EL CRISTIANO Y EL SUFRIMIENTO (Segunda Parte) - 2° Tim. 2:1-3, 11-12; Stg. 5:10-11; 2° Co. 4:17; Job 42:1-6; Jn. 14:16-18


Autor: Ricardo Matinez
Publicado: 09/sep./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

INTRODUCCIÓN:

El sufrimiento es un gran misterio. Siempre ha habido quienes insistieron en que el sufrimiento no tiene sentido y que no puede detectarse propósito alguno en él. En el mundo antiguo quienes pensaban así, incluían tanto a los estoicos (que enseñaban la necesidad de someterse con fortaleza a las inexorables leyes de la naturaleza) como a los epicúreos (que enseñaban que la mejor forma de escapar de un mundo errático era entregarse al placer). (Hch. 17:18)

En el mundo moderno, los existencialistas distantes de toda idea de Dios creen que todo, incluida la vida, el sufrimiento y la muerte, carece de sentido y que, por lo tanto, todo es un absurdo. Los cristianos, por el contrario, estamos en la vereda opuesta.

Pero el problema del sufrimiento está lejos de ser una preocupación solo para pensadores y filósofos, nos afecta personalmente a casi todos o mejor dicho a todos, sin distinción, ya que sería difícil         encontrar a alguien que no haya sufrido, o que no esté sufriendo, o que no vaya a sufrir en el futuro. Pues el sufrimiento se presenta de muchas maneras obviamente no deseadas. Pueden ser:

  • Alguna privación en la infancia que deja un conflicto emocional por el resto de la vida.
  • Alguna afección física o mental congénita.
  • Una dolorosa enfermedad que nos ataca sin previo aviso.
  • Quedarnos sin trabajo porque ya no nos necesitan.
  • Caer súbitamente en la pobreza o extrema necesidad.
  • La pérdida de un familiar o ser muy querido.
  • Situaciones inesperadas con los hijos.
  • Una soltería involuntaria.
  • Un matrimonio desdichado o un divorcio impensado.
  • La depresión y la soledad. Etc.

Estas y muchas más situaciones se pueden presentar en la vida de las personas. Pero a los discípulos de Cristo todavía se le pueden agregar, como mencionó el pastor Rubén el domingo pasado, los sufrimientos a causa justamente de la fe.

A veces no solo le hacemos a Dios nuestras angustiadas preguntas ¿Por qué? ¿Por qué yo, por qué a mí?, sino que nos enojamos con Él acusándolo de injusto e indiferente.

Ahora, ¿Cuál es la relación entre los sufrimientos del Señor Jesucristo y los nuestros? ¿En qué forma habla la cruz frente a nuestro dolor hoy?

Hay varios aspectos a considerar con relación a estas preguntas. Ya vimos tres de ellos el domingo pasado:

  • La cruz de Cristo es un estímulo para soportar pacientemente.
  • La cruz de Cristo es la senda hacia la santidad madura.
  • La cruz de Cristo es el símbolo del servicio sufrido.

Hoy veremos algunos más recordando que el enfoque no está en desarrollar exhaustivamente los argumentos más comunes sobre el sufrimiento (como su origen, causas, por ejemplo) porque el pastor ya habló sobre eso el domingo pasado. Más bien vamos a continuar explorando la relación que hay entre la Cruz de Cristo, sus sufrimientos, y nuestros sufrimientos.

 

I. LA CRUZ DE CRISTO ES LA ESPERANZA DE GLORIA FINAL.

            Claramente el Señor Jesús se proyectaba más allá de su muerte hacia su resurrección (Mt. 16:21; Lc. 24:7, 24:6), más allá de sus sufrimientos hacia su gloria. Fue sostenido en sus pruebas, “por el gozo puesto delante de Él” (Heb. 12:2).

