"AMAR A CRISTO. CONDICIÓN PARA EL COMPROMISO CRISTIANO- Juan 21:15 al 25


Autor: Rubén Salcedo
Publicado: 16/dic./2018
Categorias: Series de Estudios, Guía para alcanzar la Vida Eterna


 

El verdadero llamamiento del Evangelio a seguir a Jesucristo es una llamada a la negación personal. No es un llamamiento egocéntrico para la realización personal; no hay “cristianismo light”. El Evangelio llama a los pecadores a someterse completamente a Jesucristo, a encontrar sus vidas perdiéndolas, a ganar sus vidas abandonándolas, a vivir las vidas más plenas vaciándolas. Francamente, el mensaje de nuestro Señor no era fácil de practicar; no era tan consolador como amenazador. No hizo fácil la Salvación, la hizo difícil; la predicación de Cristo Jesús, aunque motivada por el amor y la compasión, llena de Gracia y Misericordia, con su oferta de paz y gozo perennes, seguía siendo exigente hasta el extremo....

         Jesucristo nunca fue culpable de hacer las cosas fáciles para los pecadores y contribuir así a la falsa confianza y seguridad de la Salvación. Él declaró: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62). Advirtió que quienes lo siguieran debían estar dispuestos a negarse a sí mismos e hizo hincapié en la importancia de conocer el coste de comprometerse con Él...

         En Mateo 7:13-14 el Señor exhortó: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. Cristo Jesús no ofrece a los pecadores una transformación superficial para satisfacer su deseo de superación personal; Él los llama a someterse a una toma de posesión completa de sus vidas para la gloria de Dios, y con beneficios eternos...

         La intención del Apóstol Juan es concluir y resolver algunas preguntas sin respuesta hasta el final del capítulo 20. Los primeros catorce versículos están relacionados con la pregunta de los discípulos sobre si Jesucristo aún satisfaría sus necesidades ahora que ascendía al Padre. Como se ilustró con el incidente del pescado y la provisión para el desayuno, Él aún lo haría. Eso termina con una preocupación grande: el cuidado divino...

         El resto del capítulo se centra principalmente en otra preocupación: la restauración de Pedro, el líder de los Apóstoles, tan crucial para el ministerio del evangelio después de la ascensión de Jesucristo y el envío del Espíritu Santo. Él fue la elección de Dios para ser la voz más importante a los judíos en los primeros días de la Iglesia. Como tal, es la figura principal de los capítulos iniciales de Hechos (2—12) y los otros apóstoles necesitaban seguir su liderazgo...

         En el proceso de relacionarse con Pedro, los creyentes pueden ver un ejemplo del significado esencial de ser un cristiano comprometido: amar a Cristo Jesús más que a cualquier otra cosa, estar dispuesto a sacrificarlo todo por Cristo y seguir a Cristo...

1.- LOS CRISTIANOS COMPROMETIDOS AMAN A CRISTO MÁS QUE A TODO (21:15-17):

         La característica principal de los redimidos siempre ha sido el amor por Dios. La “Shemá”, la gran confesión de fe del Antiguo Testamento, declara: “Ama al SEÑOR tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt. 6:5, NVI).

         El amor a Dios también estuvo en el corazón de David, el cual escribió: “¡Cuánto te amo, Señor, fuerza mía!” (Sal. 18:1)...

         El Nuevo Testamento también enseña que el amor es la característica del creyente verdadero. Cuando se le preguntó a Jesucristo cuál era el mandamiento más grande de la Ley, Él respondió: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” (Mt. 22:37). En 1a. Co. 8:3 Pablo escribió: “El que ama a Dios es conocido por él”. Por otra parte, el Apóstol advirtió: “Si alguno no ama al Señor, quede bajo maldición” (1 Co. 16:22). Solo quienes aman a Dios reciben la vida eterna (Stg. 1:12) y heredan el reino (Stg. 2:5).(1)

         «Apacienta mis corderos», dijo Jesús. Una forma muy práctica de demostrar el amor a Cristo es alimentar a los jóvenes de Su rebaño. Es notorio ver que la conversación había cambiado de pescar a pastorear. Primero se refiere a evangelizar; después sugiere la enseñanza y el cuidado pastoral.(3)

         El Apóstol Pedro aprendió por el camino difícil qué significa amar a Jesucristo. Más de una vez había declarado su devoción a Jesús a toda prueba. En la última cena, “le dijo Simón Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: A donde yo voy, no me puedes seguir ahora; mas me seguirás después. Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora? Mi vida pondré por ti” (Jn. 13:36-37). Poco después proclamó audazmente: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mt. 26:33). Aun así, a la hora de la verdad, el amor confeso de Pedro falló y negó abiertamente tres veces haber conocido a Jesús...

