LA CRUZ EN EL CENTRO DE NUESTRA VIDA - Gálatas 1:3-5; 2:19-21; 3:1-3;10-14; 5:11-24; 6:12-14


Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 07/oct./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

INTRODUCCIÓN:

“¿Por qué murió Jesucristo?” reflexionamos en que, si bien Judas lo entregó a los sacerdotes, los sacerdotes a Pilato, y Pilato a los soldados, el Nuevo Testamento (N.T.) indica que Dios Padre “lo entregó”, como también que Cristo Jesús “se entregó a sí mismo” por nosotros...

            Dios Padre debía “satisfacerse”. Es decir, él no puede contradecirse a sí mismo, sino que debe actuar de modo que exprese el carácter perfecto de su amor sagrado. ¿Pero cómo podía lograrlo? Vimos que con el fin de satisfacerse a sí mismo se sustituyó a sí mismo en la persona de Jesucristo por nosotros. Nos atrevimos a sostener que la esencia de la Cruz es la “autosatisfacción por medio de la autosustitución”...

            Por lo que hace a la Salvación, estudiamos las cuatro palabras claves: “propiciación”, “redención”, “justificación” y “reconciliación”. Se trata de “imágenes” utilizadas en el N. T., metáforas de lo que Dios ha hecho en y por medio de la muerte de Cristo Jesús...

            También vimos que la Comunidad Cristiana es esencialmente una comunidad de la Cruz. En efecto, la Cruz ha modificado radicalmente todas nuestras relaciones. Ahora adoramos a Dios en continua celebración; comprendemos quiénes somos y nos entregamos en servicio a otros. Ahora amamos a nuestros enemigos y procuramos vencer el mal con el bien y enfrentamos el desconcertante problema del sufrimiento a la luz de la Cruz...                                                                   

SIETE AFIRMACIONES EN LA CARTA A LOS GÁLATAS.

            La carta contiene siete afirmaciones sorprendentes acerca de la muerte de Jesucristo, cada una de las cuales ilumina una faceta diferente de ella. Cuando las reunimos, tenemos un cuadro extraordinariamente completo de la amplia influencia de la Cruz.

1. La Cruz y la Salvación (1:3-5):

            Aquí, el Apóstol Pablo hace una afirmación teológica cuidadosamente equilibrada con respecto a la Cruz, que indica lo que le interesa abordar en la carta...

Primero, la muerte de Cristo Jesús fue tanto voluntaria como planificada. Por un lado, “se dio a sí mismo por nuestros pecados”, libre y voluntariamente. Por el otro, su autoentrega fue “conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre”. La muerte del Hijo se debió al propósito y la voluntad de Dios Padre, que ya había sido predicha en las Escrituras del Antiguo Testamento (A.T.)...

Segundo, la muerte de Cristo Jesús fue por nuestros pecados. El pecado y la muerte están integralmente relacionados en todas las Sagradas Escrituras como causa y efecto, como hemos visto. Generalmente el que peca y el que muere son la misma persona. Aquí, empero, si bien los pecados son nuestros, la muerte es la de Jesucristo: él murió por nuestros pecados, soportando la pena en nuestro lugar...

Tercero, el propósito de la muerte de Cristo Jesús fue rescatarnos. La Salvación es una operación de rescate, llevado a cabo a favor de gente cuya situación es tan desesperada que no pueden salvarse ellas mismas. En particular, murió para rescatarnos “del presente siglo malo”...

Cuarto, el resultado presente de la muerte de Jesucristo es Gracia y Paz. La “Gracia” es su libre e inmerecido favor; la “Paz” es la reconciliación con él y entre nosotros, lograda por medio de la Gracia. La vida de la era venidera es una vida de Gracia y Paz...

Quinto, el resultado eterno de la muerte de Cristo Jesús es que Dios Padre será glorificado para siempre.

            Aquí, entonces, en una sola oración compacta, tenemos la primera afirmación de Pablo sobre la Cruz en la Carta a los Gálatas. Si bien fue algo resuelto eternamente por la voluntad del Padre, Jesucristo se entregó a sí mismo voluntariamente por nosotros. La naturaleza de su muerte fue la penalidad por nuestros pecados, y su propósito fue rescatarnos de la vieja vida y transferirnos a la nueva, en la cual recibimos Gracia y Paz ahora, y Dios recibe gloria por siempre...