Jesús esperaba que sus seguidores compartieran esta perspectiva. Lo inevitable del sufrimiento es un tema regular en su enseñanza y en la de los apóstoles. Si el mundo odió y persiguió a Jesús, también odiaría y perseguiría a sus discípulos, era parte de su llamado (Jn.15:18-20; 1° P. 2:21). Por lo tanto, no debían sorprenderse por eso como si algo extraño les estuviera ocurriendo (1° P. 4:12). Era de esperar, Jesús lo anticipó con claridad: Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, yo he vencido al mundo”. (Jn. 16:33)

Sus discípulos serían más que espectadores de sus sufrimientos, más que testigos, incluso más que imitadores, serían verdaderos participantes en sus sufrimientos, compartirían “su vaso y su bautismo” (Mr. 10:38-39; 2° Co. 1:5; Fil. 3:10; 1° P. 4:13).

De manera que, en la medida en que compartieran sus sufrimientos, compartirían también su gloria.

Pero el sufrimiento no solo se vería como una consecuencia de la oposición del mundo, sino como una necesaria preparación para una eternidad con Dios. Es lo que el apóstol Pablo les dice a los nuevos cristianos en Galacia según Hch. 14:22, …” y allí infundían ánimo a los discípulos y los alentaban a mantener la fe. Les decían: Para entrar en el reino de Dios nos es necesario pasar por muchas tribulaciones.”

El apóstol Pablo, que era un hombre que sabía mucho acerca del sufrimiento, pero no precisamente de manera teórica (ver 2° Co. 11:23-27), inspirado por el Espíritu Santo nos da una clara perspectiva del sufrimiento y la gloria final:

  • “Lo que sufrimos en esta vida es cosa ligera, que pronto pasa; pero nos trae como resultado una gloria eterna mucho más grande y abundante”. (2° Co. 4:17)
  • “Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después”. (Ro. 8:18)

Así que, conforme a la Palabra de Dios, lo que sufrimos hoy, una “leve tribulación momentánea” como lo llama Pablo en otra versión no es nada comparado con la gloria eterna que nos espera. Por lo tanto, es la esperanza de esa gloria lo que hace tolerable el sufrimiento.

 Pero ¿qué es esta gloria, este último destino, para el cual Dios prepara todas las cosas para el bien (Ro. 8:28), incluidos nuestros sufrimientos? Es la gloria de ser hechos conforme a la imagen de su Hijo (Ro. 8:29).

 De manera que las perspectivas futuras que hacen tolerable el sufrimiento hoy son en base a una recompensa de incalculable valor: la Gloria de Cristo, es decir, su propia imagen perfectamente recreada en nosotros.

Como dice la Palabra,… “seremos semejantes a Él porque lo veremos tal como Él es” (1° Jn. 3:2).

Hacia allá vamos, y aunque a veces se nos haga difícil, nada absolutamente nada en esta vida por más perturbador que parezca se compara con aquella gloria eterna. Y así nos hacemos eco de las afirmaciones de Pablo: “Así, pues, justificados por la fe tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien tenemos también, por la fe, acceso a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios.  Y no sólo esto, sino que también nos regocijamos en los sufrimientos, porque sabemos que los sufrimientos producen resistencia, la resistencia produce un carácter aprobado, y el carácter aprobado produce esperanza.”

Pablo no era ningún masoquista, y no está sugiriendo que debemos buscar el sufrimiento, ni buscar el placer en él, sino que su consejo está fuertemente arraigado en la fe de que “todas las cosas ayudan para bien a los que aman a Dios”, y de que Dios incluye una bendición en cada tribulación por la que tiene que pasar quien confía en Él

 

II. LA CRUZ DE CRISTO ES EL FUNDAMENTO DE UNA FE RAZONABLE.

            Es un hecho que de una u otra forma todo sufrimiento físico y/o emocional pone a prueba seriamente nuestra fe. A veces cuando estamos sumidos en el dolor surge la pregunta ¿Cómo puede ser razonable seguir confiando en Dios? La mejor respuesta nos la da el libro de Job. Le haremos hoy una muy breve mirada.

