DIOS NO OBRA CONFORME A NUESTROS PLANES, SINO A LOS SUYOS - Jn. 3:16 y 20:31


Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 14/oct./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

INTRODUCCIÓN:

            En este relato que hemos leído, en realidad, Jesucristo no fue víctima. En Juan 10:17-18 declaró: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar”. Al contrario, su muerte era acorde con el plan y la Voluntad de Dios. Isaías escribió lo siguiente sobre la muerte en sacrificio del Mesías: “El Señor hizo recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros… el Señor quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir” (Is. 53:6, 10, NVI)...

            El Apóstol Pedro dijo en el sermón del día de Pentecostés que Jesús fue “entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch. 2:23; cp. 3:18; 4:27-28; 13:27; Mt. 26:24; Lc. 22:22; 24:44 y 46)...

            En lugar de haber sido tomado por sorpresa con su ejecución, el Señor la predijo en repetidas ocasiones (p. ej., Mt. 16:21; 17:22-23; 20:17-19; Lc. 24:6-7, 26). Para resaltar la importancia de la muerte de Cristo Jesús, los Evangelios dedican cerca de un quinto de su contenido a los últimos días de su vida. Juan le dedica nueve capítulos (12 al 20) –casi la mitad del relato de su vida– a los sucesos de la Semana de la Pasión...

            El Apóstol Juan, en su relato de la traición y arresto de Jesucristo, presenta cuatro características preeminentes que demuestran su majestad y gloria: su Valentía, Poder, Amor y Obediencia supremos...

 

1.- LA VALENTÍA SUPREMA DE JESUCRISTO (18:1-4a):

            La primera mención del valle de Cedrón en las Sagradas Escrituras había sido parte de otra escena de traición: la huida de David de Jerusalén cuando Absalón se rebeló (2a. S. 15:23). Asa (1a. R. 15:13), Josías (2a. R. 23:4-12) y Ezequías (2a. Cr. 29:16; 30:14) habían quemado allí ídolos debido a sus reformas...

            Al otro lado del conocido valle estaba la vertiente occidental del Monte de los Olivos (Lc. 22:39), donde había un huerto. El Apóstol Juan no nombra aquel lugar, pero Mt. 26:36 y Mc. 14:32 lo llaman Getsemaní. El nombre quiere decir literalmente “lagar”, lo cual sugiere que era un olivar (tales olivares eran comunes en el Monte de los Olivos; de ahí su obvio nombre). El hecho de que Cristo Jesús entrara al huerto con sus discípulos y luego saliera (v. 4) sugiere que se trataba de un huerto identificable, incluso tal vez fuera privado, estuviera cercado y fuera propiedad de alguna familia adinerada de Jerusalén que le permitía al Señor usarlo...

 

            El Señor tenía otra razón para escoger este lugar específico cuando sus enemigos lo arrestaron: Jerusalén estaba abarrotada de peregrinos, muchos de los cuales le habían proclamado fervientemente como el Mesías pocos días antes. Su arresto podía haber provocado una insurrección por parte de la multitud nacionalista. Eso era exactamente lo que temían los líderes judíos, por lo tanto “tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús, y matarle. Pero decían: No durante la fiesta, para que no se haga alboroto en el pueblo” (Mt. 26:4-5; cp. 21:46; Lc. 19:47-48)...

            Jesucristo tampoco quería ser el catalizador de una revuelta del pueblo, pues no había venido como conquistador militar para derrocar a los romanos (cp. Jn. 6:15); vino a morir en sacrificio por el pecado (Mt. 1:21; Jn. 1:29). Más aún, los discípulos podrían haber muerto en el tumulto subsiguiente y el Señor quería protegerlos (véase la explicación del v. 9 más abajo)...

            Mientras tanto, los planes malvados de Judas estaban por concretarse. Pocos días antes se había acercado a las autoridades judías y se había ofrecido a traicionar al Señor. Entonces, en un momento anterior de esa noche, Judas, tras ser despedido por Cristo Jesús, salió para preparar los detalles finales de la traición...

