EN LAS AGUAS DE LA MUERTE, SUMERGIDO FUE JESUCRISTO - Juan 19:17 al 30


Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 18/nov./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

Aunque la Cruz fue la expresión suprema del amor redentor de Dios, también fue la manifestación final de la depravación humana; el pecado más notorio contra la Luz, la Gracia y el Amor divinos. Cristo Jesús “sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo” (He. 12:3) por varias razones...

Primera, era Dios encarnado y “los designios de la carne son enemistad contra Dios” (Ro. 8:7). También era la hora del infierno (Lc. 22:53), el tiempo en que la serpiente heriría su calcañar (Gn. 3:15). Aun así, Jesucristo al final sufrió según el plan soberano de Dios; “el SEÑOR quiso quebrantarlo y hacerlo sufrir” (Is. 53:10, NVI, cp. Ro. 8:32). En la Cruz el Dios soberano utilizó los esquemas de maldad de hombres impíos (cp. Gn 50:20; Sal 76:10) para llevar a cabo su propósito: la redención de los pecadores perdidos. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó” (Ef. 2:4). “El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Ro. 8:32) ...

            El tema de la Cruz está por todo el Evangelio de Juan. El pecado condena a la humanidad a la muerte espiritual, la cual resulta en la separación eterna de Dios, en el castigo infinito del infierno. En 8:24 Cristo Jesús advirtió solemnemente: “Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis”. En 3:36 Juan el Bautista añadió: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (cp. Ro. 1:8; 5:9; 1 Ts. 1:10). El único remedio para el pecado y sus consecuencias eternas es el sacrificio expiatorio de Jesucristo en la Cruz...

            Cuando Juan narraba la historia de la crucifixión, como lo hizo por todo el Evangelio, le preocupaba presentar a Jesucristo en toda su majestad y gloria. De acuerdo con ello, Juan no se centra en las características del sufrimiento físico de Cristo (ninguno de los Evangelios lo hace) o de la infamia de la crucifixión (como lo hace, por ejemplo, Mateo) ...

            En su lugar, Juan se centra en cuatro aspectos de la Cruz que enfatizan la magnificencia de la persona de Cristo Jesús: los cumplimientos específicos de la profecía, el título que Pilato escribió, la expresión del amor desinteresado de Jesucristo y su conocimiento sobrenatural y control soberano de los acontecimientos...

1.- LOS CUMPLIMIENTOS ESPECÍFICOS DE LA PROFECÍA (19:17-18, 23-24):

            Después que Pilato pronunció su sentencia (19:16; cp. Lc. 23:24), sus soldados tomaron, pues, a Cristo Jesús, y le llevaron. Los Evangelios sinópticos dicen que fueron los soldados quienes llevaron a Jesucristo (Mt. 27:31; Mr. 15:20; Lc. 23:26), lo cual sugiere que el Señor fue voluntariamente, sin resistencia. Así cumplía la profecía según la cual el Mesías iría a su muerte “como cordero… al matadero” (Is. 53:7) y no a la fuerza como la mayoría de los prisioneros...

            Así las cosas, Jesucristo no era “una víctima indefensa sino el Rey-Pastor que entregaba su vida por sus ovejas (10:11, 15, 17; 15:13)” ...

            Cuando los soldados llevaban a Cristo Jesús, Él estaba cargando su cruz, así era el procedimiento romano normal. Al prisionero condenado se le forzaba a cargar parte de la cruz en sus hombros cuando lo llevaban por las calles hacia el lugar de la ejecución. Ver al prisionero aterrorizado, ensangrentado y golpeado, cargando parte del instrumento de su propia ejecución, ilustraba que no hay crimen sin castigo...

            Desde el tiempo de los Padres de la Iglesia, los intérpretes han considerado que cuando Jesucristo carga su cruz hay una alusión a Isaac, quien, como Cristo Jesús, llevó en su espalda la madera que habría de usarse en su sacrificio (Gn. 22:6) ...

            De acuerdo con la ley del Antiguo Testamento (Nm. 15:36) y la práctica romana, las ejecuciones ocurrían a las afueras de la ciudad. Por lo tanto, Jesucristo salió de Jerusalén al lugar de la ejecución. Tal cosa también cumplió la tipología del Antiguo Testamento. De acuerdo con la ley mosaica, las ofrendas por el pecado debían hacerse fuera del campamento de Israel....