2. La Cruz y la experiencia (2:19 al 21)

            El que Jesucristo fue crucificado bajo Poncio Pilato es un hecho históricamente comprobado. ¿Pero qué podía querer decir Pablo al escribir que él había sido crucificado con Cristo? Como hecho físico está perfectamente claro que no había ocurrido, y como hecho espiritual resultaba difícil de entender...

            Es preciso que analicemos el contexto. Los vv. 15 al 21 se refieren en general a la justificación, a la forma en que un Dios justo puede declarar justos a los injustos. Pero, en particular, sostienen que los pecadores son justificados no por la Ley sino por la Gracia de Dios mediante la fe...

            Dado que la Ley exige mi muerte como quebrantador de la Ley que soy, ¿cómo puedo ser justificado? Sólo cumpliendo las exigencias de la Ley, sometiéndome a la muerte que ella demanda. Pero si hiciera esto yo mismo, ese sería mi fin. De modo que DlOS ha provisto otra solución. Jesucristo ha soportado sobre sí la pena que correspondía a mi quebrantamiento de la Ley, y ahora la bendición de lo que ha hecho me pertenece porque estoy unido a él. Al ser uno con Cristo, puedo decir “soy muerto para la Ley” (v. 19), porque cumplo sus demandas, por cuanto “con Cristo estoy juntamente crucificado” y ahora él vive en mí (v.  20)...

            Como en Ro. 6, así también en Gl. 2, Pablo responde a la acusación de antinomianismo declarando nuestra muerte y resurrección con Jesucristo. Aceptamos que nadie puede ser justificado por observar la Ley. Pero eso no quiere decir que estoy libre para quebrantar la Ley. Por el contrario, es inconcebible que continúe en el pecado. ¿Por qué? Porque he muerto; he sido crucificado con Cristo Jesús; mi antigua vida pecaminosa ha recibido la condenación que merecía...

            En consecuencia yo (el antiguo yo, pecaminoso y culpable) ya no vive más. Pero Jesucristo vive en mí. Dado que es evidente que sigo con vida, puedo decir que la vida que ahora vivo es una vida enteramente diferente. Es el viejo “yo” (pecaminoso, rebelde, culpable) el que ya no vive. Es el nuevo “yo” (justificado, libre de condenación) el que vive por la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó, por mí...

            Es importante captar la idea de que Pablo se esta refiriendo a la muerte y resurrección de Jesucristo, y a nuestra muerte y resurrección por unión con él. Presenta la misma verdad de dos maneras. Con respecto a la muerte de nuestra antigua vida, afirma que “[Cristo] me amó y se entregó a sí mismo por mí”, y también “soy muerto... con Cristo estoy juntamente crucificado”. Con respecto a la resurrección a nueva vida, tanto puedo decir que “vive Cristo en mi”, como que “vivo para Dios” (v.  19) o que “vivo en la fe del Hijo de Dios” (v.  20)...

3.- La Cruz y la predicación  (3.1-3):

            Aquí, el Apóstol Pablo acusa a los gálatas de necedad. Dos veces usa el término “insensatos”. Su necedad es tan poco característica y tan inaceptable que pregunta quién los “fascinó”. Da a entender que han sido hechizados, tal vez por el Archiengañador, aunque indudablemente por medio de falsos maestros humanos. La distorsión del Evangelio que evidencian es enteramente incompatible con lo que aprendieron de Pablo y Bernabé...

            Por lo tanto les recuerda lo que fue su predicación cuando estuvo con ellos. Jesucristo fue “presentado claramente” ante ellos como el que fue crucificado por ellos. ¿Cómo, entonces podían imaginar que, habiendo comenzado su vida cristiana por la fe en el Cristo crucificado, necesitaban continuarla mediante sus propios logros?

            Hay mucho que aprender de este texto acerca de la predicación del Evangelio. Primero, predicar el Evangelio es proclamar la Cruz...

