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IDENTIFICACIÓN CON LA CRUZ DE JESUCRISTO - Mt. 22:37 – Ef. 5:29 – 2a. Ti. 3:1-5 – Ro. 6:1 al 14; 12:3 – Mc. 8:34


Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 22/jul./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

 INTRODUCCIÓN:

            La CRUZ revoluciona tanto nuestra actitud hacia Dios como hacia nosotros mismos. De modo que la Comunidad de la Cruz, además de ser una comunidad de celebración, es a la vez una comunidad que se comprende a sí misma...
            ¿Quiénes somos, entonces? ¿Qué debemos pensar de nosotros mismos? ¿Qué actitud deberíamos adoptar hacia nosotros mismos? Estas son preguntas sobre las que no se puede dar una respuesta satisfactoria sin hacer referencia a la Cruz...
            El popular movimiento del “potencial humano” expresa una reacción aunque excesiva, hacia la percepción de una baja autoestima. “¡Desarrolla tu personalidad, exprésate, cumple tu destino!” dice esta corriente. Pone énfasis en “el poder del pensamiento positivo, juntamente con la necesidad de “pensar lo posible” y de adquirir “actitudes mentales positivas”. Con el laudable deseo de desarrollar la autoestima, tiende a hacer pensar que nuestra potencialidad para el desarrollo es virtualmente ilimitada...
            Toda una literatura ha surgido alrededor de este concepto, que ha sido claramente descripto y documentado por el doctor Paul Vitz en su libro “Psychology as religion: The cult of self-worship” (La psicología como religión: el culto a la auto-adoración). La psicología se ha convertido en religión", escribe, "en particular una forma de humanismo secular basado en el culto al yo (p. 9)· Comienza analizando “los cuatro teóricos más importantes del yo”, a saber Erich Fromm, Carl Rogers, Abraham Maslow y Rollo May (la mayoría ateos. Nota personal), todos los cuales, con diferentes idas y vueltas, enseñan la bondad intrínseca de la naturaleza humana. De esta premisa se desprenden la necesidad de un incondicional respeto por uno mismo, una incondicional toma de conciencia de uno mismo, y una incondicional autorealización...
            Estas teorías del “yo” se han popularizado por medio del “análisis transaccional” (“Yo estoy bien; tú estás bien”) y el EST (Erhard Seminar Training [Seminario de entrenamiento Erhar]), que el doctor Vitz llama con justicia "una sorprendentemente literal autodeificación”...
            También cita un anuncio comercial en Psychology Today (Psicología hoy) como ilustración de la “jerga del yoísmo”: “me amo a mí mismo. No soy vanidoso. No soy más que un buen amigo de mi mismo. Y me gusta hacer todo lo que me hace sentir bien ...” (p. 62)...
            Lamentablemente, muchos cristianos parecen haberse dejado impresionar favorablemente por este movimiento. La postura se escuda bajo la falsa idea de que el mandamiento mosaico, que Cristo Jesús luego destacó, de que amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos es un mandamiento a amarnos a nosotros mismos tanto como al prójimo. Pero la verdad es que no es así. Pueden aducirse tres argumentos:
 
Primero, y gramaticalmente, Jesucristo no dijo “el primer mandamiento es amar al Señor tu Dios, el segundo amar al prójimo, y el tercero amarse a uno mismo”. Habló únicamente del primer gran mandamiento y del segundo que se le parecía (Mt. 22:37). La adición de “como a ti mismo” proporciona una guía sencilla y práctica para el amor al prójimo, porque “nadie aborreció jamás a su propia carne [cuerpo, vp]" (Ef. 5:29). A este respecto, es como la regla de oro de que "todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos" (Mt. 7:12). No cabe duda de que la mayoría de nosotros nos amamos a nosotros mismos. De modo que sabemos cómo querríamos ser tratados, y esto nos indicará cómo tratar a otros. El amor a uno mismo es algo que hemos de reconocer y una regla a tener en cuenta, no una virtud a ser recomendada...
 