            A Job se lo presenta como un hombre perfecto, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Pero luego Job es azotado por una seguidilla de tragedias personales (pierde su ganado, sus siervos, sus hijos e hijas y su salud).

            De ahí en adelante el libro muestra una gama de posibles respuestas al sufrimiento, en el diálogo entre Job y sus “amigos consoladores”, el joven Eliú, y finalmente Dios mismo. 

Resumidamente vemos que la actitud de Job es una mezcla de confianza en sí mismo y de lástima de sí mismo. Se niega a seguir el consejo de su mujer, quien le dice 'maldice a Dios, y muérete'. No obstante Job comienza a maldecir el día en que nació y seguidamente suspira angustiado para que llegue el día de su muerte.

Rechaza totalmente las acusaciones de sus tres amigos. En cambio, elabora sus propias acusaciones contra Dios. Declara que Dios está actuando en forma brutal con él, incluso de manera injusta e implacable. A la vez que reitera enérgicamente su inocencia y confía en que algún día será reivindicado.

En el libro de Job se ve lo inadecuado de las especulaciones humanas para explicar el misterio del sufrimiento, así como lo absurdo de pretender juzgar a Dios. Nuestro conocimiento es siempre limitado e imperfecto. Nuestros conceptos de Dios están llenos de prejuicios. A menudo nos preocupan más sus obras que Él mismo; lo que hace con nosotros, más que lo que Él es. Esta preocupación revela, en el fondo, nuestro egoísmo.

Por eso después que Job y sus amigos han agotado sus argumentos, el que habla es Dios, quien no se pliega a los tres amigos en sus acusaciones y tampoco culpa a Job por defender su inocencia.

Dios lo bombardea con preguntas, le muestra la majestad de su sabiduría, y lo invita a mirar la creación y el poder desplegado en las maravillas de la naturaleza que revelan el Genio y la Gloria del Creador. Así silenció las acusaciones de Job

Después de haber oído a Dios, Job no tiene más luz sobre los enigmas morales que tanto lo habían enojado;

no sabe más que antes sobre el porqué del sufrimiento de los justos; no ha escuchado ni una sola palabra de parte de Dios en defensa de su inocencia. En el fondo, sus problemas siguen sin resolver. Además, todavía sufre; sus heridas no han sido aún sanadas; aún se encuentra en soledad en medio de su prolongada aflicción, sufrimiento y dolor. Sin embargo, Job es ahora completamente otro. Sus palabras tienen acentos gozosos de liberación; anuncian que las tinieblas han pasado, que ha triunfado la luz. El rebelde, tan obstinado en sus retos al Todopoderoso, se arrepiente, se humilla, confía y vuelve a convertirse en un adorador.

¿Cómo se ha producido esta transformación maravillosa? Job reconoce la soberanía de Dios. «Yo sé que lo puedes todo, y que no puede estorbarse ningún propósito tuyo» Job se arrepiente de hablar sin entender los propósitos de Dios. Entiende QUIÉN ES DIOS Y QUIÉN ES ÉL. 

Si era razonable que Job confiara en el Dios cuya sabiduría y poder han sido revelados en la creación, ¿cuánto más razonable es que nosotros confiemos en el Dios cuyo amor y justicia nos han sido revelados en la Cruz del Calvario? Si no mezquinó ni a su propio Hijo, como nos va a mezquinar lo que necesitamos o permitirá que algo nos separe de su amor. Lo razonable de confiar radica en conocer la confiabilidad sobre quien depositamos la confianza, y nadie es más confiable que el Dios de la cruz.

            Así que es completamente razonable confiar en Dios durante el tiempo que transcurre entre la cruz, donde comenzaron a revelarse claramente el amor y la justicia de Dios, y el día del juicio cuando nos sean completamente revelados.

