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LA CIUDAD DE DIOS - Is. 65:17-19 - 2da. P. 3:3-4 - Ap. 21:1-27

Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 18/feb/2018
Categorias: Series de Estudios,La Gloria de DIOS en mi Hogar

 

 INTRODUCCIÓN:

            Estos pasajes nos muestran que probablemente el Reino en el que Dios mora (tercer Cielo), se expandirá hasta abarcar la totalidad del universo creado, y todo ello se convertirá en un dominio perfecto y glorioso apto para albergar la Gloria del Cielo. El apóstol Pedro describió esta situación como la Esperanza de todos los que hemos sido redimidos (2a. P. 3:13)…
            Los justos del Antiguo Testamento (A.T.) tenían la esperanza puesta en la gloria venidera. Sabemos que Canaán era la tierra prometida en este mundo para la nación de Israel. Sin embargo, en He. 11:9 y 10 se nos dice que Abraham, a quien se le hizo la promesa en principio, tenía en realidad el corazón puesto en un lugar que iba más allá de una simple tierra prometida. “Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”. Abraham tenía la mirada puesta en lo eterno, no en lo terrenal. Se convirtió en un nómada de esta vida y quiso buscar por fe su lugar de residencia permanente: la Ciudad eterna de Dios en el mundo que ha de manifestarse
            El Sal. 102: 25-26 nos muestra cómo Dios renovará nuestro universo como si de ropa vieja se tratase: “Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán como un vestido los mudarás, y serán mudados”
            Queda claro que, desde siempre, el plan de Dios ha sido la restauración de los cielos y la tierra. Esta es la maravillosa promesa que transmitió a su Pueblo a través de los profetas del A.T. como hemos leído en Isaías 65:17-19…
            De este modo establece Dios que cambiará los actuales cielos y la tierra de tal manera que darán lugar a una nueva y total Creación. Fijémonos en que, en el nuevo Universo, la nueva Jerusalén será el centro de todas las cosas. Los cielos nuevos y la tierra nueva serán tan gloriosos que harán que los anteriores parezcan insignificantes (“de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento”, Is. 65:17)…
            En Ap. 21 el Apóstol Juan describe lo que acaba siendo una explicación detallada de la promesa que aparece en Isaías 65… En su contexto, la batalla del Armagedón ya ha tenido lugar (Ap. 19), el reino milenial de Cristo Jesús en la tierra ha terminado y en el gran juicio del Trono Blanco Dios ha sentenciado a Satanás y a todos los impíos al eterno Infierno (20:11 al 15). Será entonces cuando la totalidad del Universo se deshará (“el primer cielo y la primera tierra pasaron”, 21:1) y todo lo que conocemos será hecho perfecto…
 
 
 
1.- NUEVA CREACIÓN. La Tierra Santa (2da. P. 3:3 y 4):

