquellos que el Padre le ha dado puedan estar con él en su gloria eterna celestial. La glorificación de los creyentes en el cielo es la meta final del plan de salvación: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29-30)...
            La petición de Cristo Jesús estaba en armonía perfecta con el propósito de Dios al escoger a los creyentes antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4), escribir sus nombres en el libro de la vida y dárselos al Hijo como regalo de su amor (Jn. 6:37, 39). La verdadera oración siempre es consecuente con la voluntad de Dios. Jesús enseñó a sus seguidores a orar a Dios así: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt. 6:10)...
            Pero la petición del Señor era más que una simple súplica para que se hiciera la voluntad del Padre; también expresaba lo que Él quería (thelō; “desear”, “anhelar”, “querer”). No es difícil entender que los creyentes quieran estar con Él, pero llama la atención notar que Él quiera estar con ellos.(2)
            Las peticiones hechas por Jesucristo para Su Pueblo, como observa Rainsford, “…se refieren a cosas espirituales, a bendiciones celestiales. No son para riquezas, u honra o influencia en el mundo, sino para la liberación del mal, separación del mundo, capacitación para el deber y una llegada a salvo al Cielo.”(4)
            La petición específica de Jesucristo por quienes el Padre le ha dado, “que donde yo estoy, también ellos estén conmigo”, expresa además su deseo de comunión eterna con ellos. Él quiere que todos los escogidos desde la eternidad estén con Él donde está ahora: en el Cielo...
            Obviamente, el uso del tiempo presente por parte del Señor, “donde yo estoy”, no se refiere a su ubicación en Jerusalén, rumbo a Getsemaní. Esa petición no tendría sentido porque los discípulos estaban allí con Él. Más aún, en esta sección de la oración, el enfoque de Cristo Jesús estaba más allá de los once discípulos, estaba en todos los que en el futuro creerían en Él por el ministerio de ellos...
 
 
2.- EL OBJETIVO EN LA GLORIA FUTURA (17:24b):
            Jesucristo también pidió que sus seguidores pudieran ver la gloria que el Padre le había dado. Cierto es que en la encarnación de Cristo “vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (Jn. 1:14). Pero esa gloria estaba velada en su carne (Fil. 2:5-8). Solamente en el cielo se manifestará por completo a su pueblo, cuando “le [vean] tal como él es” (1a. Jn. 3:2; cp. 1 Co. 13:12; Fil. 2:9-11)...
            La canción de los redimidos por toda la eternidad, mientras observan la gloria del Señor Jesucristo, será: “El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza… Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Ap. 5:12-13)...
            Pero Cristo Jesús habla aquí sobre la manifestación visible de la plenitud de su gloria que los creyentes verán un día en el Cielo. La gloria de Jesucristo estaba parcialmente velada en la encarnación (cp. Fil. 2:7). Pero cuando Cristo Jesús regresó al Cielo, el Padre le restauró esa plenitud de la Gloria, como lo había pedido en el v. 5: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”...
            Los creyentes entrarán en la plenitud de la presencia gloriosa de Jesucristo cuando mueren (o en el arrebatamiento, si están vivos en ese momento). Ver a Dios después de la muerte siempre ha sido la esperanza de los santos...
            En el Sal. 11:7 David expresó su confianza en que “el hombre recto mirará su rostro”, mientras que en el Sal. 17:15 escribió: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza”. Jesucristo declaró bienaventurados a los de corazón puro “porque ellos verán a Dios” (Mt. 5:8). Juan escribió que un día los creyentes lo verían “tal como él es” (1a. Jn. 3:2) y en Ap. 22:3-4 revela que en Cielo “no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará [allí], y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes” (Ap. 5:11-14).(2)
            El Hijo desea tener a Su Pueblo consigo en la Gloria. Cada vez que un creyente muere, es, en cierto sentido, una respuesta a esta oración. Si nos diésemos cuenta de esto, nos sería una consolación en medio de nuestro dolor. Morir es partir y estar con Cristo, y ver Su gloria.(4)
 
