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SATISFACCIÓN POR SUSTITUCIÓN. ÚNICA SALIDA AL PECADOR - Ef.5:1-2 - 1a.P 1.14-23 – He.10:5-10


Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 27/may./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

 INTRODUCCIÓN:

            Ya hemos visto en los sermones anteriores de esta serie que es totalmente erróneo ... suponer que Dios actúa en un momento según uno de sus atributos, y en otro momento según otro (Marcionismo). Actúa de conformidad con todos ellos en todo momento …
            En cuanto al juicio divino y a la misericordia divina en particular, el propósito de su obra (es decir la de Cristo) no consistía en armonizarlos, como si hubiesen estado en desacuerdo entre sí. El objetivo era manifestar y glorificarlos conjuntamente en la redención de los pecadores. Lo que exhibe la Cruz es un caso de acción combinada, y no de acción contraria por parte de estos atributos...
            ¿Cómo podía Dios expresar simultáneamente su Santidad mediante el juicio y su Amor mediante el perdón? Sólo proporcionando un sustituto divino para el pecador, de modo que el sustituto recibiese el Juicio y el pecador el perdón...
            La interpretación de la muerte de Jesucristo como un sacrificio se encuentra inserta en todos los tipos importantes de la enseñanza neotestamentaria... El Apóstol Pablo dice que Cristo Jesús “se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda (prosfora) y sacrificio (thysia) a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2 )...
            El pensamiento que subyace a la idea sigue siendo el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento. En particular, cuando se afirma que Jesucristo murió “por el pecado” o “por los pecados” (por ej. Ro. 8.:3 y 1a. P. 3:18) se usa conscientemente de la traducción griega del concepto de la “expiación” (peri hamartias). La Carta a los Hebreos describe el sacrificio de Jesucristo como el cumplimiento perfecto de las “sombras” veterotestamentarias...

 
1.- LA SUSTITUCIÓN EN EL ANTIGUO TESTAMENTO:
 