            El Apóstol Pedro aquí nos explica con detalle este conocido pasaje que vale la pena estudiar. Estos versículos pronostican una época de apostasía y apatía espiritual en un tiempo en que prevalecerán la incredulidad y el escepticismo. Lo que Pedro escribe refleja en buena medida el escepticismo y la burla de nuestros días. Sin duda hemos escuchado a personas escépticas que aseguran que si Jesucristo no ha regresado después de dos milenios es porque no va a volver nunca (que es algo parecido a pensar que si no me he muerto aún es porque no me voy a morir)…
            Los que dicen que en la tierra no ha habido cataclismo alguno provocado por Dios olvidan (mejor dicho, rechazan voluntariamente) en la revelación de Dios sobre el diluvio, que Dios utilizó para destruir por entero la raza humana (a excepción de Noé y su familia), del cual hay pruebas geológicas abundantes…
            Según las Escrituras, el diluvio ha sido la única catástrofe de carácter planetario hasta nuestros días. La situación desde entonces ha sido más o menos la misma, exceptuando el hecho de que hasta Cristo Jesús dijese ya en su tiempo que el juicio era inminente (cp. Mt. 3:2, 10 al 12)…
            El Apóstol Pedro dice que nadie debería mal interpretar la espera de la venida de Dios como síntoma de apatía, infidelidad o dejadez. En primer lugar, porque el tiempo no significa nada para Dios. No hay diferencia para Él entre 1000 años y un día. Lo que era inminente para Jesucristo hace 2000 años sigue siendo inminente hoy…
            No olvidemos que, después del diluvio, Dios prometió no volver a destruir la tierra de la misma manera (Gn. 9:12 al 16), y confirmó su pacto mediante el arco iris. Lo que ahora está demostrando no es su ira, sino su Gracia. (1)
            En el v. 12 de este pasaje dice que la creación actual se deshará y sus elementos se fundirán por el fuego. El Apóstol Pedro enseña que los cielos encendiéndose serán deshechos. Los cielos actuales, que comprenden todo el universo estelar, serán deshechos. Los elementos, todo cuanto forma la actual creación ordenada, se fundirán… Los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva fueron profetizado por Isaías (Is. 65:17; 66:22). La Nueva Creación será liberada de la esclavitud de la corrupción a causa del pecado (Ro. 8:21) (2)
            Será el fuego y no el agua, un fuego como nunca han conocido los seres humanos con el que Dios destruirá este universo. En el v. 10 dice: “el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ellas hay serán quemadas” (v. 10). La ciencia atómica nos ha demostrado que una destrucción así sí es posible. Al desintegrar los átomos el hombre abrió las puertas a una destrucción imaginable: una reacción en cadena de explosiones nucleares podría literalmente barrer el planeta…
            La palabra griega traducida por Nuevo (kainos) hace hincapié en que la tierra que Dios creará no sólo será “nueva” como antónimo de “vieja”, sino que también será diferente. El apóstol Pablo utiliza el mismo término griego en 2a. Co. 5:17 donde dice: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es”. Se trata de un cambio de naturaleza. Los cielos nuevos y la tierra nueva, del mismo modo que nuestra nueva existencia en Cristo, serán glorificados eternamente y quedarán exentos de la maldición del pecado…
            La Biblia no nos dice qué aspecto tendrá la Nueva Tierra, pero tenemos razones para pensar que será parecida a la de ahora. En ella estará Jerusalén; eso sí, la Nueva Jerusalén. La descripción del Apóstol Juan se centra en la ciudad santa, llena de calles, muros y puertas. También menciona una montaña alta, agua, un río y árboles. Pero lo mejor de la ciudad es que estará habilitada por el Pueblo de Dios: personas reales a las que conoceremos y con las que estaremos en eterna comunión
            La Tierra Nueva será también muy diferente, desconocida. El Apóstol Juan nos dice que “el mar ya no existirá más” (v. 1)… En el Cielo Nuevo y la Tierra Nueva no habrá nada que nos cause temor, nada que no separes de las demás personas…
            Allí, Dios será nuestro Padre y nosotros seremos sus hijos. El Cielo será nuestro hogar, y los creyentes moraremos allí no como simples invitados, sino gozando de todos los privilegios de ser miembros de la familia, hijos del Señor de la casa…
 
2.- LA NUEVA CREACIÓN. La Ciudad Santa (Ap. 21:1 al 7).

