EL PODER DE JESUCRISTO SOBRE LA MUERTE Y LA VIDA - Juan 19:31 al 20:10


Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 25/nov./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

Título del Sermón: "EL PODER DE JESUCRISTO SOBRE LA MUERTE Y LA VIDA".

LECTURA: Juan 19:31 al 20:10

Versículos claves: Jn. 3:16 y 20:31

Jn. 3:16: ”Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

Jn 20:31: “Pero éstas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengan vida en su nombre”.

            Como es en mí habitual, el presente escrito es un resumen de la bibliografía referida al pie de la presente nota y algunas consideraciones personales.

INTRODUCCIÓN:

            Una certeza indiscutible de la vida es que un día terminará. Job se lamentaba así: “El hombre nacido de mujer, corto de días, y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado, y huye como la sombra y no permanece” (Job 14:1-2). Como lo expresó la mujer sabia de Tecoa al rey David: “Porque de cierto morimos, y somos como aguas derramadas por tierra, que no pueden volver a recogerse; ni Dios quita la vida, sino que provee medios para no alejar de sí al desterrado” (2a. S. 14:14). El salmista preguntó retóricamente: “¿Qué hombre vivirá y no verá muerte? ¿Librará su vida del poder del Seol?” (Sal. 89:48)...

            El autor de Hebreos escribió sobre los que “por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (He. 2:15).Tal miedo provoca que la gente busque alivio en el materialismo (Lc.12:16-20), el hedonismo (Is. 22:13; 1a. Co. 15:32) y la religión falsa (Gn.3:4)...

            Pero las Buenas Nuevas del Evangelio son que Jesucristo ha conquistado la muerte. En Juan 8:51 Él declaró: “De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte”. Consoló a Marta de la muerte de su hermano Lázaro con esta promesa: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (11:25-26). Se describió como “el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera” (6:50) y afirmó: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre” (v. 51)...

            Debido a que Jesucristo libró a los creyentes de la muerte, los creyentes pueden decir triunfalmente con Pablo: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1a. Co. 15:55-57). Al morir, Cristo Jesús destruyó la muerte. Ha quitado su aguijón, conquistado su espanto y la ha convertido en un amigo que acompaña a quienes lo aman a Él, a su presencia...

            Durante la vida de Jesucristo, Él realizó milagros incontables que manifestaban su poder divino (21:25). Sanó enfermos, echó fuera demonios y resucitó a muertos. Pero nada revela más claramente la grandeza de su poder que su propia resurrección. A partir de esta narración sencilla surgen tres manifestaciones del poder de Jesucristo sobre la muerte, cada una de la cuales cumple una profecía específica. Su poder se reveló en su muerte, su sepultura y su resurrección.(1)

Hendriksen menciona el estudio del Dr. J. F. Free, quien, de acuerdo con el llamado cómputo del canónigo Liddon, asegura que en el Antiguo Testamento se hallan 332 profecías que se cumplieron literalmente en Cristo, lo cual es una prueba contundente de la inspiración divina de las Escrituras, ya que la probabilidad natural de que todas esas profecías se cumpliesen en un solo ser humano puede representarse matemáticamente en una fracción o quebrado, en que la unidad es presentada sobre la cifra 84 ¡seguida de noventa y siete ceros! (2)

1.- EL PODER DE CRISTO SOBRE LA MUERTE SE MANIFESTÓ EN SU MUERTE. (19:31-37):

            Uno de los aspectos más inquietantes de la muerte es el elemento sorpresa. La muerte suele venir repentina e inesperadamente, dejando palabras por decir, planes por terminar, sueños por realizar y esperanzas por cumplir...

            Sin embargo, no fue así con Cristo Jesús. La muerte no pudo sorprenderlo porque Él la controlaba. En 10:17-18 declaró: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”. La sección previa del Evangelio de Juan se cierra cuando Cristo entrega voluntariamente su vida, como había dicho que lo haría. Habiendo logrado la obra de la redención, Jesucristo exclamó: “Consumado es” y después, “habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu” (19:30). La muerte había intentado sin éxito tomar su vida en múltiples ocasiones (p. ej., 5:16-18; 7:1; 8:37, 40, 59; 10:31; 11:53; Mt. 2:16; Lc. 4:28-30), pero no moriría hasta el momento preciso predeterminado en el plan divino. Su muerte no fue la de una víctima; fue la muerte de la victoria...