           Es evidente, por el uso que se hace de esta expresión en el Antiguo Testamento, que 'llevar el pecado” no significa tenerles compasión a los pecadores, identificarse con su dolor, expresar su penitencia, o ser perseguido a causa de la pecaminosidad humana, ni siquiera sufrir las consecuencias del pecado en términos personales o sociales. “Llevar el pecado” significa específicamente soportar sus consecuencias penales, cumplir la pena correspondiente. (Nm. 14.34; Lam. 5.7; Ez. 4-4-5)...
            Respecto al holocausto o expiación, Moisés dijo a los hijos de Aarón: "La dio él a vosotros para llevar la iniquidad de la congregación, para que sean reconciliados delante de Jehová" (Lv. 10.17). Más claro todavía resulta el rito correspondiente al día anual de expiación. El sumo sacerdote "tomará dos machos cabríos para expiación" con el objeto de hacer expiación por los pecados de la comunidad israelita en conjunto (Lv. 16.5)...
            Se debía sacrificar un macho cabrío y su sangre se debía rociar del modo acostumbrado; mientras, sobre la cabeza del macho cabrío vivo, el sumo sacerdote debía poner ambas manos y entonces "confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío" (v. 21). Luego tenía que sacar al macho cabrío hacia el desierto. De esta manera, "llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada" (v. 22)...
            El autor de la Carta a los Hebreos no tiene inhibiciones en cuanto a ver a Cristo Jesús como "misericordioso y fiel sumo sacerdote" (2.17) y a la vez como las dos víctimas: el macho cabrío sacrificado cuya sangre se llevaba a la segunda parte del santuario (9.7,12) y el que llevaba los pecados del pueblo al desierto (9.28)...
            El holocausto y el macho cabrío que llevaba los pecados cumplían ambos, de modos diferentes, el papel de ocuparse de los pecados. Sin embargo, por lo menos los israelitas más espirituales tienen que haber comprendido que un animal no puede ser un sustituto adecuado de un ser humano. Por eso, en los famosos “Cánticos del Siervo” (Is. 42.1-4) en la segunda parte de Isaías, el profeta comenzaba a esbozar a un ser cuya misión abarcaría a las naciones. Con el propósito de cumplir esa misión tendría que sufrir, llevar el pecado y morir...
            Mateo aplica a Cristo Jesús el primer cántico acerca de la mansedumbre y la ternura del Siervo en su ministerio (Mt. 12.17-21); y Pedro, en sus primeros discursos, llama a Jesús “Siervo” o “Santo Siervo” de Dios cuatro veces (Hch. 3.13, 26; 4.27, 30 )...
            En el A. T. es particularmente el capítulo 53 de Isaías, que describe la pasión y la muerte del Siervo, el que se aplica en forma invariable a Jesucristo. Como escribió Joachim Jeremias: "Ningún otro pasaje del A. T. revestía tanta importancia para la Iglesia como Isaías 53”...
            Mateo entiende que la declaración del v. 4 ("llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores") se cumplió con el ministerio de curación de Cristo Jesús (8.17). Pedro se hace eco (1a. P. 2.22-25) del concepto de que todos "nos hemos descarriamos como ovejas" (v. 6) pero que "por su llaga fuimos curados" (v. 5) como también, en el mismo pasaje, del v. 9 ("ni hubo engaño en su boca") y el v. 11 ("llevará las iniquidades de ellos")...
            Los vv. 7 y 8, donde se compara a Jesucristo con una oveja llevada al matadero, privado de justicia y de vida, son los vv. que leía el eunuco etíope en su carro, los cuales le dieron pie a Felipe para compartir con él “el evangelio de Jesús” (Hch. 8.30-35)...
            Así mismo, las dos declaraciones más importantes de Cristo Jesús, que se refieren al hecho de que su muerte tiene relación directa con el concepto de llevar los pecados...
            El primero es el dicho sobre la redención: “Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su Vida en rescate por muchos" (Mc. 10-45). Aquí Jesucristo, une dos profecías divergentes, referidas al “Hijo del hombre” y al “Siervo”. El Hijo del hombre había de venir “con las nubes del cielo” y todos los pueblos le “servirían” (Dn. 7.13-14)...
            El Siervo, en cambio, no habría de ser servido sino que serviría, y completaría su servicio padeciendo, especialmente al entregar su vida en rescate por muchos. Sólo sirviendo sería servido, sólo padeciendo entraría en su gloria...
            La segunda expresión de Cristo Jesús corresponde a la institución de la Cena del Señor, cuando declaró que su sangre sería derramada por muchos, lo cual es un eco de Is. 53.12: "derramó su vida hasta la muerte"...
            Existen dos afirmaciones muy claras sobre el significado de la muerte de Jesucristo en las cartas paulinas. Una es que Dios, "al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado" (1a. Co. 5.21), y la otra que "Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición" (Gál. 3.13)... Para algunos comentaristas estas aseveraciones son difíciles de aceptar. Karl Barth llamó a la primera "casi insoportablemente severa" y A. W. F. Blunt describió el lenguaje de la segunda como "casi ofensivo"...
            Por una parte, Cristo Jesús llevó la maldición con el fin de que nosotros pudiésemos heredar la bendición prometida a Abraham (Gál. 3.14). Por otra, Dios hizo que Jesucristo que no tenía pecado fuese hecho pecado por nosotros, con el fin de que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (2a. Co. 5.21)...
            Lo que le fue transferido a Cristo Jesús, explica, no fueron cualidades morales sino consecuencias legales. Jesús aceptó voluntariamente la responsabilidad por nuestros pecados. Eso es lo que significan las expresiones “hecho pecado” y “hecho maldición”...
 
 
2.- ¿QUIÉN ES EL SUSTITUTO?:

            La pregunta clave que tenemos que considerar ahora es esta: ¿Quién fue, exactamente, nuestro sustituto? ¿Quién ocupó nuestro lugar, llevó nuestro pecado, se hizo maldición por nosotros, soportó la pena que nos correspondía a nosotros, murió nuestra muerte? Sabemos que "siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros" (Ro. 5.8). Pero, ¿quién era este Cristo? ¿Cómo hemos de considerarlo?...
            Vimos que los pecados de Israel fueron transferidos al macho cabrío, que Jehová cargó en su Siervo sufriente toda nuestra iniquidad (Is. 53.6), que "Jehová quiso quebrantarlo" (Is. 53.10), Y que Jesús se aplicó a sí mismo la profecía de Zacarías de que Dios "[heriría] al pastor"...
            También es cierto que en el N.T. se dice que Dios envió a su Hijo a expiar nuestros pecados (1a. Jn. 4-9-10), lo entregó por nosotros, lo "puso como propiciación" (Ro. 3.25), condenó al pecado en su carne (Ro. 8.3), y "por nosotros lo hizo pecado" (2a. Co. 5.21)...
            Estas son afirmaciones notables. Pero no tenemos razón para interpretarlas en el sentido de que Dios obligó a Cristo Jesús a hacer lo que él mismo no tenía deseos de hacer, o que Jesús fue una víctima involuntaria de la dura justicia de Dios. Por cierto que Jesucristo llevó sobre sí la pena de nuestros pecados. Pero Dios estaba actuando con y en Cristo, y Cristo cumplió su parte libremente (He. 10.5-10)...
            Por lo tanto, no debemos decir que Dios castigó a Jesucristo o que Jesús persuadió a Dios. Hacerlo equivale a contraponerlos entre sí como si hubiesen actuado en forma independiente o hubiese habido algún conflicto entre ellos...
            No debemos convertir a Cristo en objeto del castigo de Dios o a Dios objeto de la persuasión de Cristo. Tanto Dios como Cristo fueron sujetos y no objetos, y tomaron conjuntamente la iniciativa de salvar a los pecadores...
            Sea como fuere lo que ocurrió en la Cruz en términos de “abandono” por parte de Dios, fue algo aceptado por ambos. Juntos actuaron por el mismo amor santo que hizo que fuese necesaria la expiación. Se trataba de "Dios en nuestra naturaleza, abandonado por Dios". Si el Padre “entregó” al Hijo, el Hijo “se entregó a sí mismo”...
            Si la “copa” de Getsemaní simbolizaba la Ira de Dios, de todos modos se trataba de una copa que le fue “dada” por el Padre (Jn. 18:11) y voluntariamente “aceptada” por el Hijo. (SLEDE)... Si el Padre “envió” a Su Hijo, el Hijo “vino” voluntariamente. Dios Padre no le impuso a su Hijo una prueba que estaba reacio a aceptar, como tampoco el Hijo extrajo del Padre una salvación que no estaba dispuesto a conceder. No hay sospecha alguna en el N.T. de desacuerdo entre el Padre y el Hijo, "sea de parte del Hijo de arrancar del Padre un perdón que no está dispuesto a otorgar, sea de parte del Padre que exige al Hijo un sacrificio que no quiere hacer". No había en ninguno de los dos falta de voluntad. Por el contrario, la voluntad de ambos era coincidente, en un perfecto autosacrificio, expresión de amor.
            George Buttrick escribió sobre un cuadro que vio en una iglesia italiana, aun cuando no dijo dónde se encontraba. A primera vista es como cualquier otro cuadro de la crucifIxión. Al observarlo con mayor atención, sin embargo, se percibe la diferencia, “porque hay una figura vasta y esfumada detrás de la figura de Jesús. El clavo que atraviesa la mano de Jesús pasa hasta atravesar la mano de Dios. La lanza introducida en el costado de Jesús atraviesa también el de Dios”...
            Al dar a su Hijo, Dios se estaba dando a sí mismo. Siendo esto así, es el propio Juez el que en santo amor asumió el papel de víctima inocente. En y por la persona de su Hijo, él mismo llevó sobre sí la pena que él mismo había infligido. Como lo ha expresado Dale, "la misteriosa unidad del Padre y el Hijo hizo posible que Dios, a una vez, soportara e infligiera el sufrimiento penal"...
            Cuando entendemos así, en la cruz no hay cruel injusticia ni amor inescrupuloso, como tampoco herejía cristológica; no hay sino insondable misericordia. Comprobamos que, con el fIn de salvarnos de modo tal que pudiera satisfacerse a sí mismo, Dios por medio de Cristo nos sustituyó a nosotros con su propia persona. El amor divino triunfó sobre la ira divina mediante el propio sacrificio divino. La cruz fue un acto simultáneamente de castigo y amnistía, de severidad y gracia, de justicia y misericordia...