 
Segundo, y lingüísticamente, el verbo es “agapao”, y amor “agape” significa “auto-sacrificio” en el servicio de otros. Por lo tanto no puede ser algo dirigido a uno mismo. El concepto de sacrificarnos con el fin de servirnos a nosotros mismos es absurdo...
 
Tercero, y teológicamente, el amor a uno mismo es lo que la Biblia entiende como pecado. El pecado consiste en estar encorvado hacia uno mismo (como lo expresó Lutero). Una de las marcas de “los postreros días” es que habrá muchos “amadores de sí mismos” en lugar de “amadores de Dios” (2a. Ti. 3:1-5). Su amor estará mal orientado, hacia sí mismo en lugar de hacia Dios y el prójimo...
            ¿En qué forma, entonces, deberíamos considerarnos a nosotros mismos? ¿Cómo podemos evitar los dos extremos, del odio a uno mismo y el amor a uno mismo? ¿Cómo lograr no despreciarnos pero tampoco halagamos a nosotros mismos? ¿Cómo podemos evitar una autoevaluación que sea demasiado baja o demasiado elevada? ¿Cómo ponemos en práctica el consejo de Pablo: que cada uno "piense de sí con cordura" (Ro. 12:3)?...
            La Cruz de Cristo Jesús proporciona la respuesta, porque nos llama tanto a la negación de nosotros mismos como a la autoafirmación. Pero, antes de que estemos en condiciones de considerar estas exhortaciones complementarias, nos dice que ya somos personas nuevas porque hemos muerto y resucitado con Jesucristo...
            Es en este sentido que la muerte de Jesucristo se ha de llamar con justicia “representativa” y a la vez “sustitutoria”...
            Un “sustituto” es alguien que actúa en lugar de otro de tal manera que la acción de ese otro sea innecesaria. Un “representante” es alguien que actúa por cuenta de otro, de tal manera que ese otro esté involucrado en su acción...
            De igual modo, como nuestro sustituto, Cristo Jesús hizo por nosotros lo que nosotros nunca hubiéramos podido hacer. Cristo llevó nuestro pecado y nuestro juicio. A la vez, como nuestro representante, hizo lo que nosotros, al estar unidos a él, también hemos hecho; hemos muerto y resucitado con él...
            La exposición más extensa de Pablo sobre este extraordinario y maravilloso tema se encuentra al comienzo de Ro. 6:2. El apóstol desarrolló su argumento como respuesta a la perversa sugestión de que, ya que la Gracia aumentó tanto más cuando más aumentó el pecado, bien podríamos seguir pecando, a fin de que la Gracia crezca aun más (5:20 al 6.1). Pablo repudia la idea indignado, por la simple razón de que “hemos muerto al pecado” y por ello ya no podemos vivir en él (Ro. 6:2). ¿Cuándo se operó esa muerte? En nuestro bautismo (Ro. 6:3-4)...
            La pieza faltante en el rompecabezas es que la muerte de Jesucristo (en la que hemos participado por fe interiormente y por el bautismo exteriormente) fue una muerte al pecado: "Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive" (v. 10)...
            Hay un solo sentido en el cual se puede decir que Cristo Jesús “murió al pecado”, y es el de que él soportó la pena correspondiente, por cuanto "la paga del pecado es muerte" (v. 23), Habiendo pagado el precio del pecado (o soportado la penalidad) con la muerte, ha resucitado a nueva vida. También ha sido así con nosotros, por nuestra unión con él. También nosotros hemos muerto al pecado, no en el sentido de que hayamos pagado personalmente la pena (Cristo ha hecho esto por nosotros, en lugar de nosotros), sino en el sentido de que hemos compartido los beneficios de su muerte. Ya que la penalidad del pecado ha sido cumplida, y la deuda saldada, nosotros quedamos libres de la terrible carga de culpa y condenación. Hemos resucitado con Jesucristo a nueva vida, con la cuestión del pecado terminada y olvidada. ¿Cómo, entonces, es posible que sigamos viviendo en el pecado al cual hemos muerto? Es posible, por cuanto. sigue siendo necesario que tomemos precauciones para que el pecado no vuelva a reinar dentro de nosotros (vv. 12-14)...
            Esto no quiere decir que hemos de fingir que hemos muerto al pecado y resucitado para Dios, cuando sabemos muy bien que no es así. Por el contrario, sabemos que, por unión con Jesucristo, hemos compartido su muerte y resurrección, y por ello nosotros mismos hemos muerto al pecado y resucitado para Dios. Por lo tanto, debemos recordar constantemente este hecho y vivir una vida consecuente con el mismo. William Tyndale lo expresó en términos característicamente gráficos al final del prólogo a su obra sobre Romanos:
“Pues adelante, lector, de conformidad con el orden de la escritura de Pablo ... Recuerda que Cristo no hizo esta expiación para que tú hagas enojar a Dios nuevamente. Tampoco murió él por tus pecados, para que tú sigas viviendo en ellos. No te purificó para que tú volvieses, como el puerco, a tu antigua charca sino para que fueses una nueva criatura; para que vivas una vida nueva según la voluntad de Dios, y no de la carne.”
 
