Y VOS, ¿DE QUÉ LADO ESTAS?- JUAN 18:39- 19:16


Autor: Ricardo Martinez
Publicado: 11/nov./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

Tiempo atrás, cuando estudiamos la Cruz de Cristo, vimos que a través de los siglos ha habido un intenso debate sobre quién o quiénes fueron los responsables por la muerte de Jesucristo. Algunos culpan a los romanos, pues fueron quienes lo sentenciaron y ejecutaron (Mt. 20:19; Jn. 19:10, 16, 18).  

Otros argumentan que los judíos (sobre todo los líderes) fueron los responsables, pues “pidieron a Pilato que se le matase” (Hch. 13:28). Uno de los discípulos se lamentó en el camino a Emaús porque los principales sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.” (Lc. 24:20).

En el día de Pentecostés, Pedro dijo a las multitudes de Jerusalén: Fue entregado conforme al plan determinado y el conocimiento anticipado de Dios, y ustedes lo aprehendieron y lo mataron por medio de hombres inicuos, crucificándolo. (Hch. 2:23).

Poco después, Pedro volvió a culpar a sus conciudadanos por la muerte de Cristo en Hechos 3:12-15 (“…Varones israelitas…el Dios de nuestros antepasados, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien ustedes entregaron y negaron delante de Pilato, cuando éste ya había resuelto ponerlo en libertad.  Pero ustedes negaron al Santo y Justo, y pidieron que se les entregara un homicida.  Fue así como mataron al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de los muertos. De eso nosotros somos testigo”)

Más adelante el apóstol Pedro nuevamente declara la responsabilidad de los judíos en la muerte del Señor: “Es un hecho que Herodes y Poncio Pilato, junto con los no judíos y el pueblo de Israel, se reunieron en esta ciudad en contra de tu santo Hijo y ungido, Jesús, para hacer todo lo que, por tu poder y voluntad, ya habías determinado que sucediera.” (4:27-28).

Ante ambos grupos Jesús aparecía como un pensador y predicador revolucionario, y algunos lo consideraron también como un activista revolucionario.

En el juicio religioso ante el tribunal judío se lo acusó de blasfemia. En el juicio civil ante el tribunal romano se lo acusó de sedicioso. En un caso el cargo era teológico, en el otro la denuncia fue política. Pero ya fuera que su ofensa se considerara dirigida contra Dios o contra el César, el resultado fue el mismo. Los líderes percibieron a Jesús como una amenaza contra la ley y el orden, y no podían tolerarlo.

La verdad es que, humanamente hablando, los romanos tuvieron parte mientras los judíos fueron los instigadores con mayor culpa por la muerte de Cristo. Pero la responsabilidad real no recae solamente en ellos.

Como vimos en los textos que leímos, Cristo murió por la propia determinación divina de cargar sobre su Hijo los pecados de quienes fueran a obtener la salvación. Murió por la voluntad de su Padre.

Ni los romanos ni los judíos tenían el poder de quitarle la vida. De hecho, tampoco los pecadores por quienes murió. Él dijo: Nadie me la quita (a la vida), sino que yo la doy por mi propia cuenta. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volver a tomarla. Este mandamiento lo recibí de mi Padre.” (Juan 10:18).

Pero el control soberano y divino de los eventos no disminuye la responsabilidad de los individuos por sus acciones. El domingo pasado vimos la primera fase del juicio civil al Señor Jesús (acusación, interrogatorio y la decisión). En el pasaje que consideraremos hoy relata la última parte de ese juicio civil a Cristo. Como ocurrió en la primera fase (18:28-38), esta, estuvo presidida por el débil, cobarde y vacilante Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea.

En este pasaje hay varios actores que se interrelacionan. Aquí nuevamente, por su conducta, quien “se destaca de una manera especial” es Pilato, no es el más importante, porque el más importante siempre será el Señor Jesucristo. Ya que no podemos leer este pasaje sin percibir la absoluta majestad del Señor Jesús y el control de la situación que ejerce a pesar de las circunstancias por las que estaba atravesando.

Veremos, no obstante, a un oscilante Pilato que pierde el control de la situación y que a través de sus acciones revela sus propuestas fallidas sobre el caso, su terrible pánico con los sucesos que se le salían de control y cuyo resultado fue la sentencia de muerte del Señor Jesucristo.