            La Cruz no fue un regateo comercial con el diablo; mucho menos una transacción que lo hiciera tropezar y caer en la trampa. Tampoco fue un equivalente exacto, una suerte de compensación “tal por cual”, para satisfacer un código de honor o una cuestión legal técnica. No fue una sumisión a la que Dios se veía obligado por alguna autoridad moral por encima suyo que de otro modo no podía eludir. Tampoco fue el castigo de un manso Cristo por un Padre severo y punitivo, ni el arrebato de la salvación por un Cristo amoroso a un Padre vil y renuente. No fue una acción del Padre donde no era necesario Cristo como mediador. En la cruz, el Padre justo y amoroso se humilló a sí mismo haciéndose carne, pecado y maldición, en y mediante su único Hijo, por amor a nosotros, con el propósito de redimirnos sin comprometer su propio carácter...
            Los vocablos teológicos “satisfacción” y “sustitución” se tienen que definir con precisión y cuidado, pero no se pueden abandonar bajo ninguna circunstancia. La buena noticia bíblica es que en la expiación Dios se satisface a sí mismo ofreciéndose él mismo como sustituto por nosotros...
            Ni Cristo solo, como hombre, ni el Padre solo, como Dios, podían actuar como sustitutos nuestros. Sólo Dios en Cristo, Dios el Hijo único del Padre hecho hombre, podía ocupar nuestro lugar. Cuando se hace una caricatura de la Cruz siempre hay en la raíz una cristología distorsionada. La persona y la obra de Cristo van juntas...
            Si Cristo no era lo que los apóstoles decían que era, luego entonces no pudo haber hecho lo que ellos dijeron que hizo. La encarnación es indispensable para la expiación. En particular, resulta esencial para sostener que el amor, la santidad y la voluntad del Padre son idénticos al amor, la santidad y la voluntad del Hijo. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo...
            La doctrina de la sustitución no sólo afirma un hecho, a saber, que Dios en Cristo Jesús hizo de sustituto por nosotros. Afirma además su necesidad: no había otra forma mediante la cual el Santo Amor de Dios pudiera ser satisfecho y mediante la cual los rebeldes seres humanos pudieran ser salvos. Por lo tanto, cuando estamos ante la Cruz, comenzamos a adquirir una perspectiva clara tanto de Dios como de nosotros mismos, especialmente en cuanto a la relación de los unos con los otros. En lugar ,de hacer recaer sobre nosotros el juicio que merecíamos, Dios en Cristo Jesús lo soportó en nuestro lugar. El infierno es la única alternativa...
            Este es el “escándalo”, la “piedra de tropiezo” de la Cruz. Porque nuestro corazón soberbio se rebela contra ella. Nos resulta insoportable tener que reconocer cuán serio es nuestro pecado y nuestra culpa o nuestra tremenda deuda con la Cruz. Insistimos en que tiene que haber algo que podamos hacer, o por lo menos contribuir, con el fin de satisfacer a Dios. Por otra parte, con frecuencia damos la impresión de que preferiríamos soportar nuestro propio castigo antes que la humillación de ver que Dios en Cristo lo soporta en lugar de nosotros...
            No podemos soportar la humillación de reconocer que estamos en bancarrota y de permitir que alguna otra persona pague por nosotros. La noción de que ese alguien debería ser Dios mismo resulta ser un trago demasiado grande. Preferiríamos morir antes que arrepentirnos, preferiríamos perdernos antes que humillarnos...
            Sólo el evangelio nos exige una humillación tan drástica de nosotros mismos. Sólo el evangelio enseña la sustitución divina como único medio de Salvación. Otras religiones enseñan diversas maneras de lograr la salvación por nuestros propios medios...
 
 
CONCLUSIÓN:

Como indica la cita es parte del comentario del doctor Cranfield sobre Ro. 3.25. La misma dice así:
“Porque en su misericordia se propuso perdonar a los pecadores, y, al ser realmente misericordioso, se propuso perdonarlos con Justicia. Es decir, sin pasar por alto el pecado, Dios resolvió dirigir contra sí mismo, en la persona de su Hijo, todo el peso de esa justa Ira que los pecadores merecían”. (p. 217) (1)
 
            Al pensar en la gran deuda que tenemos delante de Dios por nuestras maldades, no dudemos en perdonar a los que nos ofenden y recordemos en este himno que tenemos un soberano al cual subordinarnos y adorar. CANTEMOS CON ALEGRÍA EL HIMNO “Jesús es mi Rey Soberano”.
 
Pastor Rubén Salcedo
 
 
VIDEOS DE RAY VANDER LAAN:
 
BIBLIOGRAFÍA:
1.- LA CRUZ DE CRISTO. John Stott. Edit. Certeza. 1ra. Edición.

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