            El Apóstol Juan, como los evangelistas de los Sinópticos (Mt. 27:35; Mr. 15:24; Lc. 23:33), no se detiene en el sufrimiento físico del Señor. En lugar de describir minuciosamente el proceso de crucifixión, Juan declara simplemente: “Allí le crucificaron”. El sufrimiento infinitamente superior de Cristo Jesús está en haber cargado el pecado y estar separado del Padre (Mt. 27:46)...

            En Juan 3:14 Jesucristo se refirió a dicho incidente como predicción tipológica de su propia muerte: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado”. En 8:28 Cristo Jesús volvió a hablar de levantarse en su muerte: “Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo” ...

            El Señor predijo el modo de su muerte por tercera vez cuando declaró: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (12:32). Como Juan lo explica: “decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir” (v. 33; cp. 18:31-32). Entonces era obvio que el Señor no podía morir por manos de los judíos. La forma de ejecución de los judíos (cuando los romanos la permitían) era la lapidación, que requería tirar una persona al suelo, no levantarla. La crucifixión de Jesucristo a manos romanas cumplió específicamente la descripción de Números 21 y las predicciones de Jesús...

            El Salmo 22 proporciona una descripción aún más gráfica de la crucifixión de Cristo Jesús. Notablemente, David, que no tenía conocimiento de crucifixiones, escribió una descripción vívida de la crucifixión de Jesucristo muchos siglos antes de que ocurriera. “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46), el grito de abandono y desespero del Señor es una cita directa de las palabras iniciales de este salmo. Los versículos 6-8 reflejan el escarnio lanzado contra Cristo Jesús cuando estaba en la cruz:

“Pero yo, gusano soy y no hombre; la gente se burla de mí, el pueblo me desprecia. Cuantos me ven, se ríen de mí; lanzan insultos, meneando la cabeza: «Éste confía en el S EÑOR, ¡pues que el S EÑOR lo ponga a salvo! Ya que en él se deleita, ¡que sea él quien lo libre!» ...

El paralelismo con Mateo 27:39-43 es llamativo:

“Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios...”

            David también describió el tormento físico que el Señor soportó. Sufrió agotamiento (v. 14): la posición no natural de su cuerpo provocó que sus huesos se descoyuntaran (v. 14) y cargó su corazón (v. 14). El v. 15 dice que se agotaban sus fuerzas y habla de su sed abrasadora; el v. 16 habla sobre los clavos en sus manos y pies (cp. Zac. 12:10) y el v. 17 sobre su cuerpo consumido y tenso...

            Los hechos de los soldados, después de que hubieron crucificado a Jesucristo también cumplieron las palabras del Salmo 22...

            Aunque los soldados actuaban con motivos puramente egoístas, sus acciones impulsaron el plan soberano de Dios y validaron la exactitud bíblica con el cumplimiento de la profecía. Como lo anota Juan, lo que hicieron fue cumplir la Escritura, que dice: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” ...

            Y así lo hicieron los soldados. “Una vez más vemos su planteamiento central [el de Juan] según el cual Dios está sobre todo lo que se estaba haciendo, dirigiendo de tal forma todas las cosas que se hiciera su voluntad y no la de un hombre enclenque. Por esto actuaron los soldados como lo hicieron”. (1)

            A propósito de esta profecía, Hendriksen menciona el estudio del Dr. J. F. Free, quien, de acuerdo con el llamado cómputo del canónigo Liddon, asegura que en el Antiguo Testamento se hallan 332 profecías que se cumplieron literalmente en Cristo, lo cual es una prueba contundente de la inspiración divina de las Escrituras, ya que la probabilidad natural de que todas esas profecías se cumpliesen en un solo ser humano puede representarse matemáticamente en una fracción o quebrado, en que la unidad es presentada sobre la cifra 84 ¡seguida de noventa y siete ceros! (2)...

            A Cristo Jesús no lo crucificaron solo; con Él había otros dos, uno a cada lado, y Jesucristo en medio. Eran ladrones (Mt. 27:38) y pudieron ser cómplices de Barrabás. La declaración de Juan revela más que su testimonio ocular de la crucifixión; también registra el cumplimiento de la profecía. Isaías 53:12 predijo que el Señor sería “contado con los pecadores”...

            Y así le sucedió a Cristo Jesús, aun cuando era inocente de cualquier crimen o fechoría (8:46), aun cuando no se pudo hacer ninguna acusación válida contra Él en sus juicios ante las autoridades judías y el testimonio de los falsos testigos en su contra no fue coherente (Mr. 14:56, 59), aun cuando Pilato lo declaró oficialmente inocente seis veces (18:38; 19:4, 6; Lc. 23:4, 14, 22). Pero a pesar de la injusticia contra Él, Juan no revela a un Cristo humillado que muere con los delincuentes, sino un Cristo exaltado que cumple la profecía; una ironía magnífica...