         El fracaso del Apóstol Pedro resalta que la obediencia es la marca esencial del amor genuino. En Jn. 14:15 Jesucristo lo planteó claramente: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. En el v. 21 añadió: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (cp. 15:10). En 1a. Jn. 5:3, el Apóstol Juan hizo eco de la enseñanza del Señor: “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos”, mientras que en su segunda epístola agregó: “Y este es el amor, que andemos según sus mandamientos. Este es el mandamiento: que andéis en amor, como vosotros habéis oído desde el principio” (2a. Jn. 6)...

         Cuando hubieron comido (cp. 21:12-13), Cristo Jesús inició la restauración confrontando a Pedro. Haberlo llamado “Simón, hijo de Jonás” sugiere que seguía una reprensión. Jesucristo le había dado a Simón el sobrenombre de “Pedro” (Jn. 1:42), pero a veces se refería a él como “Simón” cuando hacía algo que necesitara corrección o reprensión (p. ej., Mt. 17:25; Mr. 14:37; Lc. 22:31). Era como si nuestro Señor lo llamara por su nombre antiguo cuando actuara como su antiguo yo. La pregunta aguda del Señor fue directo al centro de la situación: “¿Me amas más que éstos?”.(1)

         No es que Jesús exija que un discípulo le ame necesariamente más de lo que los demás le aman; en este sentido, el Señor no impone diferencias. La única razón por la que Jesús hace esta pregunta a Pedro, y la repite tres veces, es porque Pedro había asegurado en el Aposento Alto: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mt. 26:33). «Aunque todos sufran tropiezo, yo no» (Mr. 14:29)...

         De esta manera Pedro se había considerado a sí mismo mejor, más amante del Señor, que los demás discípulos. A pesar de lo cual, le había negado obstinadamente, mientras que los demás discípulos habían huido y escapar así de Jesús, pero también de la tentación de negarle. Tres veces había negado Pedro al Señor y, por eso, tres veces le hace Jesús la misma pregunta.(2)

         Como dijimos anteriormente, el Apóstol Pedro, impaciente por la tardanza de Jesucristo para encontrarse con los discípulos y asediado por sus propios errores, impulsivamente, había decidido regresar a ser pescador (21:3). Estaba seguro de que eso sí podía hacerlo bien… o al menos así lo creía. Pero Cristo Jesús confrontó a Pedro y lo llamó a seguirlo y a ser el pescador de hombres que ya había recibido el llamamiento (Mt. 4:19)...

         Ya les había dicho Él: “Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Lc. 16:13). Jesucristo retó al Apóstol Pedro a abandonar permanentemente su vida anterior y dedicarse exclusivamente a seguirlo, con base en ese amor.(1)

         Juan añade que «Pedro se entristeció de que le dijese por tercera vez: ¿Me amas?» (v. 17), pues esta tercera repetición le trajo, sin duda, a la mente las tres veces en que había negado él a Jesús en el atrio del sumo sacerdote. Todo recuerdo de los pecados pasados, incluso de los pecados ya perdonados, renueva el pesar de un creyente sinceramente arrepentido.(2)

         El Apóstol Pedro le respondió: “Sí, Señor; tú sabes que te amo”. En el texto griego hay un juego de palabras interesante. La palabra que Cristo Jesús usó para amor es el griego “agapaō, el más grande amor de la voluntad, que implica compromiso total (cp. 1 Co. 13:4-8). Pedro, dolorosamente consciente de su desobediencia y fracaso, se sintió por completo culpable para afirmar esa clase de amor. Los pronunciamientos ligeros eran cosa del pasado; desecho, humillado y complemente consciente de que sus acciones lo habían excluido de cualquier afirmación creíble sobre el amor más grande, Pedro respondió usando el verbo “phileō”, un término menos elevado cuyo significado es afecto. Además recurrió a la Omnisciencia de Jesucristo y le recordó: “Tú sabes que te amo”...

         Aceptando el reconocimiento humilde del Apóstol Pedro, que su amor era menos de lo que había afirmado y lo que Jesucristo merecía, aun así Jesús lo recomisionó diciéndole con amor: “Apacienta mis corderos”. Apacienta traduce una forma del verbo gr. “boskō”, un término usado por los pastores para pastar y alimentar el rebaño. El tiempo presente del verbo denota acción continua...