 

III. LA CRUZ DE CRISTO ES LA PRUEBA DEL AMOR SOLIDARIO DE DIOS.

            Este sexto modo de relacionar los sufrimientos de Cristo con los nuestros es quizás el más importante. La cruz de Cristo es la máxima expresión y la prueba del amor de Dios hacia la humanidad, es decir de su solidaridad personal y amorosa para con nosotros en nuestro dolor.

            Al enfrentar el sufrimiento, lo más difícil de sobrellevar no es el hecho trágico en sí, sino el “aparente abandono” por parte de Dios ante el sufrimiento como vimos en el punto anterior. El dolor es soportable, pero la “aparente indiferencia” de Dios no lo es.

            A veces imaginamos a Dios descansando plácidamente en alguna “hamaca celestial” como un espectador, aislado de los millones que sufren en el mundo.

            Pero la Cruz hace pedazos esa terrible e irreverente caricatura de Dios. Jamás debemos pensar en Dios recostado en una hamaca, sino suspendido de una cruz, cargando en Cristo los pecados de la humanidad.

            El Señor Jesucristo es la plena, definitiva y especial revelación de Dios (He. 1:3; Jn. 14:9, 10:30; Col. 2:9).

Sus sentimientos y sufrimientos constituyen un auténtico reflejo de los sentimientos y sufrimientos de Dios mismo.

Los escritores de los Evangelios le atribuyen al Señor Jesucristo una amplia gama de sentimientos y emociones como el amor, la compasión, la indignación, la tristeza, el gozo, la angustia y el enojo.

Así que, El Dios que en su soberanía permite el sufrimiento, una vez sufrió Él mismo en Cristo y sigue sufriendo y compadeciéndose con nosotros y por nosotros hoy como dice su Palabra. (He. 4:15).

Puede que en los momentos difíciles alguien piense en un Dios frío, distante, impasible ante el dolor, en esos momentos debemos mirar hacia la cruz, y desde ese lugar estratégico contemplar las tragedias de la vida, y ver a través de ella a aquel Cristo que por AMOR un día “bajó” a vivir entre nosotros y que todavía está vivo entre nosotros.

 Él es EMANUEL, “Dios con nosotros”, quien prometió: “…Y yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mt. 28:20)                “HUELLAS EN LA ARENA”

 

CONCLUSIÓN:

En estos dos domingos, con la ayuda del Señor, hemos procurado explorar qué relación hay entre la Cruz de Cristo y nuestros sufrimientos. Vimos que:

  • La cruz de Cristo es un estímulo para soportar pacientemente.
  • La cruz de Cristo es la senda hacia la santidad madura.
  • La cruz de Cristo es el símbolo del servicio sufrido.
  • La cruz de Cristo es la esperanza de gloria final.
  • La cruz de Cristo es el fundamento de una fe razonable.
  • La cruz de Cristo es la prueba del amor solidario de Dios.

Ahora, sé que es más fácil hablar de esto que vivirlo, porque las cosas parecen diferentes cuando el horizonte se nos cierra, cuando nos rodea el terror de una gran oscuridad y no brilla la mínima luz que nos asegure que el sufrimiento todavía puede ser productivo. En esos momentos, todo lo que podemos hacer es aferrarnos a la cruz, donde el Señor Jesucristo hizo a un lado su inmunidad al dolor, entró en nuestro mundo de carne y sangre, de lágrimas y dolor y allí fue sometido a un sufrimiento extremo, físico, emocional y espiritual, para librarnos del mayor sufrimiento que puede experimentar el ser humano: “UNA ETERNIDAD LEJOS DE LA PRESENCIA DE DIOS”.

Debemos aferrarnos a la Cruz de Cristo, donde nuestros sufrimientos se vuelven más manejables a la luz de los suyos y donde Cristo mismo demostró que del sufrimiento nace la bendición.

¡Gloria a Nuestro Dios!                                                                                      

Ricardo A. Martínez

 

BIBLIOGRAFÍA: LA CRUZ DE CRISTO - JOHN STOTT – EDICIONES CERTEZA 1996.


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