            Dios usó el acto más pecaminoso e infame de la historia para traer el bien más grande: la redención de los pecadores. Y el primer trofeo de la gracia que ganó Cristo en la cruz fue uno de los hombres que estaba crucificado con Él (Lc. 23:39-43)...

2.- EL TÍTULO ESCRITO (19:19-22):

            Como lo había anticipado correctamente el gobernador, los principales sacerdotes de los judíos estaban enfurecidos con la mofa abierta y dijeron a Pilato: “No escribas: ‘Rey de los judíos’; sino que él dijo: ‘Soy Rey de los judíos’”...

            El título era una afrenta para ellos por varios motivos. Primero y más importante, aunque ciertamente no eran leales al César, como habían pretendido serlo (19:15), los principales sacerdotes rechazaban con vehemencia a Jesucristo como rey...

            La inscripción lo identificaba como nazareno (es decir, de Nazaret), haciendo peor el insulto. Nazaret era una villa galilea insignificante, cuyos habitantes rústicos eran vistos con desdén por los habitantes sofisticados de Judea...

            Cuando Felipe emocionado dijo a Natanael: “Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (Jn. 1:45), Natanael le respondió incrédulo: “¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (v. 46)...

            La idea de que un hombre victimizado de ese lugar –especialmente uno que moría como delincuente en una cruz– pudiera ser su rey era ridícula. Peor aún, era una afrenta directa a los líderes y a la nación. Pilato estaba expresando su desprecio por el pueblo judío, implicaba que semejante individuo era la única clase de rey que merecían...

            De este modo, los principales sacerdotes exigieron que Pilato cambiara el texto de la inscripción. Insistieron así: “No escribas: ‘Rey de los judíos’; sino que él dijo: ‘Soy Rey de los judíos’”. Querían que el gobernador cambiara el texto para que Cristo pareciera un impostor. Pero Pilato, saboreando, sin duda, la incomodidad de ellos se negó rotundamente. Pasó por encima de ellos con una respuesta seca: “Lo que he escrito, he escrito” ...

            Aquí, una vez más, hay un ejemplo de cómo usa Dios a los pecadores para alcanzar sus propósitos soberanos. Ni Pilato ni los líderes judíos creían que Cristo Jesús fuera el Rey de Israel; y sí lo es. Es el «Rey de reyes y Señor de señores» (Ap. 19:16), y “En el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua [confiesa] que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:10-11).(1)

            Jesucristo se constituía así en la gran «señal» por la que la humanidad quedaría dividida en dos mitades: los que aceptarían a Cristo como a Salvador, y los que le rechazarían como a impostor. Su vida, su doctrina y sus milagros no dejaban lugar a duda en cuanto a quiénes les servía de «olor de muerte para muerte», y a quienes les servía de «olor de vida para vida» (2 Co. 2:14–16).(2)

3.- LA EXPRESIÓN DEL AMOR DESINTERESADO (19:25-27):

            La presencia de las mujeres junto a la cruz presenta un contraste marcado entre la indiferencia cruel de los soldados (v. 23-24), los cuales estaban echando suertes con la ropa de Jesucristo (y, por implicación, el odio despectivo de los gobernantes y el desprecio burlón de los transeúntes ) y el amor compasivo de un pequeño grupo de seguidores leales...

            Estaban junto (para; “al lado”) a la cruz de Cristo Jesús, lo suficientemente cerca para que Él les hablara. (Después, ya fuera porque los soldados los echaron o porque no fueron capaces de seguir viendo el sufrimiento de Jesucristo desde tan cerca, se alejaron un poco a un lugar donde había un grupo más grande de seguidores de Cristo )... Su amor por Jesús fue superior a su miedo (cp. 1 Jn. 4:18) y se acercaron...

            María, la madre de Cristo Jesús, estaba allí. Este era el momento cuya llegada Simeón le había advertido, cuando una espada le atravesaría el alma al ver el sufrimiento de su Hijo (Lc. 2:35). De las tres listas de mujeres (cp. Mt. 27:55-56; Mr. 15:40-41), Juan es el único que menciona la presencia de María. La omisión en Mateo y Marcos es acorde con su bajo perfil en el Nuevo Testamento (y en marcado contraste con el papel importante que le asigna la teología católica romana).