            Debido a que nuestro nuevo ser, si bien redimido, es todavía un ser caído, será necesario evidenciar una doble actitud, a saber, la autonegación y la autoafirmación, ambas iluminadas por la Cruz...
 
 
LA AUTO-NEGACIÓN

           
El llamado a la auto-negación. La invitación de Cristo Jesús es clara: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mc. 8:34). Jesucristo acaba, por primera vez, de predecir claramente su pasión y muerte. “Era necesario” que así ocurriera, dice el Señor (v. 31)...
            Pero ahora expresa explícitamente algo que es igualmente “necesario” para sus seguidores. El tiene que ir a la Cruz; ellos tienen que tomar su cruz y seguirle. Además, han de hacerlo “cada día”. Y, como contrapartida negativa, si alguien no toma su cruz y le sigue, no es digno de él y no puede ser su discípulo (Lc. 9:23; Mt. 10:38; Lc. 14:27)...
            Tomar nuestra cruz, por lo tanto, y seguir a Cristo Jesús, es "ponerse en la posición de un hombre condenado camino a la ejecución". Porque si seguimos a Jesús con una cruz en las espaldas, hay un solo lugar al cual vamos: el lugar de la crucifixión...
            Como lo expresó Bonhoeffer: "Cuando Cristo llama a un hombre, le pide que acuda y muera”. Nuestra “cruz”, por lo tanto, no es un esposo irritativo o una esposa malhumorada. Es en cambio el símbolo de muerte al yo...
            Aunque Jesucristo puede haber tenido en mente la posibilidad del martirio, el carácter universal de su llamado (“Si alguno...”) sugiere una aplicación más amplia. De seguro que lo que Cristo Jesús está describiendo, mediante esta gráfica imagen, es la auto-negación...
            Negarnos a nosotros mismos es comportarnos hacia nosotros mismos como hizo Pedro con Jesucristo cuando lo negó tres veces. El verbo es el mismo (gr. “aparneomai”). Renegó de él, lo repudió, le dio la espalda...
            La auto-negación es llegar a negarnos o repudiamos, renunciando a nuestro supuesto derecho a seguir nuestro propio camino. "Negarse uno mismo es ... volverse de la idolatría del egocentrismo." (C.B.E. Cranfield)... Pablo debe haber querido referirse a lo mismo cuando escribió que los que pertenecen a Jesucristo "han crucificado la carne con sus pasiones y deseos" (Ga. 5:24)...
 
 
LA AUTOAFIRMACIÓN:

            A la par del explícito llamado de Jesucristo a la autonegación está su implícito llamado a la autoafirmación. Esto no significa en absoluto lo mismo que el amor a sí mismo. Nadie que lea los Evangelios en conjunto podría jamás obtener la impresión de que Cristo Jesús tenía él mismo una actitud negativa hacia los seres humanos, o que la alentaba en otros. Todo lo contrario...
 