            Cristo Jesús murió mucho más rápido de lo que era normal para las víctimas de la crucifixión. Lo crucificaron en la hora tercera o las 9:00 a.m. (Mr. 15:25) y murió en la hora novena o las 3:00 p.m. (v. 34). De este modo, Jesucristo estuvo en la cruz solamente durante seis horas. A la mayoría de las personas crucificadas las dejaban ahí por dos o tres días; por ejemplo, los dos ladrones crucificados junto con Cristo Jesús aún estaban vivos después de que Él murió (19:32). Por eso, cuando José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo del Señor Jesús, el gobernador “se sorprendió de que ya hubiese muerto; y haciendo [ir] al centurión, le preguntó si ya estaba muerto” (Mr. 15:44). Solo después de ser “informado por el centurión, dio el cuerpo a José” (v. 45). El Señor murió pronto porque entregó su vida cuando quiso hacerlo...

            Los judíos, en un acto de hipocresía repugnante, por cuanto era la preparación de la Pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí. Estaba entrando la tarde del día de la preparación (para el sábado; es decir, era viernes). Les preocupaba que los cuerpos de Jesucristo y los dos ladrones no quedasen en la cruz en el día de reposo, cuyo inicio era al caer el Sol. Los romanos usualmente dejaban los cuerpos de los crucificados hasta la putrefacción o hasta que los pájaros o animales los comían. Aquel día de reposo era de gran solemnidad (porque se trataba del día de reposo de la semana de Pascua), lo cual extremaba la preocupación de los líderes judíos, derivada evidentemente de Deuteronomio 21:22-23. Dejar los cuerpos expuestos en la cruces, según ellos, habría profanado la tierra. Nada ilustra más claramente la hipocresía extrema de sus mentes a la cual los había llevado el legalismo pernicioso...

             Quebrar las piernas de los crucificados (procedimiento conocido como “crurifragium”) se hacía cuando había razón para adelantar la muerte de un crucificado. Requería golpear las piernas de la víctima con un mazo de hierro. Ese procedimiento truculento aceleraba la muerte, en parte por el golpe y la pérdida adicional de sangre, pero principalmente por producir asfixia. Las víctimas ya no podían seguir usando sus piernas para ayudarse a levantarse para respirar, de modo que cuando la fuerza de sus brazos se agotaba, se asfixiaban...

            Pero para estar seguro de que ya estaba muerto, uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. Los soldados eran expertos en determinar la muerte, era parte de su trabajo. No tenían nada que ganar mintiendo sobre la muerte de Cristo Jesús. Su testimonio y el del centurión (Mr. 15:44-45) son prueba irrefutable de que Jesucristo, en efecto, ya estaba muerto. No estaba en coma y luego revivió con el frío de la tumba, como afirman algunos escépticos que niegan la resurrección...

            Al entregar su vida como lo hizo, el Señor aseguró que los soldados cumplieran la profecía. De acuerdo con Éxodo 12:46 y Números 9:12, no debía quebrarse ningún hueso del cordero pascual. Jesucristo era el cumplimiento perfecto de dicho cordero y como tal no podía tener ningún hueso roto. Más allá de esa imagen está la profecía explícita del Salmo 34:20: “Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado”; a ésta se refería Juan cuando escribió: “Porque estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo”...

            Su muerte temprana también llevó a que lo traspasaran con la lanza para asegurarse de que estaba muerto. Aquel acto inusual de perforar el costado de Jesús era esencial para cumplir la profecía; como también otra Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron”. El apóstol citó Zacarías 12:10...

            El hecho de que Dios dijera “me mirarán a mí, a quien traspasaron” afirma que Jesucristo era Dios Encarnado. El cumplimiento final de esta profecía se dará en la segunda venida de Cristo Jesús, cuando el remanente de Israel arrepentido se lamentará por haber rechazado y matado a su Rey (cp. Ap. 1:7)...