Segundo, predicar el Evangelio es proclamar la Cruz visualmente. El Apóstol Pablo aquí asemeja su predicación del Evangelio ya sea a una enorme pintura en tela o a un avisador que exhibe públicamente un comunicado o aviso. El tema de su pintura o aviso era Jesucristo en la Cruz...

Tercero, predicar el Evangelio es proclamar la Cruz visualmente como una realidad presente. Jesucristo fue crucificado por lo menos quince años antes del momento en que Pablo escribía, y en nuestro caso hace casi dos milenios. Lo que el Apóstol Pablo hacía con su predicación (y lo que nosotros debemos hacer con la nuestra) era sacar ese acontecimiento del pasado y trasladarlo al presente...

            El ministerio, tanto de la palabra como del sacramento, puede hacerlo. Puede vencer la barrera del tiempo y convertir los hechos del pasado en realidades presentes de tal modo que la gente tenga que responder a ellas...

Cuarto, predicar el Evangelio es proclamar la Cruz como una realidad visual, presente y permanente. Porque lo que tenemos que anunciar (igual que el Apóstol Pablo) a la vista de la gente no es simplemente al “Christos staurotheis” (aoristo) sino al “Christos estauromenos” (perfecto). El tiempo del verbo recalca no tanto el que la Cruz fue un hecho histórico del pasado sino el que su validez, poder y beneficios son permanentes. La Cruz nunca cesará de ser para los creyentes el poder de Dios para la Salvación...

Quinto, predicar el Evangelio es proclamar la Cruz también como el objeto de la fe personal.  El propósito del Apóstol Pablo era persuadirles que acudiesen y pusiesen su confianza en él como su Salvador crucificado. Y esto es justamente lo que habían hecho. La razón del asombro de Pablo estaba en que, después de haber recibido la justificación y el Espíritu por fe, ahora imaginaran que podían continuar la vida cristiana mediante sus propios logros. Se trataba de una contradicción con aquello que Pablo había presentado ante sus ojos...

4.- La Cruz y la sustitución (3:10 al 14):

            Lutero captó muy claramente lo que Pablo quería decir, y expresó sus implicancias con característica franqueza:

“Nuestro muy misericordioso Padre, viendo que estábamos oprimidos y vencidos por la maldición de la Ley, y que por ello estábamos sometidos a lo mismo de lo cual jamás podíamos ser librados mediante nuestro propio poder, mandó a su Hijo único al mundo y puso sobre él los pecados de todos los hombres, diciendo: Sé tú ese Pedro negador; sé tú ese Pablo perseguidor, blasfemador y cruel opresor; sé tú ese David adúltero; sé tú ese pecador que comió el fruto en el paraíso; sé tú ese ladrón que colgaba de la cruz; y sucintamente, sé tú la persona que ha cometido los pecados de todos los seres humanos; asegúrate por lo tanto que los pagues y satisfagas”.

            Es preciso que sintamos la lógica de la enseñanza de Pablo. Todo el que confía en la Ley está sujeto a maldición. Al comienzo del v. 10, el apóstol vuelve a usar la expresión que ya usó tres veces en  2.16: “los que son de obras de Ley” (literalmente), y que se tradujo "todos los que dependen de las obras de la ley”: La razón que le permite a Pablo declarar que los tales están “bajo maldición” es que la Escritura dice que es así: "Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley" (cf. Dt. 27:26). Ningún ser humano jamás ha “permanecido” cumpliendo “todas las cosas” que exige la Ley. Una obediencia continua y completa como esa no la ha logrado nadie, excepto Cristo Jesús...

            Así, en resumen, por haber desobedecido todos estábamos bajo la maldición de la Ley. Jesucristo nos redimió de ella al llevarla en lugar de nosotros. Como resultado recibimos, por la fe en Cristo, la prometida bendición de la Salvación. La secuencia es irresistible y sólo podemos responder en humilde adoración. Es sencillamente maravilloso que Dios en Cristo, en su santo amor por nosotros, estuviera dispuesto a ir hasta tales extremos, y que la bendiciones de que disfrutamos hoy se deban a la maldición que llevó él por nosotros en la Cruz...