            Ahora, tomando una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos, Judas llevó “mucha gente” (Mt. 26:47) a Getsemaní, donde él sabía que Jesucristo estaría esperando...

            Una compañía de soldados completa constaba de entre 600 y 1000 hombres. Sin embargo, es improbable que se hubiera enviado la compañía completa acuartelada en Jerusalén para mantener el orden durante el tiempo de la Pascua para arrestar a Jesucristo. Probablemente se tratara de un destacamento más pequeño, conocido como “manípulo”, compuesto aproximadamente de 200 hombres. En cualquier caso, fueron tantos soldados que el oficial que los dirigía también los acompañó (v. 12). La referencia de Juan a la unidad mayor a la cual pertenecía este destacamento es una figura del lenguaje. De igual manera, si se dice que el cuerpo de bomberos apagó un incendio, no quiere decirse que todo el departamento participara. Para los romanos era usual enviar un destacamento tan grande para lidiar con un individuo potencialmente problemático; dedicaron 470 soldados para llevar a Pablo de Jerusalén a Cesarea (Hch. 23:23).(1)

            Llegaron con linternas y antorchas, y con armas. «Fueron con linternas a buscar la Luz del mundo.» (2)

            Pero el Señor no tenía intención de esconderse o huir. En su lugar, con calma, dominio propio y valentía, Cristo Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de sobrevenir, se adelantó en el huerto y salió al encuentro de quienes venían a arrestarlo. La nota de Juan según la cual Jesucristo sabía todas las cosas que le habían de sobrevenir, enfatiza su omnisciencia y su dominio completo de la situación. La rendición voluntaria del Señor enfatiza una vez más que Él ofreció su vida espontáneamente (Jn. 10:17-18).

            Además de un reconocido gesto de respeto y afecto, esta clase de beso era un homenaje en aquella cultura. Entre las variedades de besos (en los pies, las manos, la cabeza, el dobladillo de las prendas), Judas escogió el que declaraba el homenaje y amor más profundos. El beso en la mejilla, junto con un abrazo, era propio de un amigo íntimo. Así, la traición de Judas se hacía la más despreciable...

 

2.- EL PODER SUPREMO DE CRISTO (18:4b-6):

            Cristo Jesús, la pretendida víctima, se hizo cargo de la situación Y les dijo: “¿A quién buscáis?”. Le respondieron (probablemente los líderes, quizás declarando las órdenes oficiales): A Jesús nazareno. El Señor les dijo: “Yo soy”. Como en ocasiones anteriores (p. ej., 8:24, 28, 58), Jesucristo tomó para sí el nombre de Dios en Éx. 3:14: “YO SOY”...

            Antes de narrar la sorprendente respuesta de la multitud a las palabras de Cristo Jesús, Juan inserta una declaración parentética: “Y estaba también con ellos Judas, el que le entregaba”. Este detalle, en apariencia insignificante, vuelve a enfatizar el dominio absoluto de Jesucristo sobre las circunstancias. Juan quiere dejar claro que Judas era tan solo uno de aquellos que experimentaron lo que estaba a punto de ocurrir. Judas no tenía ningún poder sobre Cristo Jesús (cp. 19:11), cayó al suelo con el resto de los presentes...

            Jesucristo demostró su dominio divino de manera sorprendente. Inmediatamente después de que les dijo: “Yo soy”, retrocedieron, y cayeron a tierra. Lo único que hizo Cristo Jesús fue decir su nombre –el Nombre de Dios– y sus enemigos quedaron indefensos. Claramente, la demostración sorprendente de su poder revela que ellos no capturaron a Jesús. Él fue con ellos voluntariamente para ejecutar el plan divino de redención que requería su muerte en sacrificio...