2.- EL PODER DE CRISTO SOBRE LA MUERTE SE MANIFESTÓ EN SU SEPULTURA. (19:38-42):

            Cristo Jesús no mostró su poder divino solamente sobre la muerte, al controlar todos sus detalles, sino algo aún más notable, también controló las circunstancias de su sepultura después de su muerte. Como ocurrió con su muerte, Jesucristo reveló de este modo su deidad y cumplió la profecía bíblica. En Isaías 53:9 el profeta escribió que “se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte”.

            Los romanos normalmente se negaban a permitir que los ejecutados por sedición recibieran sepultura, los dejaban a los buitres y a los animales de carroña, en una muestra de indignidad final. Los judíos no rechazaban la sepultura de nadie, pero sepultaban a los delincuentes en un lugar aparte, a las afueras de Jerusalén...

            Pero aun si no lo sepultaban con los delincuentes comunes, ¿cómo iban a enterrar a Cristo Jesús con un rico? Él no provenía de una familia adinerada, los apóstoles no podían considerarse ricos. La respuesta es que Jesucristo, “muerto en la carne, pero vivificado en espíritu” (1a. P. 3:18), movió el corazón de un rico, José de Arimatea...

            José aparece en los cuatro Evangelios pero solamente en los relatos de la sepultura de Jesucristo. Era rico (Mt. 27:57), miembro prominente del sanedrín (Mr. 15:43) y no estuvo de acuerdo con la decisión de condenar a Cristo Jesús (Lc. 23:51). José era un hombre bueno y justo (Lc. 23:50), esperaba el reino de Dios (Mr. 15:43). Era discípulo de Jesucristo (Mt. 27:57), aunque secretamente por miedo de los judíos. El apóstol Juan no suele elogiar a los discípulos secretos (cp. 12:42-43). Sin embargo, presentó a José de manera positiva en vista de su valentía para pedir a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo del Señor Jesús.(1).

            ¿Qué parte tuvo José de Arimatea en el sepelio de Cristo Jesús?. Los discípulos habían huido, llevados del miedo, y estaban escondidos; los soldados mismos habrían sepultado a Jesucristo junto con los otros dos ajusticiados; si no hubiese aparecido nadie con la suficiente valentía para hacerse cargo del cadáver, no se habría cumplido la profecía de Isaías 53:9, que anunciaba el sesgo inesperado que tomaba el asunto, a fin de que le fuese concedido a Cristo Jesús este honor póstumo: «Y se dispuso con los impíos su sepultura, pero con los ricos fue en su muerte»...

            Cuando Dios decide una tarea que ha de ser cumplida, nunca fracasa en encontrar la persona apropiada para llevarla a cabo, y la capacita y fortalece para ello. Obsérvese todavía como uno de los signos que denotaban el estado de humillación del Hijo de Dios, el que su cadáver yaciera a merced de un procurador pagano, a quien era menester pedir permiso para que fuese sepultado.(2)

            José contó con la ayuda de Nicodemo, otro miembro del sanedrín, el que antes había visitado a Cristo Jesús de noche, como lo indica la nota de Juan (3:1-21). Aunque mantuvieron en secreto su lealtad a Jesucristo mientras estuvo vivo, José y Nicodemo afrontaron con valentía la ira del resto del sanedrín para sepultar su cuerpo. Nicodemo llevó un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras (alrededor de sesenta y cinco libras actuales). Esa cantidad de especias se habría usado para ungir el cuerpo de un rey o de una persona rica y prominente. La mirra era una resina fragante y pegajosa, que solía mezclarse en polvo con áloes, un polvo aromático hecho de aceite de sándalo. José y Nicodemo tomaron, pues, el cuerpo de Jesucristo, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos...

            A diferencia de los egipcios, los judíos no embalsamaban a sus muertos; usaban especias fragantes para contener el olor de la putrefacción tanto como fuera posible. Las especias probablemente se esparcieron a todo lo largo de las tiras de ropa con que se envolvió el cuerpo del Señor. Después se echaron más fragancias alrededor y por debajo del cuerpo del Señor...