            En este pasaje el Apóstol Juan dice que vio la Santa Ciudad, la nueva Jerusalén, descender del Cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido…
            La Nueva Jerusalén será la capital del nuevo territorio eterno. Esta desciende del Reino mismo de Dios, donde ya ha sido totalmente “dispuesta”. ¿Y quien la “dispuso”? Resulta evidente que esta ciudad es aquella a la que Cristo Jesús se refería delante de sus discípulos cuando les dijo que se iba a prepararles un “lugar” para ellos (y para nosotros) en Jn. 14:3…
            La palabra “ataviada” muestra que su gloria seguirá inimaginable. En Ap. 21:10 al 27 se la describe como la Joya del Cielo la más preciosa…
            No debemos pasar por alto que el Apóstol Juan dice que la ciudad tiene “la gloria de Dios” (v. 11). “Su fulgor es semejante al de una piedra preciosísima, como la piedra de jaspe, diáfana como el cristal”
            Como ya hemos visto, la luz y la gloria aparecen siempre que la Biblia se refiere al reino eterno. El Cielo es en sí mismo infinito, la expresión eterna de la gloria divina. Podríamos decir que la esencia del Cielo es la gloria manifiesta de Dios. En Is. 60: 19 dice que “el sol nunca más servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará, sino que Jehová te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por gloria”. Esta idea se repite el Ap. 21:23…
            En el v. 12 se nos habla que la ciudad  tiene un muro grande y alto. Como todas las cosas que se encontrarán en el Cielo, estos muros son una muestra más de la gloria de Dios…
Ap. 22: 14 al 15 dice, refiriéndose a los muros, “Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener el derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas de la ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicaríamos, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira”. Esto no significa que los perros, los hechiceros y los mentirosos vayan a estar acampados al lado mismo de las puertas de la ciudad, porque como dice anteriormente en Ap. 20:15 y 21:8, todos los que entren dentro de la anterior lista ya habrán sido lanzados al infierno por toda la eternidad…
            Este muro tendrá puertas, lo que implica que la gente será libre de entrar y salir de la ciudad; es decir, que la ciudad no nos retendrá. Será nuestra casa, pero no estaremos recluidos allí. Tendremos el universo entero para viajar y, al hacerlo, atravesaremos las puertas de la ciudad en una y otra dirección…
DIMENSIONES: el Apóstol Juan dice que la nueva Jerusalén es de una simetría perfecta, un enorme cubo de unos 2.400 km tanto de alto, como de ancho y de largo. En proporciones humanas esta ciudad celestial podría llegar a albergar más de 100.000 millones de personas. ¡Y esto sin tener en cuenta la colosal altura de la ciudad! Desde luego, el Cielo será lo suficientemente grande para los “pocos” que siguen el camino angosto (Mt. 7:13 y 14). En esa gran urbe descubriremos, en la gloria de la vida eterna, que esos “pocos” son en realidad “una gran multitud, la cual nadie puede contar” (Ap. 7:9). A pesar de todo, el espacio del cielo bastará para todos. (1)
MATERIALES (v. 19): El texto griego dice que “habían sido adornados”, es decir, los cimientos no sólo eran sólidos para dar sustentación del muro, sino que fueron puestos para embellecer la ciudad, es decir eran hermosos. Para el adorno se utilizaron piedras preciosas que se  mencionan tres veces en la Biblia: la primera mención ocurre al describir el pectoral del sumo sacerdote (Ex. 28:15 al 20); la segunda en las vestiduras del más grande querubín creado por Dios, que luego vino a ser Satanás (Ez. 28:13); la tercera vez en los cimientos de la nueva Jerusalén. En cada ocasión y también en esta, como todo cuanto hay en la Santa Ciudad, describen la gloria y hermosura de lo que está íntimamente relacionados con Dios.(2)
            Tanto Ezequiel como el Apóstol Juan describen el cielo en términos de la transparencia de las piedras preciosas. El resplandor de la gloria de Dios refleja la hermosura de su presencia en cada faceta del diamante. Debía de resplandecer con un brillo desconocido en la tierra, con un centelleo celestial, aunque de una tonalidad dorada que hacía pensar en el oro…
            Entre el oro diáfano y los alabastrinos muros, Dios nos ofrece una imagen inimaginable e descriptible belleza. Dios ha puesto en nosotros un amor por la belleza, y el Cielo sobrepasa en excelencia todo lo que podamos llegar a esperar…
            Resulta difícil imaginar puertas hechas totalmente de perla y de semejante tamaño. Además, confeccionadas en una sola pieza. Pero eso es exactamente lo que el Apóstol Juan nos retrata. No se trata de perlas procedentes de una variedad especial de ostras gigantes; serán las manos de Dios las que les darán forma…
 