5. La Cruz y la persecución  (5:11; 6:12)

            La Cruz de Jesucristo se menciona en ambos versículos, y en  5.11 se la llama “ofensa” o “tropiezo” (gr. “skandalon”). En ambos versículos, también, hay una referencia a la persecución. Según  5.11 Pablo está siendo perseguido porque predica la Cruz; según 6.12, los falsos maestros evitan la persecución predicando la circuncisión en lugar de predicar la Cruz...

            La alternativa para los evangelistas, pastores y maestros cristianos es predicar ya sea la circuncisión o la Cruz. “Predicar la circuncisión” es predicar la salvación por la Ley, es decir, mediante el éxito de los logros humanos. Con este mensaje se elimina la ofensa de la Cruz, que equivale a no poder ganarnos nuestra propia salvación; un evangelio así nos exime de la persecución...

            Debemos predicar que los seres humanos están rebelados contra Dios, sujetos a su justo juicio y perdidos (si son abandonados a su suerte), y que el Cristo crucificado que llevó sus pecados y su maldición es el único Salvador disponible... y de esta manera ser fieles...

            Si predicamos la Cruz de esta manera, es posible que nosotros mismos seamos empujados a la Cruz. Como escribió Erasmo en su tratado sobre la predicación: "Que recuerde siempre [el predicador] que la Cruz no les faltará jamás a quienes sinceramente predican el Evangelio”.

6. La Cruz y la santidad (5:24):

            Es esencial ver este texto (como cualquier otro, por cierto) en su contexto. En Gl. 5 Pablo se ocupa del significado de la libertad moral. La define como autocontrol, en oposición a permisividad o autoindulgencia; la opción está entre servirnos a nosotros mismos o servirnos unos a otros por amor (v. 13). Detrás de esta alternativa se encuentra el conflicto interior del cual todos los cristianos son conscientes. El apóstol llama a los protagonistas de esta batalla “la carne” (nuestra naturaleza caída, con la cual nacemos) y “el Espíritu” (el propio Espíritu Santo que mora en nosotros cuando nacemos de nuevo). En los vv. 16-18 describe la lucha entre los dos contendientes, porque los deseos de la carne y los del Espíritu se oponen...

            ¿Cómo podemos asegurar que los deseos del Espíritu se impongan sobre los deseos de la carne? Pablo responde que depende de la actitud que adoptamos hacia uno y otro. Según el v. 24, hemos de “crucificar” la carne, con sus malas pasiones y deseos. Según el v. 25, hemos de “vivir por” y “andar en” el Espíritu...

            El Apóstol Pablo elabora aquí la enseñanza de Jesucristo sobre lo de “tomar la Cruz” y seguirle. Nos dice lo que ocurre cuando llegamos al lugar de la ejecución; la crucifixión misma ya se ha llevado a cabo. Lutero escribe diciendo que los que pertenecen a Cristo Jesús clavan su carne a la Cruz, "de modo que aunque la carne siga con vida todavía, sin embargo no puede llevar a cabo lo que quisiera, porque está encadenada de manos y pies, y clavada firmemente a la Cruz”...

            Si no estamos preparados para crucificarnos a nosotros mismos de esta manera decisiva, descubriremos muy pronto que estamos “crucificando al Hijo de Dios de nuevo”. La esencia de la apostasía consiste en "cambiar de lugar, pasando del lado del Crucificado al de los ejecutores de la crucifixión”...

7. La Cruz y la jactancia  (6:14):

            La palabra griega “kauchaomai” significa, entre otras cosas, enorgullecerse de, gloriarse en, confiar en, regocijarse de, deleitarse en, vivir para. El objeto de nuestro orgullo y “gloria” llena nuestra horizonte, absorbe nuestra atención, consume nuestro tiempo y energías. En una palabra, nuestra “gloria” es nuestra obsesión. Algunas personas se obsesionan consigo mismas y su dinero, fama o poder; los falsos maestros en Galacia eran triunfalistas, obsesionados con el número de sus conversos (v. 13)...