Primero, su enseñanza acerca de las personas. Cierto es que llamó la atención a las cosas malas y feas que nacen del corazón humano (Mc. 7:21-23). También habló, sin embargo, del “valor” de los seres humanos a la vista de Dios. Valen “mucho más” que las aves o las bestias. (Mt. 6:12; 12:2) ¿En qué estaba basado este juicio de valor?...
            Tiene que haber sido la doctrina de la creación, que Jesucristo tomó del Antiguo Testamento, a saber, que los seres humanos constituyen la corona de la actividad creadora de Dios, y que hizo al hombre varón y mujer a su propia imagen. Es la imagen divina que llevamos lo que proporciona nuestro valor distintivo...

Segundo
, tenemos la actitud de Cristo Jesús hacia la gente. No despreciaba a nadie ni rechazaba a nadie. Todo lo contrario, procuraba siempre honrar a los que el mundo deshonraba y aceptar a los que el mundo rechazaba. Hablaba con cortesía a las mujeres en público. Invitaba a los niños a acercarse a él. Brindaba palabras de esperanza a los samaritanos y a los gentiles. Permitía que los enfermos de lepra se le acercaran, y dejó a una prostituta que ungiese y besase sus pies. Se hacía amigo de los parias de la sociedad, y atendía a los pobres y los hambrientos. En todo este diversificado ministerio, brillaba su compasivo respeto para con los seres humanos...

Tercero,
y en particular, debemos recordar la misión y muerte de Jesucristo por los seres humanos. Dijo que había venido a servir, no a ser servido, ya dar su vida en rescate por muchos. Nada hay que indique con más claridad el gran valor que Cristo Jesús asignaba a las personas que su determinación de sufrir y morir por ellas. Él era el Buen Pastor que vino al páramo, desafiando los rigores y enfrentando el peligro, con el fin de buscar y salvar una sola oveja perdida. Más todavía, puso su vida por las ovejas...
 