I. LOS INTENTOS FALLIDOS DE PILATO. (18:39 – 19:7)

            Conviene recordar muy brevemente que Pilato tenía reputación como un administrador capaz, con un sentido típico romano de trato justo. Pero era odiado por los judíos porque los trataba con desprecio. No olvidaban como los había humillado al comienzo de su gobierno. Los dirigentes judíos llevaron a Jesús ante él con la denuncia: "A este hemos hallado que pervierte a la nación" y agregaron que "prohíbe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey" (Lc. 23:2).

            Como vimos la semana pasada, Pilato había intentado sin éxto librarse de este caso que sin duda era explosivo cuando con ironía les dijo a los líderes judíos que lo juzgaran ellos según su ley (Jn. 18:31). Como estos se negaron (pues no tenían permitido matar a nadie), Pilato intentó transferir el caso a Herodes Antipas, que gobernaba Galilea de donde era oriundo el Señor. Pero este solo se burló de Jesús y lo devolvió a Pilato dejándolo en medio de un gran dilema. Intentará entonces algunas propuestas para resolver la situación que al final resultarían fallidas.

  1. Pilato quería evitar la condena de Jesús, pero al mismo tiempo no quería exculparlo por temor a una revuelta de los que acusaban al Señor. Pretendía ser justo con Jesús y al mismo pacificar a los judíos, así que desesperado por librarse de esa situación tensa y peligrosa concibe otro plan.

Como había una costumbre de que el gobernador liberara a un prisionero en la Pascua como un gesto de buena voluntad, Pilato ofreció a la multitud soltar a Jesús no sin usar un tono burlón al llamarlo Rey de los judíos, pues sabía que los líderes rechazaban furiosamente a Jesús como rey. La oferta parecía ser una solución al problema pues al saber que habían aclamado a Jesús como rey unos días antes, esperaba de esa manera forzar a los líderes a acordar la liberación de Jesús.

Lamentablemente la jugada no le salió bien, los principales sacerdotes manipularon a una multitud inconstante que pidió que liberaran a Barrabás, un preso famoso v (Mt. 27:16), un asesino e insurrecto según Marcos y Lucas (Mr. 15:7; Lc. 23:18; Hch. 3:14). Así, irónicamente, los líderes judíos que le exigían a Pilato la condena de Jesús por insurrecto, exigían la liberación de Barrabás, un insurrecto reconocido que es la antítesis del Señor y un representante del pecado.

  1. Pilato se estaba quedando sin opciones, así que en un nuevo intento desesperado por calmar a la multitud mandó azotar a Jesús. De acuerdo al relato (19:5, 19:12), es muy probable que Pilato ordenó el castigo no como una señal previa a la crucifixión, sino más bien para evitar la necesidad de sentenciar a Jesús a la cruz, pero lo único que hizo fue hundirse más en una terrible injusticia al castigar brutalmente a quien ya había declarado inocente.

Pilato esperaba que la brutalmente golpeada y sangrante imagen de Jesús saciara la sed de sangre y despertara la simpatía de la multitud. Pero se equivocó nuevamente, el ver a Jesús en esas condiciones solo estimuló su apetito mortal, como tiburones que siente la sangre en el agua. Gritaron: ¡Crucifícale, crucifícale!

  1. Totalmente molesto por la insensibilidad de la multitud y queriendo librarse de Jesús a toda costa, un exasperado Pilato les trae una nueva propuesta a los judíos, les dice: Pues llévenselo, y crucifíquenlo ustedes; porque yo no hallo en él ningún delito.” En otras palabras les dijo algo como “yo no quiero tener nada más que ver con Él, tómenlo y crucifíquenlo ustedes porque yo no lo encuentro culpable”.

Al darse cuenta de que ahora tenían la sartén por el mango, los judíos le respondieron: Nosotros tenemos  una ley, y según nuestra ley debe morir”. Sabían que Pilato todavía estaba intentando evadir el asunto y devolverles la pelota, pero ellos no la recibirían. Le recordaron a Pilato que ya habían juzgado a Jesús de acuerdo con la ley judía y lo hallaron culpable y merecedor de la muerte.

Habiendo intentado sin éxito hacer condenar a Jesús por motivos políticos como un insurrecto, querían ahora que Pilato lo sentenciara basándose en la ley religiosa judía.

Evidentemente este asunto era especialmente delicado para el vacilante Pilato, el cual había ofendido las sensibilidades de los judíos con respecto a la idolatría al inicio de su gobierno. Hacerlo de nuevo provocaría un disturbio de los judíos o una queja a sus superiores. Ambos serían fatales para sus ambiciones y para su futuro como gobernador.