            La obsesión del Apóstol Pablo, en cambio, era Cristo Jesús y su Cruz. Aquello que el ciudadano romano común consideraba como objeto de vergüenza, desgracia y aun repugnancia, era para Pablo su orgullo, jactancia y gloria. No podemos desechar esta perspectiva considerando que corresponde sólo a la idiosincrasia paulina. Como hemos visto, la Cruz ocupaba un lugar central en la mente de Jecristo, y ha ocupado siempre un lugar central en la fe de la Iglesia...

Primero, gloriarnos o jactarnos en la Cruz es verla como el modo de aceptación ante Dios. La más importante de todas las preguntas es cómo nosotros, siendo pecadores perdidos y culpables, podemos estar en pie ante un Dios justo y santo. Con el fin de responder a esta pregunta en forma clara y resonante fue que Pablo, en el apasionado calor de su controversia con los judaizantes, escribió sin demora su carta...

Segundo, gloriarnos o jactarnos en la Cruz es verla como el patrón de nuestra autonegación. Si bien Pablo escribe en relación con una sola Cruz (“la Cruz de nuestro Señor Jesucristo”), se refiere a dos crucifixiones, hasta tres. En la misma Cruz en la que fue crucificado nuestro Señor Jesucristo, “el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”... Deberíamos mantener íntimamente relacionadas entre sí las dos crucifixiones principales de 6.14, es decir la de Cristo y la nuestra. Porque no son dos, sino una.

            Es sólo la contemplación de la Cruz de Cristo Jesús lo que nos impulsará, incluso con ansias, a tomar nuestra cruz. Sólo entonces podremos con integridad exclamar, junto con Pablo, que en nada nos gloriamos sino en la Cruz...

CONCLUSIÓN:

            Para que a Cruz sea el centro de nuestra debemos ser muy conscientes que:

  • La Cruz es la base de nuestra justificación. Jesucristo nos ha rescatado del presente siglo malo (1:4) y nos ha redimido de la maldición de la Ley (3:13)...
  • Que la Cruz es el medio de nuestra santificación. Aquí es donde entran las otras tres crucifixiones. Hemos sido crucificados con Cristo (2:20). Hemos crucificado nuestra naturaleza caída (5:24). y el mundo nos ha sido crucificado a nosotros, como lo hemos sido nosotros al mundo (6:14)...
  • Que la Cruz es el tema de nuestro testimonio. Debemos anunciar a Cristo Jesús crucificado públicamente ante los ojos del mundo, de modo que puedan ver y creer (3:1). Al hacerlo, no debemos acomodar el Evangelio, quitándole lo que ofende al orgullo humano...
  • Que la Cruz es el objeto de nuestra jactancia. Dios prohíbe que nos jactemos en ninguna otra cosa (6:14). Podríamos decir que todo el universo paulina estaba en órbita alrededor de la Cruz. Llenaba su visión, iluminaba su vida, entonaba su espíritu. Se “gloriaba” en ella...

            Si la Cruz no ocupa para nosotros el lugar central en estas cuatro esferas, merecemos que se nos aplique la más terrible de todas las descripciones, la de “enemigos de la Cruz de Cristo” (Fil. 3:18)...

            El Apóstol Pablo era un consagrado amigo de la Cruz. Se había identificado tan íntimamente con ella, que sufría persecución física por ella. "Traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús" (Gl. 6:17), escribió. Aunque para el mundo fuera un estigma, las heridas y las cicatrices que había recibido, al dedicarse a la proclamación de Jesucristo crucificado, lo señalaban como auténtico esclavo de Cristo...

            El estigma de Cristo Jesús, en el espíritu y no en el cuerpo, sigue siendo una marca de autenticación para todo discípulo cristiano, y muy especialmente para todo testigo cristiano. Bien lo expresó Campbell Morgan:

            Es el que ha sido crucificado el que puede predicar la Cruz. Tomás dijo: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos no creeré”. El doctor Parker ha dicho que esto mismo es lo que el mundo está diciendo de la Iglesia. Y el mundo se lo dice también a todo predicador: “A menos que vea en sus manos la señal de los clavos, no creeré.”

            Es así. Quien puede predicar la Cruz es la persona que ha sido crucificada.(1).

BIBLIOGRAFÍA:

1.- LA CRUZ DE CRISTO. John Stott. Edit. Certeza. 1ra. Edición.


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