Una actitud equilibrada hacia nosotros mismos

            Hasta ahora hemos visto que la Cruz de Cristo Jesús es tanto prueba del valor del “yo” humano como un cuadro de cómo negarlo o crucificarlo. ¿Cómo podemos resolver esta paradoja bíblica? ¿Cómo es posible valorarnos y simultáneamente negarnos a nosotros mismos?...
            En realidad la paradoja surge porque discutimos y desarrollamos actitudes sin antes haber definido el “yo” del cual estamos hablando. Nuestro “yo” no es una entidad simple que es totalmente buena o totalmente mala; por consiguiente no ha de ser totalmente valorada o totalmente negada. Nuestro “yo” es una entidad compleja de bien y mal, gloria y vergüenza, que por esa razón exige que desarrollemos actitudes más sutiles hacia nosotros mismos...
            Lo que somos (nuestro “yo” o nuestra identidad personal) es en parte resultado de la Creación (la imagen de Dios) y en parte resultado de la Caída (la imagen desfigurada). Lo que debemos negar, rechazar y crucificar es nuestro ser caído, todo lo que haya dentro de nosotros que sea incompatible con Jesucristo (de allí sus mandamientos “niéguese a sí mismo” y luego “sígame”). Lo que hemos de afirmar y valorar es nuestro ser creado, todo lo que haya dentro de nosotros que sea compatible con Jesucristo (de allí su afirmación de que si nos perdemos a nosotros mismos, mediante la auto-negación, hemos de encontrarnos). La verdadera auto-negación (la negación de nuestro ser falso y caído) no es el camino de la autodestrucción sino el camino al auto-descubrimiento...
            Luego entonces, lo que somos por creación es lo que debemos afirmar; nuestra racionalidad, sentido de obligación moral, sexualidad (sea la masculinidad o la femineidad), la vida de familia, los dones estéticos y la creatividad artística, etc. Todo esto forma parte de nuestra humanidad creada. Cierto es que ha sido manchada y torcida por el pecado. Mas Cristo Jesús vino a redimirla, no a destruirla. De modo que debemos afirmarla abiertamente y con gratitud...
            Lo que somos por la Caída, en cambio, debemos negarlo o repudiarlo: nuestra irracionalidad, perversidad moral, desfiguración de las distinciones sexuales y falta de autocontrol en lo sexual, el egoísmo que arruina nuestra vida de familia, etc. Todo esto forma parte de nuestra humanidad caída. Cristo no vino a redimir esto sino a destruirlo. De modo que debemos negarlo o repudiarlo enérgicamente...
            Los cristianos ya no pueden pensar en sí mismos sólo como seres “creados y caídos”, sino más bien como “creados, caídos, y redimidos”. Y la inyección de este elemento nuevo nos ofrece, a la vez, más para afirmar y más para negar...
            No hemos sido creados únicamente a imagen de Dios, sino que hemos sido re-creados a esa imagen. La misericordiosa obra de Dios en nosotros, que se describe de diversas maneras en el Nuevo Testamento, como “regeneración”, “resurrección”, “redención”, etc., es esencialmente una re-creación. Nuestro nuevo yo ha sido “creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”, y “conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno”. En efecto, toda persona que está en Cristo “nueva criatura es” (Ef. 4:24; Col. 3:10; 2a. Co. 5:17)
            También Pablo escribió “Haya en vosotros este sentir” en Fil. 2. Porque conocía el llamado a la autonegación en su propia experiencia apostólica. Tenía derechos legítimos, por ejemplo a casarse y a exigir sostén económico, que deliberadamente se negó a sí mismo porque creía que esa era la voluntad de Dios para él. También escribió que los cristianos maduros deberían estar dispuestos a renunciar a sus derechos y limitar sus libertades, a fin de no hacer pecar a los hermanos y hermanas inmaduros...
            Aun hoy, algunos cristianos son llamados a renunciar a la vida matrimonial, a una ocupación segura, a una promoción profesional o a una casa cómoda en un suburbio elegante, no porque alguna de estas cosas sea mala en sí misma sino porque son incompatibles con un llamado particular de Dios a servir en el extranjero, a vivir en zonas marginales, o a identificarse en forma más íntima con los pobres y hambrientos del mundo.
 
 
CONCLUSIÓN:

            Hay, por lo tanto, una gran necesidad de discernimiento de nuestra identidad. ¿Quién soy? ¿Cuál es mi 'yo'? La respuesta es que soy un personaje mixto, con una personalidad dual. Tengo dignidad, porque fui creado y he sido re-creado a la imagen de Dios, pero también perversión, porque todavía tengo una naturaleza caída y rebelde. Soy tanto noble como vil, hermoso y feo, bueno y malo, recto y torcido...
            Soy imagen e hijo de Dios, pero a veces rindo obsequioso homenaje al diablo de cuyas garras Cristo me ha rescatado. Mi verdadero yo es lo que soy por creación (y es esta lo que Cristo vino a redimir) y por llamado. Mi falso yo es lo que soy por la Caída, yeso es lo que Cristo vino a destruir.(1)
 
            ¿De dónde venimos? ¿Quién somos? ¿Adónde vamos? Fue el título de pintura creada por Paul Gauguin en su madurez como pintor. El sentido de la existencia. El nacimiento, la vida y la muerte. Ciclo vital lleno de todo; lo bueno y lo malo.(2).
            Que esta meditación pueda ser respondida a la luz de nuestra Identificación con la Cruz de Cristo Jesús para una vida a su servicio.
 
Cantemos el himno resultante de esta identificación “Yo quiero trabajar para el Señor y ser obrero de valor”.
 
¡S.D.G.!
 
BIBLIOGRAFÍA:
1.- LA CRUZ DE CRISTO. John Stott. Edit. Certeza. 1ra. Edición.
2.- http://www.pinturayartistas.com/dedondevenimos-quienessomos-adondevamos/
 
VIDEOS DE RAY VANDER LAAN.

 


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