            La Biblia habla repetidas veces del poder de la palabra divina hablada. Él habló y los cielos y la tierra se crearon (Gn. 1:3, 6, 9, 11, 14, 20, 24, 26; cp. Sal. 33:6), se juzgó a Satanás y a la humanidad (Gn. 3:14-19), la generación de israelitas rebeldes murió en el desierto (Nm. 26:65) e Israel estuvo exiliado por setenta años (2a. Cr. 36:21). Cuando el Señor Jesucristo regrese, ejecutará el Juicio sobre sus enemigos “con la espada que salía de [su] boca” (Ap. 19:21; cp. v. 15; 1:16; 2:16). El relato de Juan resalta el poder divino de Jesucristo, pues por su palabra, sus enemigos cayeron de espaldas al suelo...

 

3.- EL AMOR SUPREMO DE CRISTO (18:7-9):

            Al hacer declarar a sus captores dos veces que su orden era solamente arrestarlo a Él, el Señor los forzó a reconocer que no habían recibido autoridad de sus superiores para arrestar a sus discípulos. Su exigencia de dejar libres a los once estuvo respaldada por el impresionante poder que acababa de demostrar...

            ¿Por qué protegió Cristo Jesús a sus discípulos del arresto? El Señor es el Buen Pastor que protege a sus ovejas. No es como el asalariado que huía cuando veía al lobo acercarse (Jn. 10:12-13). Jesucristo protegió a los discípulos del arresto para que se cumpliese aquello que había dicho: “De los que me diste, no perdí ninguno” (cp. 6:39, 40, 44; 10:28; 17:12). Esta declaración es sorprendente y significa que evitó el arresto de ellos para que no se perdieran. Cada uno era un regalo del Padre al Hijo. (Jn. 6:37-40)...

            ¡Él no iba a perder a nadie! La implicación es que de haber sido arrestados, su fe habría decaído y habrían perdido la salvación. El Señor sabía que el trauma de un arresto y la prisión, incluso la misma ejecución, habría alterado la fe de los discípulos. Por lo tanto, se aseguró de que no los capturaran...

            ¿Significa eso que la salvación puede perderse? ¿Que la fe puede fallar? Si de nosotros depende, por supuesto. Pero nunca nos perderemos ni fallará nuestra fe precisamente porque nuestro Señor nos mantiene a salvo. Él nunca permite que venga algo sobre nosotros superior a lo que nuestra fe pueda soportar.

            Los creyentes pueden estar confiados en que Dios siempre cumplirá su promesa de no permitir tentaciones mayores a las que su capacidad pueda resistir (1a. Co. 10:13). Su seguridad eterna no está en sus propias fuerzas, sino en la intercesión constante de Cristo Jesús (He. 7:25; 1a. Jn. 2:1-2) y en su amor incesante por ellos (Ro. 8:35-39)...

 

4.- LA OBEDIENCIA SUPREMA DE CRISTO (18:10-11):

            Presintiendo lo que estaba a punto de ocurrir, los discípulos exclamaron: “Señor, ¿heriremos a espada?” (Lc. 22:49). Sin esperar la respuesta del Señor, Simón Pedro, envalentonado por el despliegue imponente del Poder divino de Jesucristo recién visto, atacó para defender al Señor impulsiva e innecesariamente.(1)

            ¿Qué indujo a Pedro a obrar de una forma tan imprudente y precipitada? W. Hendriksen opina con razón que Pedro debió de sentirse envalentonado por el maravilloso triunfo del poder de Cristo sobre sus enemigos, al hacer que cayesen por tierra con sólo decir: «Yo soy». Y al pensar que la victoria militar era así segura, quiso figurar entre los héroes de la batalla que bien se merecen una medalla, y tiró de la daga (gr. mákhaira, como en Ef. 6:17) que los soldados usaban para el combate cuerpo a cuerpo (v. también Lc. 22:52, donde sale el mismo vocablo). No cabe duda de que Pedro intentaba partirle la cabeza a Malco (¿qué habría pasado si le mata?), pero erró el golpe, ya fuese por providencia de Dios o porque Malco se echó rápidamente a un lado, y le cortó la oreja derecha, como especifican Lucas (22:50) y Juan (18:10). Si quedó separada totalmente de la cabeza (como indica el verbo usado en Mt. 26:51; Mr. 14:47; Lc. 22:50), o permaneció colgando de ella, no lo sabemos y poco importa para el milagro de la curación que Jesús llevó a cabo de inmediato.(3)