3.- EL ANTICIPO DE LA GLORIA FUTURA (17:25-26):
            Cristo Jesús reiteró lo que había planteado en el v. 9. Sus peticiones no eran por el mundo que no había conocido al Padre, por lo tanto, no tenía derecho a recibir su cuidado especial o la intercesión del Hijo...
            Sin la fe en Jesucristo, los pecadores solo enfrentan juicio eterno. En Jn. 3:18 Cristo Jesús advirtió: “El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”, mientras en 3:36 Juan el Bautista añadió: “El que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”...
            La misión del Señor era llevar a los pecadores perdidos a una relación personal con Dios (Lc. 19:10), la cual solo viene por conocerle (Jn. 17:3; cp. 14:6). Inicialmente, Jesucristo hace conocido al Padre en el momento de la salvación, continúa haciéndolo conocido mediante el proceso de santificación y finalmente, cuando glorifica a los creyentes, los lleva a la presencia celestial del Padre...
            Su objetivo es que incluso ahora puedan experimentar el amor con que el Padre ha amado a Cristo Jesús y que al conocer “el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, [sean] llenos de toda la plenitud de Dios” (Ef. 3:19). El amor de Dios se derrama en los creyentes en la salvación (Ro. 5:5), continúa en ellos porque son morada de Jesucristo (cp. Jn. 14:23) y se cumple perfectamente para ellos en el Cielo. (2)
            Cuando el amor que Dios nos tiene viene a posarse en nuestro interior, es como la fuerza que el imán confiere a la aguja de la brújula inclinándola a que se mueva hacia el norte, pues atrae las almas hacia Dios. Por tanto, bueno es que no sólo estén interesados en amar a Dios, sino también en disfrutar del provecho que ese interés les proporciona; que no sólo conozcan a Dios, sino que sepan también que le conocen...
 
            El amor de Dios cuando es derramado en el corazón, llena de gozo ese corazón, incluso en medio de las tribulaciones (v. Ro. 5:3, 5). No sólo podemos estar satisfechos con el amor de Dios, sino que podemos estar satisfechos en virtud de ese amor. A esto debemos aspirar; esto hemos de perseguir; si ya lo tenemos, demos gracias a Jesucristo, si lo deseamos, ya es una satisfacción, porque el deseo de la perfección ya es una perfección inicial (v. Fil. 3:12–15).(3)
 
CONCLUSIÓN:
            En qué se basa nuestra esperanza de ir al Cielo y en qué consiste la felicidad celestial. Tres son los elementos que hacen que el Cielo sea Cielo :
(a) Estar donde está Jesucristo: «donde yo estoy»; es decir, donde yo voy a estar en breve y para siempre. En este mundo estamos sólo de paso; donde de veras hemos de estar es donde estaremos para siempre.
(b) Estar con Él donde Él está. La felicidad del lugar consistirá en la presencia de Cristo en aquel lugar. El centro mismo del Cielo es la presencia de Jesucristo en él.
(c) Contemplar la gloria que el Padre le ha dado: «para que vean mi gloria que me has dado». La gloria del Redentor es la lumbrera del Cielo, puesto que el Cordero es la lumbrera de la nueva Jerusalén (Ap. 21:23). (3)
 
          Como dijimos, los cristianos pobres de oriente suelen tener una respuesta muy distinta a la de muchos cristianos en Occidente, los cuales tienen cosas tan buenas que no saben qué es anhelar el Cielo.
            Nos hará bien reflexionar en la letra del himno “Meditad en que hay un hogar” (No. 75 del himnario “Himnos y Cánticos del Evangelio) para recordar que nuestro verdadero hogar no está en esta tierra sino en la Eternidad, con Cristo Jesús.
 
 
 
BIBLIOGRAFÍA:
1.- DEVOCIONAL “TODA LA BIBLIA EN UN AÑO”. John Stott. Edit. Certeza.
2.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur. Edit. PORTAVOZ.
3. - COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE.4.- COMENTARIO BÍBLICO. William Mac Donald. Edit. CLIE. 

 


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