         De acuerdo con la metáfora presentada en 10:7-16 (cp. Sal. 95:7; 100:3; Ez. 34:31), Cristo Jesús describió a los creyentes como sus corderos, enfatizando no solo su inmadurez, vulnerabilidad y necesidad, sino que eran suyos (cp. Mt. 18:5-10).(1)

         Este amor les hará ligera la carga, fácil el trabajo y espontáneo el afán de salvar las almas. Quien no tenga este amor, más vale que se retire del ministerio; de lo contrario, mostrará que no es buen pastor, sino mercenario y, a veces, lobo.(2)

         Reforzando una vez más su punto sobre la supremacía del amor como motivo para la fidelidad, Jesucristo volvió a decirle la segunda vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?“. Una vez más Cristo Jesús usó el verbo “agapaō” y una vez más Pedro no estuvo dispuesto a usar esa palabra; en su respuesta Pedro volvió a usar el verbo “phileō”. Entonces el Señor le hizo un encargo: “Pastorea mis ovejas”...

         Pero Jesucristo aún no había terminado con el Apóstol Pedro, de modo que le dijo la tercera vez: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” . Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: “¿Me amas?”. La razón para la tristeza de Pedro fue un cambio en el vocabulario del Señor. A diferencia de las dos preguntas previas, esta tercera vez Jesucristo usó la palabra de Pedro para amor: phileō”. Estaba cuestionando incluso la devoción menor que Pedro afirmaba con seguridad. La implicación de que su vida no soportará ni siquiera ese nivel de amor, desoló a Pedro...

         Todo lo que podía hacer era apelar aún más fuertemente a la omnisciencia de Cristo Jesús y decirle: “Señor, tú lo sabes todo (cp. 2:24-25; 16:30); tú sabes que te amo”. En la tercera ocasión Jesucristo aceptó el reconocimiento e imperfección y fracaso en el apóstol (cp. Is. 6:1-8) y con misericordia le encargó el cuidado de su rebaño diciéndole: “Apacienta mis ovejas”. Así estuvo completa la restauración de Pedro...

         El Apóstol Pedro permaneció obediente a la comisión del Señor por el resto de su vida. Desde aquel momento, su ministerio requirió más que la proclamación del Evangelio (Hch. 2:14-40; 3:12-26), también requirió alimentar el rebaño que el Señor le había confiado (cp. Hch. 2:42).(1)

         Si queremos saber si somos genuinos discípulos de Cristo, debemos preguntarnos si de veras le amamos o no, ya que, si no le amamos, deberíamos ser excluidos de la comunión eclesial (v. 1a. Co. 16:22, donde el verbo es “philein” = amar afectuosamente, con amor propio de amigos). (2)

         Muchos años más tarde, cerca del final de su ministerio, Pedro escribió: “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1a. P. 5:1-3)...

2.- LOS CRISTIANOS COMPROMETIDOS ESTÁN DISPUESTOS A SACRIFICAR TODO POR CRISTO (21:18-19a):

         Como ocurrió durante todo el Evangelio de Juan, la frase solemne de cierto, de cierto presenta una verdad significativa (1:51; 3:3, 5, 11; 5:19, 24-25; 6:26, 32, 47, 53; 8:34, 51, 58; 10:1, 7; 12:24; 13:16, 20-21, 38; 14:12; 16:20, 23). Cuando Pedro era más joven, se ceñía, e iba a donde quería; en otras palabras, controlaba sus acciones. Y ahora Jesús le decía: “Mas cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras”. Vendría un día, le advirtió Jesús, en que otros sujetarían a Pedro, lo atarían y lo llevarían a su ejecución. Como implica la frase extenderás tus manos, la muerte de Pedro sería por crucifixión. La anotación de Juan lo deja claro: “Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios”.(1)

         Después de encargarle el cuidado de su grey, Cristo le advierte que no debe esperar comodidades ni honores, sino sufrimientos y persecuciones.(2)

         Pedro pasó las tres últimas décadas de su vida sirviendo al Señor y anticipando su martirio. Aun así, enfrentó el futuro con confianza, consolado por saber que no volvería a negar al Señor, sino que lo glorificaría en su muerte (cp. 1a. P. 4:14-16). De acuerdo con la tradición, a Pedro lo crucificaron, pero pidió que lo crucificaran cabeza abajo porque se sentía indigno de una crucifixión como la de su Señor (Eusebio, Historia eclesiástica III.1)...