LO QUE NO HABRÁ:
TEMPLO (v. 22) Se nos dice en este versículo que no hay templo porque el señor Dios todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. En el cielo no va a ver templo porque Dios mismo es el Santuario…
            ¿Qué quiere decir que Dios es el templo celestial? El templo es el lugar donde se va a adorar. Lo que Juan apunta es que en el Cielo adoraremos a Dios en su presencia misma; Dios será el lugar de adoración. El altísimo extenderá su Tabernáculo (Ap. A 7:15) sobre todos los habitantes del Cielo, quienes les servirán constantemente. La adoración no cesará nunca
            Lejos de ser rígida e incómoda, nuestra adoración celestial nos proporcionará sumo deleite; supondrá poder disfrutar de Dios sin lazos mundanos de ningún tipo y sin sombra de culpabilidad, temor o inseguridad.
LUZ (v. 23): Aquí se nos indica que la Ciudad de Dios no tiene necesidad de la luz del sol ni de luna para que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera. La gloria del cielo es una luz mucho más brillante que la del sol. De hecho, Isaías escribió que ”la luna se avergonzará, y el sol se confundirá, cuando Jehová de los ejércitos reine en el monte de Sion y en Jerusalén, y delante de sus ancianos sea glorioso” (Is. 24:23)…
            El resplandor no provendrá de ningún tipo de combustión física; no será el resultado de quemar un combustible que se agota y hay que renovar, ya que será la luz no creada de Aquel que es la Luz y que nos será proporcionada a través de una Lámpara que nunca se extinguirá: el Cordero de Dios. Esta luz llegará a todos los hogares, corazones y entendimientos de los santos, que ya habrán sido glorificados. Cuando Pablo y Silas yacían heridos y con grilletes, en la celda más profunda de la cárcel en Filipos, disponían de una santa luz que les ayudaba a soportar las largas noches entonando canciones llenas de gozo…
            Cuando el Apóstol Pablo iba camino de la cuidad de Damasco una luz más brillante que la del sol y la luna le rodeó, colmando su ser de buena percepción y un entendimiento nuevos que llenarían para siempre su cuerpo y alma de la Gloria del Señor…
            Cuando Moisés bajó del monte en el que estuvo en comunión con Dios lo hizo con un rostro tan brillante que sus compatriotas no pudieron mirarle directamente. Había mantenido una comunión tan profunda con la Luz que absorbió parte de ella y bajó hacia el campamento como una lámpara encendida por Dios, refulgiendo en la gloria de Dios…
            Esa misma Luz, en el Monte de la Transfiguración, fue derramada a través del cuerpo y las vestiduras del bendito Señor Jesucristo…
 
SEGURIDAD CIUDADANA (v. 25): Las puertas de la ciudad nunca se cerrarán de día ni de noche. En la antigüedad, estas puertas se cerraban de noche para proteger a los habitantes de ladrones, bandidos y fuerzas invasoras. El que las puertas vayan a estar siempre abiertas nos demuestra que gozaremos de una seguridad y protección perfectas. En el Cielo no existirá la más mínima amenaza sobre la paz, por eso sus puertas nunca estarán cerradas…
NECESIDADES FÍSICAS (Ap. 22:1 y 2):  este pasaje nos dice que en la Ciudad de Dios hay un río limpio de agua de vida. Y en medio de la calle de la ciudad, a uno y otro lado del río, está el Árbol de Vida cuyas hojas son para sanidad de las naciones. Este río cristalino celestial emana del trono de Dios y recorre el centro de la nueva Jerusalén…
            En el Cielo comeremos para disfrutar y no por necesidad. Aún así el Árbol tiene propiedades beneficiosas y saludables para aquellos que coman de sus frutos…
MALDICIÓN (Ap. 22:3 al 5): La maldición y todas sus dolorosas y odiosas consecuencias serán anuladas y barridas para siempre. El dolor, la agonía del fatigoso trabajo, el sudor, los espinos, la enfermedad, el suplicio y el pecado habrán desaparecido para siempre en el Cielo…
            Las delicias del Cielo quedan fuera del alcance de la más delirante de nuestras imaginaciones...
 
CONCLUSIÓN:

            Toda la explicación del apóstol Pedro en su segunda carta (2a. P. 3:11 y 12) resulta increíblemente práctica: Si todo en esta vida va a perecer, debemos poner los corazones en lo que es imperecedero. Como hizo Abraham, padre de los fieles, tenemos que poner las esperanzas una ciudad más perdurable, una ciudad cuyo arquitecto es Dios y que nunca será destruida. (1)
 
¡S.D.G.!
 
BIBLIOGRAFÍA:
1.- LA GLORIA DEL CIELO. John Mac Arthur. Edit. Portavoz. 5ta. Edición.
2.- COMENTARIO EXEGÉTICO AL TEXTO GRIEGO DEL NUEVO TESTAMENTO. Apocalipsis. Samuel Perez Millos. Edit. CLIE.

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