            El Señor actuó rápidamente para calmar la situación. Le dijo a Pedro, reprendiéndolo con dureza: “Basta ya; dejad , mete tu espada en la vaina, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán” (Mt. 26:52). Él no era un rey terrenal que necesitara que sus seguidores lucharan para protegerlo (Jn. 18:36). De haberlo escogido, Cristo Jesús podría haber llamado defensores más poderosos que los discípulos (Mt. 26:53)...

            Entonces el Señor “tocando [la oreja de Malco], le sanó” (Lc. 22:51). Esta fue otra demostración del poder divino de Cristo Jesús en un lapso de pocos minutos. Tras verlo crear una oreja, la multitud debiera haber caído a sus pies y adorarlo. Pero cegados y endurecidos por su pecado, le arrestaron (v. 12), demostrando otra vez la verdad de lo que ya había escrito Juan en su Evangelio: “Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él” (12:37)...

            La acción valiente pero impetuosa de Pedro reveló su continuo fracaso en entender la necesidad de la muerte de Jesucristo. Después de su sonora afirmación de que Jesús era el Cristo (Mt. 16:16), el Señor habló a los discípulos sobre su muerte (v. 21). Sobresaltado, “Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca” (v. 22). Ahora, cuando había llegado el momento, Pedro no lo captaba, luego Cristo Jesús se lo recordó (y al resto de los discípulos): “La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?”. La copa de la cual habla el Señor era la copa del Juicio Divino (cp. Sal. 11:6; 75:8; Is. 51:17, 22; Jer. 25:15; Ez. 23:31-34; Mt. 26:39; Ap. 14:10; 16:19), la vaciaría completamente en la Cruz cuando Dios hizo pecado por nosotros al que no conoció pecado, “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2a. Co. 5:21). La valentía, poder, amor y obediencia supremos de Cristo Jesús llevarían a ese sacrificio de Salvación.(1)

 

CONCLUSIÓN:

            Hemos aprendido en este pasaje que nuestro Señor Jesucristo tenía todo bajo su control, sin necesidad de recurrir a la 'ayuda humana”.

            Al igual que nuestro Gran Salvador, cuando nos hallemos en algún aprieto, deberíamos procurar que ninguna otra persona quedase involucrada en ello, pues no es ninguna vergüenza para los discípulos de Cristo caer mansamente. Los que desean recibir honores de los hombres suelen estar dispuestos a pagar su vida tan cara como les es posible, pero los que saben que su sangre es preciosa para Cristo no necesitan adoptar tan costosas resoluciones...

            Cuando paseemos por nuestros huertos o jardines, aprovechemos la ocasión para meditar en los sufrimientos de Jesucristo en un huerto, a los cuales debemos todo el deleite que podemos disfrutar en nuestros huertos y jardines. Por otra parte, cuando nos hallemos contentos con nuestras posesiones y deleites no perdamos de vista la segura expectación de aprietos y problemas, pues nuestros jardines deleitosos están situados en un valle de lágrimas...

            Nosotros no debemos desear conocer de antemano lo que nos espera, pues sólo serviría para aumentarnos el dolor. «Le basta a cada día su propio mal» (Mt. 6:34); sin embargo, nos hará mucho bien esperar sufrimientos en general. Por eso, es necesario sentarse para calcular el costo (v. Lc. 14:28, 31)...

            Muchos piensan que, por hallarse en momentos de dolor y de apuro, tienen excusa para expresarse en términos duros y violentos con los que les rodean, pero Jesucristo nos da aquí ejemplo de mansedumbre y paciencia en medio de los sufrimientos.  (3)

 

¡S.D.G!

 

BIBLIOGRAFÍA:

1.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur. Edit. PORTAVOZ.

2. - COMENTARIO BÍBLICO. William Mac Donald. Edit. CLIE.

3.-  COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE.


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