            Debe observarse que ni José, ni Nicodemo, ni las mujeres (Lc. 23:55 – 24:1) esperaban la resurrección del Señor. Si hubieran creído sus repetidas predicciones de que lo haría (2:19; Mt. 16:21; 17:23; 20:19; Lc. 24:6-7), no se habrían preocupado por preparar su cuerpo tan completamente para la sepultura...

3.- EL PODER DE CRISTO SOBRE LA MUERTE SE MANIFESTÓ EN SU RESURRECCIÓN. (20:1-10)

            La demostración final del poder de Cristo sobre la muerte y, por lo tanto, una prueba de su deidad, fue su resurrección. También fue el cumplimiento de la profecía del Antiguo Testamento. David escribió del Mesías, hablando proféticamente: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción” (Sal. 16:10; cp. Hch. 2:25-28; 13:35)...

            El domingo, el primer día de la semana, sería para siempre el día apartado por los creyentes para conmemorar la resurrección maravillosa de su Señor (Hch. 20:7; 1 Co. 16:2). A la larga se hizo conocido como el día del Señor (Ap. 1:10) y aquel primer día del Señor, María Magdalena fue de mañana al sepulcro...

            Los Evangelios Sinópticos registran a varias mujeres que fueron a la tumba esa mañana (Mt. 28:1; Mr. 16:1; Lc. 24:1, 10). Juan sólo menciona a María y dice que ella fue siendo aún oscuro, a diferencia de los demás, que llegaron después de la salida del sol (Mr. 16:2). Evidentemente, las mujeres salieron juntas, pero María se adelantó a las demás y llegó primero a la tumba...

            María, que corrió al encuentro de Pedro y Juan, no estaba presente en la tumba cuando los ángeles se aparecieron a las otras y anunciaron la resurrección de Jesucristo (Mt. 28:5-7; Mr. 16:5-7; Lc. 24:4-7). Entonces regresó sola a la tumba, vio los ángeles y se encontró con el Señor resucitado...

            A diferencia de Lázaro, quien necesitó ayuda para quitarse la ropa de la sepultura después de la resurrección (11:44), el cuerpo glorificado de Cristo Jesús en la resurrección simplemente atravesó los lienzos, tal como en poco tiempo atravesaría una pared para entrar en un cuarto cerrado (20:19, 26). Incluso el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesucristo, no estaba puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Este detalle aparentemente pequeño muestra que la tumba se dejó ordenada y pulcra...

            En contraste, los salteadores de tumbas difícilmente se habrían tomado el tiempo de enrollar el sudario y, en su prisa, habrían dejado esparcidas las prendas sobre toda la tumba. Más probablemente, ni siquiera habrían quitado los lienzos, pues habría sido más fácil transportar el cuerpo mientras estaba envuelto. Probablemente los ladrones tampoco hubieran dejado los lienzos porque contenían especias costosas...

            La presencia de la mortaja en la tumba también demuestra que la historia inventada de los líderes judíos (que los discípulos robaron el cuerpo de Jesucristo ) es falsa. Si habían robado el cuerpo, ¿por qué los discípulos habrían de deshonrarlo quitándole la mortaja y las especias que lo cubrían?.

CONCLUSIÓN:

            Cuando contemplamos un sepelio como el del Señor Jesucristo vemos que conquistó el sepulcro; es un sepelio que ha embellecido las tumbas de los creyentes y ha suavizado la amargura que produce la partida de un ser querido, al izar sobre los cementerios, es decir (según el significado del vocablo) dormitorios de los cristianos, la bandera de la esperanza en la futura gloriosa resurrección (v. 1 Ts. 4:13–14).(2).

            Así como Cristo Jesús se levantó con poder para dominar las circunstancias de su muerte sepultura y tuvo todo el Poder de su Dios y Padre Celestial para levantarse de entre los muertos, aún hoy tiene Poder para levantarse sobre las circunstancias de nuestras vidas por más adversas que sean, aun cuando la muerte sea el último enemigo a vencer (1a. Co. 15:26), ya que a los que amamos a Dios, son para nuestro bien (Ro. 8:28)

¡S.D.G!

 BIBLIOGRAFÍA:

1.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur. Edit. PORTAVOZ.

2. - COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE. 


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