II. EL MIEDO SUPERSTICIOSO DE PILATO. (19:8-12)

            A medida que la situación empeoraba, el miedo de Pilato iba aumentando. Pilato como la mayoría de los romanos era supersticioso y ahora estaba más asustado que nunca. Al escuchar a los líderes judíos decir que Jesús afirmaba ser el Hijo de Dios tuvo más miedo, no tanto por la determinación de los judíos a salirse con la suya, sino por la información que había recibido.

Pensar que Jesús fuera un hombre con poderes divinos, tal vez un dios o el hijo de un dios en forma humana (cp. Hch. 14:11), lo llenó de miedo. Si así fuera, acababa de azotar y golpear a alguien que podía usar sus poderes sobrenaturales para vengarse de él.

El sueño de la esposa de Pilato sobre Jesús y la advertencia de ella a él (Mt. 27:19) alimentó el miedo supersticioso de Pilato de que pudiera haber provocado la ira de los dioses.

Turbado en lo más profundo de su alma Pilato le pregunta a Jesús de dónde era, obviamente su pregunta no tenía nada que ver con la residencia terrenal de Jesús; Pilato ya sabía que Él era galileo (Lc. 23:6-7). La pregunta estaba relacionada con la naturaleza de Jesús: ¿Pertenecía al reino de la tierra o al reino de los dioses? Más Jesús no le dio respuesta. Irritado por el silencio del Señor, y ofendido por la aparente falta de respeto a su autoridad y poder, presumió de su autoridad para crucificar o soltar al Señor. Podía tener el derecho pero era evidente que le faltaba el valor para cualquiera de las dos cosas.

La presunción arrogante de Pilato no era cierta. Rompiendo su silencio, Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (es decir, de Dios). Aunque Pilato era  responsable por sus acciones, no tenía el control final sobre los sucesos relacionados con el Hijo de Dios. Nada de lo que ocurre—ni siquiera la muerte de Cristo—está fuera de la soberanía de Dios. Frente a la oposición y el mal, Jesús se consoló y descansó en el control soberano del Padre sobre los acontecimientos (cp. 6:43-44, 65). Nosotros debemos hacer lo mismo.

A esta altura, el gobernador seguía sin convencerse de que Jesús fuera culpable de algo que mereciera la muerte. Por lo tanto, procuraba soltarle, ya fuera con nuevos intentos de razonar con la multitud o preparándose para declararlo inocente. Pero sus intentos tuvieron un abrupto fin. Cuando los judíos se dieron cuenta de que no habían convencido a Pilato de la culpa de Jesús, asustados porque el gobernador lo liberara, dieron voces, diciendo: Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone”. Aquí hay otra ironía hipócrita y corrupta, pues el odio de los judíos hacia el gobierno romano indicaba con certeza que eran de todo menos amigos del César.

Eso fue el colmo para Pilato; la amenaza de los judíos finalmente lo abrumó. No podía arriesgarse a que dijeran al emperador que él había liberado a un revolucionario, especialmente uno que se hace rey en oposición al César.

Pilato temía por su posición, su poder, sus posesiones e incluso su vida. Sintió que ahora no tenía otra opción sino ceder ante los deseos de los judíos y pronunció la sentencia que le exigían.

III. LA SENTENCIA FINAL DE PILATO. (19:13-16)       

            Después de oír lo que los judíos le gritaban, Pilato llevó fuera a Jesús. Se sentó en el tribunal y se preparó para dictar sentencia formalmente sobre Jesús.

Irónicamente, Pilato juzgaba a quien el Padre había concedido todo juicio (Jn. 5:22), a quien un día lo sentenciaría a él por la eternidad.

Era la preparación de la Pascua y cerca del mediodía cuando Pilato con un resentimiento incontrolable provocó con un último comentario sarcástico a los judíos, cuando con tono burlesco les dijo: “¡He aquí vuestro Rey!”, sugiriendo que ese hombre maltratado, ensangrentado e indefenso era todo el rey que ellos necesitaban.

Furiosos ellos gritaron ¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo! Pilato les dijo: ¿Y he de crucificar al Rey de ustedes? En un acto escalofriante de hipocresía ellos respondieron: No tenemos más rey que el César. Lo irónico era que su declaración era verdadera: Habiendo rechazado a su rey mesiánico, solo les quedaba el César como rey.   

En una ironía aún más amarga, quienes acusaron a Jesús de blasfemia cometieron un acto blasfemo, pues solo Dios era el verdadero Rey de Israel (Jue. 8:23; 1° S. 8:7; Sal. 149:2; Is. 33:32).