3.- LOS CRISTIANOS COMPROMETIDOS SE CENTRAN EN SEGUIR LA DIRECCIÓN DE CRISTO (21:19b-25):

         Seguir a Jesucristo es la condición sine qua non de la vida cristiana. En Juan 12:26 Jesús lo planteó simplemente: “Si alguno me sirve, sígame”. La marca de sus ovejas es que le siguen (Jn. 10:27; cp. 8:12), sin importar el coste (Mt. 16:24; 19:27; Lc. 5:11, 27-28; 9:23-25; 18:28). Seguir a Cristo significa más que estar dispuesto a sacrificar todo en sumisión a su voluntad, también significa obedecer sus mandamientos (Mt. 7:21; Lc. 6:46) e imitarlo (1 Ts. 1:6; Jn. 2:6; cp. 1 Co. 11:1)...

         Evidentemente, la predicción de Cristo sobre la muerte de Pedro en martirio le hizo preocuparse sobre qué pasaría con Juan, su íntimo amigo. Por lo tanto le dijo a Jesús: “Señor, ¿y qué de éste? ”. La contestación abrupta y censuradora de Jesús no fue una respuesta, fue una reprensión para aclararle a Pedro que el futuro de Juan no era asunto suyo: “Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?”. Si Juan vivía hasta la segunda venida, no era de la incumbencia de Pedro. Reiterando la orden del v. 19 Jesús le dijo enfáticamente: “Sígueme tú”. La atención de Pedro no debía estar en nadie más, solo en su propia devoción y servicio a Jesucristo. Todos los creyentes harían bien en aceptar que el Señor tiene un plan único para cada uno de sus seguidores...

         El Apóstol Juan recordó a sus lectores que él es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos (ya fueran los apóstoles o, más probablemente, un recurso editorial para referirse solo a Juan) que su testimonio es verdadero. Juan fue un testigo ocular de los acontecimientos registrados en su Evangelio y su testimonio de dichos acontecimientos es verdadero. Pero aun cuando lo que escribió era verdadero, de ningún modo era exhaustivo. El apóstol anota: “Hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”...

         Juan, bajo la inspiración del Espíritu Santo había escogido su material de acuerdo con su propósito declarado de presentar a Jesucristo como el Mesías e Hijo de Dios (20:30-31). De la declaración según la cual Jesús hizo más obras de las que podrían registrarse en todos los libros del mundo, se evidencia que aun en los cuatro Evangelios hay solo una constancia muy selectiva y limitada de acontecimientos...

         Esto refuerza la idea de cuán grande era la incredulidad de Israel y su consiguiente culpabilidad, pues negó a su Mesías frente a tan grande demostración del poder divino. A la luz de la evidencia amplia de la deidad de Cristo, el rechazo al Señor Jesús los sujeta al juicio más severo (como lo fue la destrucción de Jerusalén el año 70 d.C. Esto era especialmente cierto de los líderes, a quienes dijo el Señor:

“Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad;para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación” (Mt. 23:34-36; cp. Lc. 11:49-52)...

CONCLUSIÓN:

         Cristo Jesús había retado a Pedro a amarlo sobre todo lo demás. Ante la perspectiva de sacrificarlo todo por Cristo, de aquí en adelante él no retrocedió. Aprendió que seguir a Jesús debía ser el objetivo singular y supremo de su amor. Pedro y los otros apóstoles, con el poder del Espíritu Santo, trastornaron al mundo entero con su testimonio valiente de Jesucristo (cp. Hch. 17:6) y casi todos ellos murieron martirizados por amor a Cristo y la verdad del Evangelio.(1).

         Por todo lo que este amor significa y por el valor de la obra de la Cruz cantemos en adoración “ES DIGNO NUESTRO SALVADOR DE TODA ADORACIÓN”.

 BIBLIOGRAFÍA:

1.- COMENTARIO MAC ARTHUR DEL NUEVO TESTAMENTO (Evangelio de Juan). John Mac Arthur. Edit. PORTAVOZ.

2. - COMENTARIO EXEGÉTICO DEVOCIONAL A TODA LA BIBLIA. (Evangelio de Juan). Mathew Henry. Edit. CLIE.

3.-  COMENTARIO BÍBLICO. William Mac Donald. Edit. CLIE. 

 


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