            Aun cuando moría, cargando con el pecado del hombre y la ira de Dios, Jesucristo se preocupaba con ternura por aquellos a quienes amaba (cp. 13:1, 34; 15:9, 13). Evidentemente, José, su padre terrenal, ya estaba muerto. El Señor no podía entregar a María al cuidado de sus medio hermanos, los hijos de María y José, pues no eran creyentes aún (7:5). No creyeron sino hasta después de la resurrección (Hch. 1:14; cp. 1 Co. 15:7, aunque el Jacobo referenciado en ese versículo puede ser el apóstol Jacobo). Por lo tanto, la confió a Juan; él se volvió un hijo para ella en lugar de Jesús y desde aquella hora Juan la recibió en su casa...

4.- LA MANIFESTACIÓN DE UN CONOCIMIENTO Y UN CONTROL SOBRENATURALES (19:28-30)

            En su omnisciencia sabía que solo faltaba una profecía por cumplirse. En El Salmo 69:21 David escribió: “Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre” (La Septuaginta usa la misma palabra griega que traduce vinagre en el v.o 29)...

            Cristo Jesús sabía que al decir “tengo sed” provocaría que los soldados le dieran algo de beber. Por supuesto, no lo hicieron conscientes de que iban a cumplir la profecía, menos aún por compasión. Su objetivo era incrementar el tormento del Señor prolongando su vida...

            Uno de los transeúntes (probablemente uno de los soldados o al menos alguien que actuaba con su aprobación) tomó una vasija llena de vinagre que estaba allí, empapó en vinagre una esponja, y poniéndola en un hisopo (cp. Éx. 12:22), se la acercó a la boca...

            Este era el vino barato y avinagrado que los soldados consumían usualmente. No era la misma bebida que el Señor había rechazado antes (Mt. 27:34). Tal bebida amarga pretendía ayudar a aminorar el dolor para que no luchara tanto mientras lo clavaban en la cruz. Jesucristo la había rechazado porque quería beber la copa de la ira del Padre contra el pecado de la forma más completa que sus sentidos pudieran experimentar...

            Habiendo recibido el vinagre, Jesús dijo: “Consumado es” (gr. “tetelestai”). En realidad, el Señor gritó estas palabras (Mt. 27:50; Mr. 15:37). Fue un grito de triunfo; la proclamación de la victoria. La obra de la redención que el Padre le dio estaba completa: había expiado el pecado (He. 9:12; 10:12), había derrotado a Satanás y lo dejó impotente (He. 2:14; cp. 1 P. 1:18-20; 1 Jn. 3:8)...

            Todas las exigencias de la Ley de Dios se habían satisfecho, se había apaciguado la ira santa de Dios contra el pecado (Ro. 3:25; He. 2:17; 1 Jn. 2:2; 4:10), todas las profecías se habían cumplido. La culminación de la obra de la redención por parte de Cristo Jesús significa que nada debe o puede añadírsele. La salvación no es el esfuerzo conjunto de Dios y el hombre, es completamente una obra de la gracia divina, apropiada solo por la fe (Ef. 2:8-9)...

            Jesucristo escogió voluntariamente entregar su vida en un acto consciente de su voluntad soberana. Él declaró: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar...

            Este mandamiento recibí de mi Padre” (10:18). Tener la fuerza para gritar así muestra que no estaba físicamente en el punto de muerte. Haber muerto antes de lo normal para alguien que había sido crucificado (Mr. 15:43-45) muestra también que Él dio su vida por su propia voluntad.(1)

CONCLUSIÓN:

            No hay palabras humanas, no importa cuán elocuentes, para expresar adecuadamente el significado de la muerte de Cristo Jesús, el Señor. Él sufrió el pago de la condenación por nosotros. El Himno “En las aguas de la muerte” nos enseña este acto redentor:

En las aguas de la muerte sumergido fue Jesús;

Mas su amor no fue apagado

Por las penas de la cruz.

Levantóse de la tumba,

Sus cadenas quebrantó

Y triunfante y victorioso

a los cielos ascendió.

En las aguas del bautismo

Jesucristo me ha salvado

Y en su amor me gozaré.

En las aguas humillado

A Jesús siguiendo voy;

Desde ahora para el mundo

Y el pecado muerto estoy.

Ya que estoy crucificado,

¿Comó más podré pecar?;

Por su gracia transformado,

Vida nueva he de llevar.

A las aguas del bautismo

Me llevó la contrición;

Desde ahora me consagro

Al que obró mi redención.

BIBLIOGRAFÍA:

1.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur. Edit. PORTAVOZ.

2. - COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE.


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