Todas las opciones se habían agotado. Pilato reconoció la derrota y entregó a Jesús a ellos para que fuese crucificado. Juan no dice que los judíos asumieron la custodia física de Jesús; los soldados romanos realizarían la crucifixión. Más bien, el sentido es que Pilato “entregó a  Jesús a la voluntad de [los judíos]” (Lc. 23:25).

Pilato abandonó a Jesús en manos de la multitud porque no tuvo el coraje necesario para tomar la decisión correcta y hacer lo que le correspondía, ponerse del lado del inocente Señor Jesucristo.

Es imposible no horrorizarnos ante la conducta de Pilato. Sin embargo muchas veces pasamos por alto el hecho de que hay ocasiones en que nos vemos tentados a actuar de manera similar.

¿Cuántas veces podemos llegar a comprometer nuestras convicciones para evitar el costo de una entrega total a Cristo? ¿Cuántas veces podemos tomar caminos sinuosos tratando de evitar los principios o mandamientos de la Palabra de Dios? ¿Cuántas veces podemos desligar decisiones en manos de otros para no vernos comprometidos? ¿Cuántas veces podemos decir que le creemos al Señor pero con los hechos demostramos lo contrario? ¿Cuántas veces podemos declarar públicamente lealtad y fidelidad y al mismo tiempo lo negamos en nuestro corazón?

CONCLUSIÓN:

Pilato debía hacer una elección. ¿Estaría del lado de Jesús o de sus temores y ambiciones, del lado del honor o de su posición, del lado de los principios éticos o de la conveniencia personal? Su sentencia final nos da la respuesta. Pilato cedió porque era un cobarde.

También los líderes religiosos debían hacer su elección. ¿Elegirían a Jesús o al César? Ellos hicieron su terrible elección, exclamando “No tenemos más rey que el César”.

Sin duda este pasaje tiene muchas enseñanzas, pero creo que la lección principal que debemos aprender respecto al juicio del Señor Jesús ante Pilato, es QUE NUNCA SE PUEDE SER NEUTRAL FRENTE A JESÚS.

  Siempre hay que tomar una posición, o a favor o en contra. Ponerse del lado de quienes lo rechazaron y crucificaron, o reconocerlo como Señor y Salvador con todo lo que ello implica (seguir sus principios y enseñanzas y obedecer sus mandamientos).  

Como vimos, Pilato debía tomar su propia decisión, en lugar de tratar que la multitud la tomara por Él.

Nadie puede evadir esa elección y esa decisión personal con respecto a Jesucristo. De modo que no hay forma de escapar, somos nosotros mismos quienes debemos decidir qué haremos con Él, si lo aceptamos o lo rechazamos.

Pilato creía en la inocencia de Jesús, sin embargo se lavó las manos. La aparente “neutralidad” de Pilato fracasó por completo ya que cedió ante la presión e intimidación de la multitud.

Nadie puede andar con medias tintas con Jesús. No se puede servir a “dos amos”. Él dijo: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.” No se puede ser partidario del Señor en algunas cosas y neutrales en otras. Estamos a favor o en contra y “no hay vía intermedia”

Ustedes y yo podríamos tranquilamente pararnos al lado de Barrabás. Le hemos robado Su gloria a Dios, le dimos la espalda, hemos sido rebeldes, traidores contra el gobierno del cielo. Y si todo aquel que aborrece a su hermano es homicida, nosotros también hemos sido culpables de ese pecado.

A pesar de nuestro pecado, el Señor “NO se lavó las manos”, no se anduvo con medias tintas, no fue neutral. Y aun cuando era injusto, ÉL lo hizo, SE PUSO DE NUESTRO LADO,  el SALVADOR sin mancha ni pecado fue decidido y voluntariamente a la Cruz para tomar nuestro lugar. (¿Qué hubiera pasado si se declaraba neutra?)

Considerando esto, si tenemos que elegir. ¿De qué lado estaremos? Del lado del Señor Jesucristo o de nuestras conveniencias, o de nuestro prestigio, o de nuestra popularidad, o de nuestras opiniones, o de nuestros gustos, o de nuestras preferencias, o de nuestras posesiones, o del lado de Barrabás.

 El Señor nos ayude a sostener nuestras convicciones cristianas, a resistir la presión de las multitudes que a pesar de haber sido beneficiadas por nuestro Dios, lo rechazan con violencia. A ser verdaderamente fieles y completamente entregados a Él y a estar del único lado que un verdadero hijo de Dios puede estar: del lado del Señor Jesucristo.

¡Gloria a Nuestro Dios!                                                                                       Ricardo A. Martínez


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